(016) Octubre / 19

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Dos buenos tipos (The Nice Guys), Shane Black, 2016, EEUU

Dos hombres malos, una chica buena y un montón de caracteres extravagantes. Diálogos de ping-pong, violencia absurda, ironía y fingimientos en la ciudad de la mentira en un relato que parece amalgamar distintas épocas mediante una puesta en escena si esfuerzo,  Black, que hace películas como si escribiese novelas (o al revés) vuelve sobre él mismo pero se parece a Elmore Leonard. Por la mitad se pierde, pero los personajes le sostienen.

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Blood Father, Jean-François Richet, 2016, Francia

La dialéctica del superpadre aplicada sobre un western fronterizo, donde el viejo forajido debe volver a la senda de la violencia para proteger a su hija. Francesa, como la pionera Taken, pero sobre fetiches/personajes/espacios americanos, está rodada/iluminada/montada como otras mil películas, sin personalidad distintiva. Áspera en la violencia, con alguna perspicaz nota al margen lo más interesante son los primeros planos del rostro que se le ha ido poniendo a Mel Gibson. Una presencia/vigencia física que (unida a las citas literales) hace su ausencia en Mad Max: furia en la carretera más dolorosa.

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Parque Jurásico (Jurassic Park), Steven Spielberg, 1993, EEUU

Regreso al mundo perdido de Conan Doyle a través de Michael Crichton, con la base de la especulación científica como plataforma para el relato clásico de aventuras. Soberbia en su primera hora, donde el descubrimiento de las maravillas se hace mediante la identificación del espectador con el rostro de los personajes (y la música de Williams) en lugar de a partir del exhibicionismo tecnológico. Deriva luego hacia la acción, redundante y llena de soluciones de guión forzadas que Spielberg resuelve según su perfecto conocimiento de la mecánica interna de la narración, del puro desplazamiento de piezas y sus efectos.

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Election: La noche de las bestias (The Purge: Election Year), James DeMonaco, 2016

Documental de la campaña americana con forma de sátira donde sus creadores ni se molestan en crear un mañana vagamente futurista, porque mañana es hoy. Prorroga el tono carpenteriano ya dominante en la entrega anterior, incorpora gotas de Verhoeven y profundiza en los aspectos religiosos de nuevo orden con la misma ausencia de sutileza con la que afronta todo lo demás. Cine político a tiros y cuchilladas, ambiguo y no poco perverso, recompensa los instintos más crudos a la vez que los critica aportando un imaginario de choque singular ametrallamientos de adolescent(a)s negras arrogantes, blancos ricos y simbología americana. Y además, Frank “Punisher” Grillo.

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La extraña pasajera (Now, Voyager), Irving Rapper, 1942, EEUU

Melodrama de superación, renuncia y afirmación personal que trasciende su propio material (del psicoanálisis al cerrado mundo de la Old Money del Este,) en base a su sensual sentido formal, la delicadeza de las interpretaciones de su pareja protagonista, Bette Davis y Paul Henreid en uno de los personajes masculinos más singulares de su época, y el uso de un lenguaje superpuesto que expresa por otros medios los deseos de estos mismos protagonistas. Estremecedora en su conjunto, ejemplifica en su elaboración interna la capacidad del lenguaje romántico de Hollywood, del estilo indirecto, para sublimar emociones, transponer inquietudes complejas (en esta ocasión a unos cigarrillos) y crear gestos icónicos.

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Halloween, el origen (Halloween), Rob Zombie, 2007, EEUU

Halloween sobreescrito, con la línea clara de Carpenter ensuciada según la tendencia hacia el sadismo y la sordidez de Zombie. El bloque central replica el original con ciertas variaciones hasta que desbarranca en un encadenado de clímax interminable. Lo mejor y lo peor son, paradójicamente, lo mismo: el largo prólogo sobre la infancia y formación de Michael Mayers que según la lógica posmoderna siente la necesidad irrefrenable, casi patológica, de la explicación y el hueco (del misterio) rellenado. Allí, Zombie expresa su fascinación por el monstruo, por la anormalidad encarnada en lo real, a expensas de arruinar la abstracción del original.

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Halloween II, Rob Zombie, 2009, EEUU

Halloween como un sueño donde convergen Alicia y Frankenstein, la familia según Zombie,  la idea mismo del psicópata como fuerza mística y el imaginario de la América white trash. Un gótico hillbilly, onírico y brutal, donde la imagen sucia en digital, la estética de la fealdad  y la ternura por el aberrante se yuxtaponen. La previa entrega queda justificada como una ruptura necesaria para llegar a un fraseo libre; balbuceante y a medio articular, pero libre, que se basa en asociaciones de imágenes y permite incluso reimaginar el diseño icónico del personaje fagocitado por el del propio Zombie.

