(016) Abril / 18

Will Success Spoil Rock Hunter

Una mujer de cuidado (Will Success Spoil Rock Hunter?), Frank Tashlin, 1957, USA

Artefacto satírico de Frank Tashlin, donde este aplica su sensibilidad de dibujos animados y su malicioso sentido de la observación sobre la cultura del éxito, la falsificación y la fama norteamericanos. Los ejemplares de estudio son, por un lado el vedetismo hollywoodiense, con Jayne Mansfield en una antológica parodia de Marilyn, y por otro el mundo de la publicidad y los hombres de Madison Avenue, identificados entonces como epítomes de una masculinidad triunfal, moderna y despiadada; e irónicamente encarnados en el tipo “acartoonado” de Tony Randall. Tashlin destruye con su viva estilo visual, lleno de metalenguaje y autoconsciencia, la obra teatral de origen, logrando una película vertiginosa donde los gags se superponen y la apariencia de realidad se malea a voluntad.

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Gainsbourg. Vida de un héroe (Serge Gainsbourg, vie héroïque), Joann Sfar, 2009, Francia

Fantasía biográfica, rica en elementos surreales, donde los más interesante es resultado de la tensión interna entre los resortes del biopic y la tendencia hacia la farsa y lo grotesco. Así, diferentes Gainsbourg conviven en un mismo plano donde se impone la anécdota, el sentimiento del momento y lo impresionista/inexacto. BD en acción (más o menos) real, su acabado es demasiado pulido, no alejándose en ese sentido del cine francés coetáneo, redundando en la sensualidad y buen gusto del Sfar autor de tebeos.

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The Burrowers, J.T. Petty, 2008, EEUU

Western de horror donde el elemento/enemigo fantástico sustituye al indio en una trama clásica de secuestro/partida de rescatadores que desciende desde la civilización a un salvajismo preternatural. Se descompone en un clímax de nefastos efectos y peor noche americana, pero hasta entonces deja una seca convicción, donde el lirismo melancólico de las recreaciones del género se mezcla con lo que pudiera ser la versión actualizada de algún minúsculo título en blanco y negro de los 50. Deja alguna curiosa idea sobre la alteración del ecosistema, una conclusión pesimista y una oportunidad para rescatarla o verla junto a Bone Tomahawk.

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Equilibrium, Kurt Wimmer, 2002, EEUU

Perífrasis (mixta) de Fahrenheit 451 y 1984 realizada como una “pistol opera” post-Matrix. Así la proyección de un futuro totalitario, cimentado en la represión, la narcotización y la anulación del individuo en la masa, parece la versión estilizada de los artefactos de Enzo G. Castellari (& Co.) tras pasar por un filtro de anime, acción hongkonesa, videojuego y tebeo europeo. De haber sido rodada en blanco y negro (lo que a veces evoca en su expresionismo, colores apagados y dicotomía negro/blanco) y haber profundizado en la abstracción sería casi vanguardista. Lo que es, en cambio, se limita al exploit extravagante, melodramático y violentista por igual, polirreferencial e ideológicamente nebuloso.

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Rocky, John G. Avildsen, 1976, USA

Revisión del melodrama urbano de los 50 en los neuróticos 70 post-Vietnam, que con su formato de fábula agridulce habla (como por ejemplo la más áspera Los picarones) sobre la dignidad en la derrota y la aceptación de la misma. En lo básico un remake del Marty de Delbert Mann (acogiendo incrustaciones de La ley del silencio) con un boxeador medio sonado sustituyendo al carnicero cuarentón que, como todos, merece un poco de amor y felicidad. Algo forzada en su sesgo épico, lo compensa su credibilidad de tipos y lugares y su pudor sentimental, ofreciendo en base al hábil guión de Stallone, una revisión del imaginario USA por parte de un Avildsen que en 1970 había puesto en escena la abisal (y contraria) Joe, ciudadano americano, escrita por el crudo Norman Wexler.

