(017) Enero / 12 + 3

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Al borde del río (The River’s Edge), Allan Dwan, 1957, EEUU

Uno de los títulos de la sugestiva etapa final del incansable Dwan y realizado (como el resto) en condiciones de bajo presupuesto, producción independiente y pocas semana, apoyadas en un brillante uso del color y una visión irónica de la existencia. En esta ocasión, con un terceto protagonista de entidad, mezcla noir (a todo color, tendencia a finales de los 60) y relato de aventuras en el intento de un estafador por cruzar a México en compañía de su antigua amante (y socia) y el marido de esta, guía en el territorio. Repetitivo y perjudicado por el cartón piedra de los interiores/exteriores, posee un áspero sentido de la violencia y un final extrañísimo.

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Ángel negro (Black Angel), Roy William Neill, 1946, EEUU

Melodrama noir según Cornell Woolrich, donde una mujer intenta probar la inocencia de su marido juzgado por asesinar a su amante, con la única ayuda del esposo de esta, un músico alcohólico. Todo, en verdad, la búsqueda de un trampantojo, de un sueño dentro de una alucinación sustentado en la ambigüedad de su excepcional reparto. Romanticismo necrófilo, disolución de la identidad y falsificación de la propia memoria de soberbio tercio final, donde el héroe y el villano convergen en la misma persona. Última película de un directo a revisar más allá de sus aportaciones al ciclo Holmes.

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El misterio de Fiske Manor (Ladies in Retirement), Charles Vidor, 1941, EEUU

Melodrama gótico, con rasgos de policial y hasta de humor negro, sobre el asesinato cometido por una joven ama de llaves con el fin de garantizar el bienestar de sus dos hermanas, enfermas mentales. Demasiado rígido en su construcción, delatando la división en escenas teatrales de su origen, no le falta en cambio malicia al sintetizar en Ida Lupino a la heroína y a la villana en un mismo personaje. Vidor (Charles) comienza igualmente rígido, pero poco a poco, según se profundiza en el relato de misterio, su planificación se va haciendo más interesante en el tratamiento de las sombras y los contrapicados en relación a la progresiva oscuridad trágica de la protagonista.

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Beware, My Lovely, Harry Horner, 1952, EEUU

Thriller psicológico minimalista, proto “home invasión” con Robert Ryan como perturbado e Ida Lupino como víctima. Las particularidades del villano construyen la narración (oscila violentamente entre un personalidad dócil y una ultraviolenta, con intervalos de amnesia) y el trabajo de cámara -pegado a los actores, puntualmente barroco, de escenas largas- determina la intensidad claustrofóbica. Angustioso y retorcido, extraño y ambiguo invita a buscar más trabajos de su directo y emerge como pieza singular.

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La bella de Roma (La Bella di Roma), Luigi Comencini, 1955, Italia

Neorrealismo rosa, pícaro y sentimental, algo iconoclasta, algo tradicionalista que gira en torno a las cuitas de Silvana Pampanini, maggiorata en el olvido, en su empeño por abrir una mesón e Roma. A su alrededor, una serie de hombres entre el cretinismo y el patetismo. Mejor en su primer tercio, más agitada, más atropellada, que en el segundo donde el personaje de Sordi se adueña de la función por encima de la Pampanini y de Paolo Stoppa, perdiéndose en el camino esa sensación vívida, coral. Queda, siempre, la singular capacidad para capturar lo popular de la comedia a la italiana.

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Los pedigüeños, Tony Leblanc, 1961, España

Comedia sablista, idiosincrásicamente madrileña (variantes preferidas de Leblanc en cualquiera de sus funciones) donde muestra su entendimiento del pícaro español: en esencia miserable, de aspiraciones a corto plazo y al final perdedor. Con inclinaciones ternuristas y puntual acidez en su contemplación de la hipocresía, los antihéroes se redimen por la vía de la asimilación social. DE estructura en viñetas, con los chistes funcionando como páginas dominicales, no carece de habilidad aunque se quede corta en todo. Gracita Morales, genial.