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Cut Snake, Tony Ayres, 2014, Australia

Melodrama criminal que replantea el cliché de exconvicto empujado hacia su anterior vida en forma de tortuosa historia de amor, algo de valor en cuanto pertenencia a una idiosincrasia tan masculina como la australiana. Esos aspectos de discusión de la homosexualidad y las relaciones viriles expresadas entre la violencia y la ternura se pierden en la atonía de estilo (a excepción de las elegantes disoluciones o ciertas composiciones que expresan las relaciones de los personajes con concisión) e interpretaciones (pese a los esfuerzos de Sullivan Stapleton por dar espesura a su bruto enamorado), la escasez de medios y la espantosa escritura de secundarios.

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In a Valley of Violence, Ti West, 2016, EEUU

No un western, sino la escenificación de un western donde nadie se cree nada y nada es creíble. Ethan Hawke intenta dar dignidad a su cliché de jinete solitario, un poco como si James Stewart hiciese un Spaghetti Western, pero se cansa; el resto es gente disfrazada de época enredada en diálogos irritantes y humor irónico para disimular la carencia de propósito o espesura. La anécdota argumental es de segunda mano, las actuaciones lamentables en su mayoría, el estilo neutro, con la misma luz para todo, la puesta en escena, al menos, clara. Ni como parodia.

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Charlie’s Country, Rolf de Heer, Australia, 2013

Tercera de las películas sobre la cultura aborigen de Rolf De Heer y primera de ellas localizada en presente –The Tracker lo estaba en la época colonial y Ten Canoes en un pasado mítico preblanco- para hablar de la vejez de una raza, simbolizada en Charlie y sus amigos. Un proceso de extinción a cámara lenta, con el rostro y cuerpo icónico del actor y activista David Gulpilil confundiendo persona y personaje, naturalismo y estilización. La cámara, pudorosa, flotante, observa la dignidad que se escurre y los intentos por retenerla, la constatación (propia) de no poder vivir ya como los ancestros, la alienación, la aculturación, la perplejidad…a través del humor y la lucidez, la ternura y el patetismo de un rebelde estoico.

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La gran belleza (La Grande Bellezza), Paolo Sorrentino, 2013, Italia

Una starlette decadente que se ha estado poniendo ciega de cocaína mira al cielo mientras la nariz le sangra. Pasan aviones dejando líneas blancas. Esta es la medida de la sutileza de Sorrentino. No hay jerarquía entre las escenas; todas son la más importante y así, ninguna lo es. Podía tener cincuenta escenas más o treinta menos o estar todas ordenadas de modo diferente. Tras una que parece culminante, la del funeral, la película recomienza; y todo es aún peor, todo tan fácil. Más de dos horas para decir lo que había quedado claro en diez minutos. La presentación encapsula todo: el estilo enfático –siempre movimiento, siempre corte sobre el movimiento a otro movimiento y entonces estatismo, ralentí suspendido, imágenes sobre imágenes perfectas que duran tan poco que no son nada, apilamiento en lugar de sucesión-  el desencanto cínico del protagonista y su mundo que se disuelve. Canto general por la Italia de Berlusconi, nostalgia de bunga-bunga, viejos y vellinas. Auto sacramental por todo lo hortera, sublimación, sampleado y cacofonía. El héroe paseante. La gran autoindulgencia. Lo bueno, que el cine italiano vuelve a contar en lo estético y en lo comercial; hasta en el prestigio.

 

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(Work in Progress)

La batalla de Argel (La battaglia di Algeri), Gillo Pontecorvo, Italia-Argelia

Recreación documental del pasado como si estuviese sucediendo en presente que sintetiza la politización del cine italiano y la frialdad objetivista del polar francés. La muerte del colonialismo capturada en una imagen áspera, implacable que oscila entre la escrutación del rostro y el paisaje general. El rigor entra en conflicto con cierta tendenciosidad ideológica, uno de los protagonistas, Yacef Saadi, fue líder del FNL, que interfiere con las intenciones de reportaje. De penetrante clima de paranoia, violencia y odio, significa un logro estilístico superlativo, de influencia perdurable; casi un canon de representación.

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Carga maldita (Sorcerer), William Friedkin, 1977, EEUU

Aventuras infernales a partir de la novela  Georges Arnaud y en variación sobre la película de Henri-Georges Clouzot sobre la hazaña desesperada de cuatro hombres desesperados en un contexto desesperado. Oscura y fulminante, de fatalismo exacerbado, comparte fisicidad y concisión pero sustituye la construcción de la camaradería viril por la supervivencia llevada al punto del delirio. Poco a poco lo fantasmagórico canibaliza la textura documental, con las máquinas y la naturaleza adquiriendo caracteres mitológicos. De montaje agresivo y música hipnótica contiene pasajes sobrecogedores (el cruce del puente colgante bajo la tormenta está fuera de escala) y el conjunto supura amargura, sordidez y un profundo sentido del absurdo.

