Pantalla monumental: apuntes sobre Horizontes de grandeza

 

Todo grande. Desde el mismo título. La escala de las cosas se mide en términos absolutos, épicos. La pantalla como paisaje infinito. La música de Jerome Moross traduce la terribilitá de la imagen de William Wyler, que es la del hombre americano que intenta someter al territorio y moldearlo a su imagen y semejanza. El hombre del Oeste como semidios; el destino manifiesto como mandato divino.

La película está construida en tomas largas y panorámicas amplísimas. Los personajes atraviesan el ancho de la imagen de extremo a extremo. La tensión entre el estatismo de la composición, pictórica, paisajística, y el movimiento de los hombres en su interior; la escala épica de nuevo.

Wyler se había hartado de rodar westerns microscópicos durante el silente, Horse Operas, pulp en imágenes efímeras. En el 40 regresó al género, para recopilarlo en una película reflexiva y crepuscular, El forastero/The Westerner donde ya existía esa tensión física y metáfisica entre la composición estática y el desplazamiento interior que se extendía al conflicto en el cual Wyler resumía el género: lo salvaje y lo civilizado, el Oeste de aventureros y el Oeste de colonos; integrarse o desaparecer.

Casi veinte años después, Wyler vuelve al género en la pantalla descomunal de finales de los 50. El conflicto (el mismo) toma colores de tragedia shakesperiana. Padres, hijos, reinos, ruinas. El gran país. Así, mitológico, inabarcable. En su interior se desarrolla una guerra que se pierde en la noche de los tiempos entre el Mayor Terrill y Hannassey: los domadores del territorio originales; dos hombres-América cuya herencia se diluye en el futuro que ya es presente.

El valle de los Hannassey es un conjunto de cabañas de mampostería. Agreste, ajeno a la civilización, oculto entre cañadas. Parece por igual algo provisional y algo que lleva allí desde siempre, inalterado. Están dentro del espacio, del paisaje. El patriarca y sus hijos son la réplica del lugar. Desprecian las convenciones sociales y los elementos externos de la civilización. El rancho del Mayor es una mansión blanca, señorial y arrogante que domina el territorio. Está sobre el paisaje. Domina.Habla de monumentalidad y perpetuación, de autohomenaje. Líneas limpias al exterior, suntuosas al interior. Todos los signos de la civilización, sus convenciones formales como ornamento. Si una es una saga familiar, la otra lo es capitalista: Hannassey es el padre, Terrill es el patrón. Ambos resumen el mito fundacional americano .

Al gran país llega McKay, un hombre de mundo que llega al lugar que se cree “El mundo”. Es el único a quien no impresiona esa escala. “He visto un par de océanos”, – dice. La civilización no es para él una convención, sino un modo moral de estar, de ser. Sus actos épicos los realiza en privado (domar al caballo, pelear contra el capataz, explorar el territorio…), para sí mismo. Cuando es obligado a realizaros en público (disparar al hijo mayor de Hannassey) su decisión es un “preferiría no hacerlo”. Llega para integrarse, pero decide fundar su propia saga en lugar de atarse a un mundo en decadencia. McKay es la versión ideal/idealizada del hombre-América: no doma al territorio, lo convence.

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