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Reina y patria (Queen & Country), John Boorman, 2014, Irlanda-GB

Regreso (de vejez) a las memorias (de juventud) por parte de John Boorman en directa continuación de Esperanza y gloria. Se replica la estética evocadora, la narrativa en viñetas y el tono sentimental, entre dulzón y amargo, entre cruel e inocente. El conjunto es un extraño anacronismo (formal, vital…), irregular en todo pero profundamente íntimo donde la anécdota adquiere una dimensión épica, el romance es trascendente e Inglaterra es contada entre reyes muertos.

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Essex Boys, Terry Winsor, 2000, GB

Noir británico que especula sobre los célebres asesinatos de Rettendon, donde tres gangster locales fueron tiroteados dentro de un Land Rover en mitad del páramo, convertidos en el año cero del thriller británico del bajo presupuesto y glorificación de la violencia. Esta versión original se ciñe a la tradicional querencia por la sordidez y lo cutre de la interpretación local del género, observando un universo de violencia crispada y machista. Nervuda y concisa hasta el momento de los crímenes, toma luego la decisión, incongruente, de estilizarse en la forma de atmosférico cuento sobre la venganza de una mujer fatal.

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Te amo… pero yo no (Je t’aime moi non plus), Serge Gainsbourg, Francia, 1976

Cine del absurdo, tratado de escatología y romanticismo terminal donde todo es excrecencia, vertedero y final de las cosas. Minimalista y lacónica, como una canción o un tebeo, Gainsbourg hace estética del feísmo, situando su historia (de jirones) en una abstracción de Norteamérica en Francia donde desplegar su afilado sentido de lo grotesco y una estremecedora conciencia de decadencia personal, formulada a través de cuerpo nervudo de Jane Birkin y la belleza hierática de Joe Dallesandro contra un paisaje (pop)apocalíptico.

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The Pleasure Girls, Gerry O’Hara, 1965, GB

Aventuras y desventuras sentimentales de unas jovencitas emigradas al Londres yeyé en una suerte de versión juvenil del kitchen sink drama. Cine post-Free, donde la producción de la Compton de Tony Tenser y Michal Klinger garantiza una doble versión continental más explícita. Urgente y agridulce, honesta en su mirada (menos superficial y paisajística de lo que pueda parecer) sobre costumbres sexuales y libertades, capta con energía el ambiente, los lugares y las modas apoyada en un estupendo grupo de jóvenes actores, con sorpresiva participación de Klaus Kinski como turbio hombre de negocios dentro de una endeble subtrama criminal.

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Real Life, Albert Brooks, 1979, EEUU

Parodia de los documentales y series de técnica “fly on the wall” que vista las derivas del Siglo XXI resulta asombrosamente profética en cuanto a obsesión por la realidad (de otros) y la manipulación de la misma en escenarios controlados, deconstrucción de la comedia o avances tecnológicos, así como profundamente (e inconscientemente) influyente. Fusión de hiperrealismo y absurdo, la sátira metatextual empieza por el propio Brooks, que aparece como una insoportable versión (narcisista, egocéntrica, obsesionada con el dinero) de sí mismo y se extiende por toda la película, dentro de la película, dentro de la película.

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La conquista de Albania, Alfonso Ungría, 1983, España

Recreación de un episodio histórico (la formación de la Compañía Blanca, luego Gran Compañía de Navarra, con el fin de recuperar Albania, separada de un Nápoles que era aliado por vía matrimonial del hermano del Rey Carlos II) con la forma de un espartano relato de aventuras que nace como parte del intento de levantar un cine vasco en los primeros 80 y se transforma en una crónica del absurdo, en escenarios que contrastan la abstracción paisajística con la vigorosa tipología y la verista recreación de época. Dialogada de más (voz over incluida), con una banda sonora atroz e inconsistente en cuanto a punto de vista, supera en buena medida estos inconvenientes en virtud tanto de puntuales imágenes poderosas como de su síntesis de lo delirante y lo crepuscular, influencias incluidas de Herzog o Buzzati.

La Luna vale un millón

La luna vale un millón, Florián Rey, 1945, España

Comedia de posguerra, ternurista y casi fantástica en cuanto a la España que relata, al servicio del gran cómico Miguel Ligero, aquí redundando en el papel doble: por un lado un atareado hombre de negocios, por otro un pícaro vagabundo que tras rocambolesco accidente suplanta al primero (y viceversa). Elegante y concisa, hace elogio de la desposesión, la sencillez y la carencia de ambiciones, del tópico de los pobres felices, en definitiva. Brillaen el chiste minimalista, donde parece una colección de viñetas de tira dominical. Sátira sin corte, es ñoña y sacarosa en el conjunto.

