El último deber: la ciudad de Hal Ashby (2)

El último deber es una película paradigmática del nuevo cine USA de los 70. Su historia es mínima: dos marineros tiene que llevar de mala gana a un tercero a una prisión militar en un viaje de cinco días. En esos días pasan cosas, pero no tiene nada de especial. Lo que importa es a quien le pasan las cosas; lo que importan son los personajes.

Para contar a estos personajes la textura y la forma  del cine de Hal Ashby cambian. El naturalismo, la sensación del mismo, pasa al primer plano. El estilo visual y el montaje son sencillos, directos, de aspecto despreocupado incluso, profundamente vívido. El afilado montaje deja paso a la figura retórica del fundido encadenado, que traduce a la perfección la melancolía de los personajes y sus aventuras.  Gordon Willis, director de fotografía en The Landlor no estaba disponible, así que Ashby intentó tener como a su lado a Haskell Wexler, a quién conocía de varias de sus películas como montador, pero esta vez problemas de sindicación lo impidieron. Willis, entonces, recomendó a su operador habitual como elección ideal. Era Michael Chapman.

Pronto ligado al cine de Martin Scorsese, Chapman introdujo en el cine de Ashby una serie de recursos estéticos y un acabado que de inmediato el cineasta haría suyos. La luz natural, la textura semidocumental, el realismo áspero…conforman el marco, el lugar. Relato, personajes e imagen se alinean y algo épico se extrae de la vulgaridad de todo ello: una verdad. Algo que, definitivamente, Ashby buscaba como voz propia en el Hollywood de los 70. El único momento y sitio donde alguien como él podía llegar a ser un director de cine.

Si sus dos películas anteriores son como los últimos coletazos de los 60, El último deber emerge como su primer fresco de la nueva década. Nixon está en la Casa Blanca y  Ashby mira el paisaje de América de frente y todo es feo. La película está dominada por los colores apagados, por el azulón y el gris, los marrones y verdes oscuros, como si todo tuviese una pátina encima. El blanco final rompe la monotonía, pero es un blanco de nieve, un blanco del frío que los personajes pasan por fuera y tiene por dentro. Frío inhóspito. Frío moral.

El viaje, el de Ashby y el de los marineros, es hacia el desencanto, hacia la constatación, burocrática incluso, del fracaso. Buddusky (Jack Nicholson) intente animar a Meadows (Randy Quaid), darle unos buenos últimos días desde el principio pero Mule (Otis Young), más lúcido, le dice que esos es peor: cuando vas a pasar los siguientes ocho años en la cárcel es mejor que no te recuerden todo lo que te vas a perder.

Lo que ocurre es que Meadows ni siquiera sabe lo que se va a perder. Es un adolescente grandullón que intentó robar cuarenta dólares y le pillaron con la mano en el tarro de la miel. Inversión maliciosa de Un día en Nueva York, iguala el patetismo, la sordidez y la ternura  en cinco días que son un espejismo de libertad, de rebelión y de amistad antes de se impongan las ordenanzas, el miedo y la hipocresía. Son soldados y hacen lo que se les manda por mucho que entre medias se caguen en todos y todos. Un intento. Fútil, de postergar el último deber del título español.

La película se basa en una novela de Darryl Ponicsan que ya había sido comprada y tratada como guión incluso antes de ser publicada. Robert Towne, uno de los guionistas estrella del periodo (guionista-autor se puede decir repartiendo todavía más la paternidad de El último deber) la había reformulado con Jack Nicholson en mente, pero la Columbia había enfriado el proyecto debido tanto a lo explícito de su lenguaje como a su obvia lectura antimilitarista (de hecho la Marina se niega a colaborar y debe rodarse en una base canadiense) y no se pone en marcha hasta que Nicholson se suma de modo definitivo. Con Robert Altman en mente, es el propio actor quien recomienda a Ashby como su favorito. Así, la primera de las dos colaboraciones Ashby-Towne es al igual que la segunda una obra de actor-estrella: aquí Jack Nicholson, en Shampoo el mucho más invasivo Warren Beatty.

Towne trabaja a fondo el diálogo y aporta su propia temática sobre las relaciones/amistades masculinas y Ashby encuentra el espacio perfecto para continuar con el desarrollo de su discurso sobre la individualidad en entornos alienantes (la familia/la clase social/el ejército…) con, de nuevo, la imagen de Chapman dando coherencia al conjunto. El desarrollo aparentemente libre, aparentemente improvisado de Ashby, las secuencias-ensayo que se alargan y serpentean, están conducidas con habilidad hacia el tono agridulce y la comedia sin risas. De igual modo la construcción de la puesta en escena, el modo de relacionar a los personajes entre ellos y su entorno aparece mucho más elaborado permitiendo que, poco a poco, la estilización de la realidad de un algo poético-trágico a relato y personajes; la secuencia casi final en el parque bajo la nieve define esta sensación, con sus planos quietos y cada vez más distantes de los personajes expresando formalmente la tristeza final, ese fracaso del que hablaba.

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Dossier Hal Ashby en Cinearchivo

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