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Bat 21, Peter Markle, 1988, EEUU

Versión simplificada de la experiencia del coronel Iceal Hambleton, derribado en zona del Vietcong en 1972 y los intentos por rescatarle. Hambleton, un experto en comunicaciones, un teórico de la guerra de tablero descubre así el verdadero territorio de la guerra, la cercanía de la muerte y no su abstracción numérica; las acciones y sus consecuencias, la repercusión, negativa, de todo cuanto se hace. Un tanto corta de medios, se estilo sobrio y tono reflexivo, no tiene nada que ver con las manifestaciones opuestas del cine del ‘Nam de la segunda mitad de los 80 y bajo su carácter de relato de aventuras se hace eco de diferentes problemas la política operativa y la toma de decisiones americanas.

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El cielo y la tierra (Heaven and Earth), Oliver Stone, 1993

Producto de mala conciencia homologable al western culpable de los 70 en sus intenciones demagógicas, tremendistas, truculentas y sermoneadoras que adopta la forma de melodrama sobre una santa vietnamita y su ordalía contra/a través del mundo, personalizando en ella todo conflicto y sufrimiento. Stone establece en las primeras imágenes la corrupción del paraíso y luego suelta cada golpe bajo del libro usando personajes (inconsistentes) que no son personas sino discursos (literales y metafóricos) mientras el punto de vista de la heroína y el de Stone luchan por capitalizar la película. Todo según su abusivo estilo formal, que no discrimina lo lírico de lo grotesco, siempre obvio y nunca sutil, aquí pretendidamente reminiscente de cierto clasicismo. Repetitiva, desprolija narrativamente, moralista e ideológicamente confusa, con la voz en off contando lo mismo que se visualiza y los vietnamitas, en alarde de colonialismo, hablando inglés entre ellos con acento. Imágenes sueltas y solo momento: la llegada de los helicópteros americanos como una alucinación.

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Invasion USA, Alfred E. Green, 1952, USA

Producto de la retórica paranoica de la América de los 50 donde la Unión Soviética penetra a través de Alaska y lanza luego una ofensiva atómica sobre los USA hasta someterlos. En realidad es todo parte de la alucinación hipnótica inducida a un grupo de clientes de una coctelería, concienciados luego de la necesidad de financiar el aparato militarista… Demencial. El conjunto, consecuencia de su paupérrimo modelo de producción resulta un singular ejercicio de manipulación de material documental  para fabricar a partir del mismo una ucronía plausible, que en una idea futurista y clarividente es contemplada a través de la televisión.

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La selva esmeralda (The Emerald Forest), John Boorman, 1985, GB-EEUU

Fábula místico-ecologista tanto sobre la desaparición de un escenario natural, como de un modo mágico de entender el mundo. El formato es una historia casi de western, sobre un chico (el hijo del propio Boorman) criado por una tribu del interior del Amazonas y la obsesiva búsqueda del mismo por parte de su padre, un ingeniero que proyecta una descomunal presa. Boorman vuelca en el relato de aventuras maniqueo sus preocupaciones sobre la escritura mítica de la realidad, la entrada en la madurez y la corrupción del paraíso.

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Tres lanceros bengalíes (The Lives of a Bengal Lancer), Henry Hathaway, 1935

Western reescrito como aventuras coloniales, donde lo que serán arquetipos y tropos de un género prueban su eficacia en un contexto exótico. Hathaway aplica su sentido de la fisicidad y la historia se dispersa durante su primera hora, donde se van acumulando temas (el proceso de camaradería masculina, el conflicto paterno-filial, el paso a la madurez, el sacrificio personal del soldado…) resueltos en una vibrante segunda mitad, donde es la acción lo que pasa a definir a los personajes. Malabarismos para justificar la nacionalidad de varios actores y memorable rivalidad humorística entre Gary Cooper y el minusvalorado Franchot Tone.

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Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia), David Lean, 1962, GB-EEUU

Retrato de un místico en el desierto, un hombre en alucinado conflicto entre su Yo espiritual, su Yo físico y su Yo mítico. Lean traduce las complejidades de personaje (lugar e historia) mediante una pantalla-lienzo y la relación íntima entre la figura y el paisaje, que a menudo se funden. La escala de la película, así, corresponde a la de Lawrence, su mundo (o el mundo alrededor) y su voluntad: cuanto mayor es la amplitud de la imagen, mayor será la aventura de Lawrence y Lawrence mismo; un punto en ese paisaje. De enorme riqueza plástica y excelentes diálogos (paradójicamente concisos) la exaltación del descubrimiento de la primera mitad va transfigurando en un tenebroso instinto de muerte durante la segunda, dominada por los rasgos mesiánicos y masoquistas de Lawrence.

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