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Creed, Ryan Coogler, 2015, EEUU

Remake (epigonal), secuela (oblicua), epílogo (melancólico), homenaje (épico) que se superpone/sobreescribe el original de 1976, dentro de una corriente de diálogo entre épocas, con la intermediación de la nostalgia como forma narrativa. Elegante en cuanto a puesta en escena, asume al completo el melodrama y la búsqueda impúdica de la emoción pero, al igual que el original brilla cuando se centra en lo menudo. Estremecedor Stallone, como  su físico en derrumbe y su orgullo intacto y extremadamente hábil el guión y la imaginería de Coogler, que se mete en lo metatextual y usa en su favor el progresivo personalismo de la saga para tratar la figura del actor/personaje en clave de santo boxeador.

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Starred Up, David Mackenzie, 2013, GB

Historias de amor de hombres brutales en un entorno brutalizado, donde la cámara aprieta contra las paredes, la sensación de confinamiento es absoluta y el color amarillo preside entre la crispación y la luminosidad extrañada. Comienza en Alan Clarke, con estilo semidocumental, violencia desesperada, frustración y furia y termina entre tópicos de pequeña historia criminal (Sistemas parásitos dentro del gran Sistema) y reconciliaciones/glorificaciones paterno-filiales.

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The Myth of American Sleepover, David Robert Mitchell, 2010, EEUU

Película de observación, de gesto y detalle elevado por su impacto sentimental a la categoría de épico. Insólita en cuanto a sentido del espacio y composición, minimalista y misteriosa, minuciosa e impresionista por igual, se detiene en un mundo en cambio (o en pérdida) donde los adultos han sido obliterados. En el, adolescentes melancólicos se relacionan/miran en distintos grados de deseo/confusión a lo largo de un solo día y su resaca. Un americana singular, donde convergen con suavidad la nouvelle vague, el cine USA de los 70, Daniel Clowes y (sobre todo) Charles Burns amalgamados en una canción pop cristalina que parece una película metafísica.

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It Follows, David Robert Mitchell, 2014, EEUU

Terror libre de ironía/distancia, apócrifo del Agujero Negro de Charles Burns, donde convergen el body horror y el angst adolescente igual que lo hacen los suburbios y los límites de la ciudad. Redunda en los espacios/texturas/motivos de la previa película del director incorporando a su personal sentido de la observación elementos de Carpenter, Kubrick y Tourneur. Pese a puntuales caídas en el susto fácil, todo se sostiene en un dominio hipnótico de la puesta en escena (en on y en off), instalando la inquietud/perturbación a partir de la misma, al igual que hace con su penetrante atmósfera de tristeza y misterio.

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El Niño, Daniel Monzón, 2014, España

Dos películas diferentes, que convergen ya muy avanzado el metraje, donde se intenta un fresco del tráfico de drogas en el estrecho de Gibraltar mirando desde los grandes movimientos hasta el menudeo. De la estilización digital de Michael Mann al tono semidocumental, del procedimental al relato de maduración (sentimental), el conjunto es esquemático, blando y disperso por igual. Acumula tópicos (argumentales, estructurales, de caracterización…) entre secuencias de acción (mediocres y redundantes) que alargan la historia y da impresión de condensado de una serie de televisión con el mérito de descubrir escenarios para el cine español, buenos valores de producción y competencia técnica detrás.

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La isla mínima, Alberto Rodríguez, 2014, España

Noir rural ibérico que toma las marismas del Guadalquivir como espacio gótico, donde un policía del viejo régimen y otro del nuevo, uno corroido, el otro hipócrita, rastrean unos crímenes sórdidos. Espectral y circunspecta, lírica y seca aclimata/personaliza reconocibles modelos foráneos (algunos asumidos, otros accidentales/sincrónicos) a la coyuntura histórica y sociopolítica y a la tipología y paisaje español. Estos, definidos a partir de la obra del fotógrafo Atín Aya, adquieren un protagonismo determinante, cercano al western.

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