The Exploits of Doctor F.

En 1970 la Hammer decidió recomenzar. Refundarse con un nuevo corte de pelo que pensaba la hacía más joven, más guapa y más alta. En realidad, solo la hizo más rara y más decadente. Y hay belleza en la decadencia. La decadanse, que gemían Serge Gainsbourg  y Jane Birkin en 1973. Solo un año después Terence Fisher se retiraría del cine en Frankenstein y el monstruo del infierno. En el último plano de la película la cámara se aleja de la habitación donde Peter Cushing/Frankenstein barren el suelo para empezar de nuevo. Sale de ella, sale de la película sobrevolándola. Fisher lo deja allí todo. Todo el patetismo, toda la decadencia.

Jimmy Sangster, que había escrito casi todas las grandes películas de Fisher, que es como decir casi todas las grandes películas de la Hammer, había dejado la compañía un par de años antes. Él y Fisher habían instaurado un estilo que era un ideario y una iconografía. Un tratamiento completo y renovador de la mitología del terror. La Hammer había tomado los mitos clásicos del horror de la Universal y los había llevado a la violenta, colorista, modernidad. En 1970, conscientes  de la marca y de la necesidad de reinventarse para avanzar con el mercado llevó a los mitos a una segunda modernidad consistente en la Hammer vista por la Hammer.

La distancia deriva en ironía y en ocasiones en cinismo. Al Barón, ahora joven y guapo, solo le falta mirar directamente a la cámara y sonreír. Dennis Price interpretaba a un resurreccionista que podía haber tenido el rostro de Terry-Thomas. El horror es una farsa. Pero no hay incoherencia; ni desprecio. Es como si Sangster, y con él la Hammer, mirasen más atrás de ellos mismos, de su propia historia, para ver los orígenes del horror británico en los teatrillos de sangre de Tod Slaughter, la primera estrella inglesa para el género, y George King. El horror de Frankestein es una comedia grotesca, un Grand Guignol, que podía haber sido Sweeney Todd pero resultaba más conveniente que fuese algo conocido.

Recomenzar. Rebootear, Remakear. El horror de Frankenstein fue La maldición de Frankenstein, pero ahora el Barón ya no está maldito: es feliz en los que hace. No es que se haya aceptado así mismo, es que es él mismo. A modo de comentario de clase sobre la sociedad británica resulta implacable: el noble y los desechables, los usables. E un momento el Barón observa a sus compañeros de facultad y solo ve en ellos las partes y órganos que pueden serle útiles.

Si Cusing era un cuerpo crispado, convulso por sus pasiones y sus obsesiones, Ralph Bates es un diletante de la maldad. Como no hay maldición no hay sufrimiento. El Barón disfruta del sadismo en todas sus formas, de la sexual a la social y la científica. Es un narcisista y un sociópata y un noble como si fuese sinónimo de lo anterior. Es la upper class inglesa, con su desdén, su aburrimiento, su falta de emoción como pose. Crear al monstruo es la experiencia definitiva, la última moda gótica. Era eso o fundar un club ocultista. Bates, cínico, amoral, distante, es tan perfecto para esta encarnación como Cushing lo era para la tortura, la obsesión y la autodestrucción. Además ya había fundado el club ocultista y paseado por el Londres secreto eses mismo año en El poder de la sangre de Drácula.

Ocurre que el color vibrante había sido sustituido por pintura mate; o tal vez ya se había acabado. La película se resiente del paso de una estilización que marcaba el camino a una estética coyuntural. Las películas de la Hammer podían ser gratuitas, pero nunca eran feas. Ahora eran ambas cosas. Entonces había que ofrecer más por otros lados: explicitud erótico-sanguinolenta, humor negro, perversidad, crueldad. También ingenio, también malicia.

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