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Angel, Ernst Lubitsch, 1937, EEUU

Regreso de Lubitsch sobre el tema de triángulo (trío) romántico (o sexual) aquí entre la comedia sofisticada y el melodrama elíptico. Depurado su estilo indirecto, es capaz de quitar todo menos las conversaciones civilizadas y los sobreentendidos. Casi onírica, le falta algo, tan indefinible como el propio “eso” de su autor, tal vez mayor malicia, tal vez menos diálogo y está dominada por una sensación de melancolía más penetrante por cuando una guerra devastadora estaba a punto de estallar. Soberbio terceto protagonista, anulado de cualquier afectación estelar, y geniales secundarios.

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Chandú el mago (Chandu the Magician), William Cameron Menzies y Marcel Varnel, 1932, EEUU

Pulp exótico-aventurero, donde cada escena es de acción, donde Edmund Lowe, estrella de los 30, encarna a un mago de atildado bigote, ojos intensos y look oriental (pese a ser blanco e inglés) que es/fue el formón para el Doctor Extraño marvelita. El misticismo de Chandú se enfrenta a la ciencia (fantástica) en forma de rayo mortal controlado por un villano megalómano (Lugosi, quien, paradojas, será Chandú en siguientes entregas), pero inventado por un buen científico. Imaginación, racismo, erotismo, inocencia…el humor es malo, las acciones se atropellan y el presupuesto escasea, pero los diseños art déco y el trabajo de cámara de Cameron Menzies, con movimientos imposibles, trucajes y angulaciones resulta delicioso.

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Danny Boy (Angel), Neil Jordan, 1982, Irlanda

Un saxofonista, encarnado en la pasmada presencia de Stephen Rea, contempla un asesinato que lo impulsará a la venganza.  Primera película de Jordan y ya un compendio a partir del cual se desarrollará gran parte de su filmografía: identidad, violencia, metafísica… El relato se diluye en la abstracción melancólica, como un ensueño donde los aspectos mundanos/sórdidos entran en tensión con los fantásticos, incluyendo entre estos el cine mismo. Deshilachada en su tercio final, tal vez Jordan tenga problemas todavía para contar, pero sus composiciones son expresiva, penetrantes, su uso del color y la luz emocionante y su voz clara, una de las fundamentales de la definición poética y estética de los 80.

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L’étrangleur, Paul Vecchiali, 1970, Francia

Un joven asesino en serie piadoso, una muchacha fascinada por él, un ladrón que se aprovecha de sus crímenes, un policía de métodos particulares… Abstracción del thriller (o un giallo a la francesa) que mezcla feísmo naturalista y teatrillo del absurdo. Diálogos insufribles, interpretaciones impávidas, pretenciosidad, notas cinéfilas y una insistencia en la excentricidad que resulta ser su aportación de mayor interés.

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Intimni osvetleni (Iluminación íntima), Ivan Passer, 1965, Checoslovaquia

El único largo que Passer dirigió en Checoslovaquia, si bien es una coherente prolongación de su trabajo junto a Jaroslav Papousek y Milos Forman en las películas del segundo. Humor basado en la observación, sátira entre la ternura y la malicia, absurdo cotidiano…las constantes se repiten, así como los intérpretes recurrente;  pero el estilo formal de Passer, si bien deudor del de Forman, es menos abrupto, de montaje, también musical, no tan preciso y en general no tan penetrante. La historia gira en torno a la estancia de un músico en casa de su amigo, miembro de la banda local, antes de un concierto (que nunca vemos).

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7 mujeres (7 Women), John Ford, 1966, EEUU

Película final, al tiempo recapitulativa y renovadora, donde Ford reduce progresivamente el drama a espacios más pequeños, claustrofóbicos, hasta sumirlo en las sombras. Tenebrista, los personajes desnudan su moral y sus debilidades surgiendo del trance los peores villanos y los héroes más inesperados. Minimalista y precisa en la expresión formal, sutil y lúcida en la dramática, trabaja sobre personajes femeninos complejas particularidades/frustraciones/psicologías que ya había expuesto en otros contextos de igual aislamiento (los títulos de la caballería) dentro de una aspereza, una franqueza y una amargura espeluznantes.

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The Crown (1-10 Netflix), Peter Morgan/vvaa, 2016, GB-USA

Hay The Crown muchas cosas; bien dispuestas en su mayoría. Hay un relato de otra realidad y sobre como esa otra realidad mira a la nuestra. Hay crónica rosa, política e histórica. Hay amor y lujo, observación maliciosa y ternura. Hay un humor tenebroso que emana del absurdo cotidiano de una existencia anacrónica y eterna por igual. Y en el centro mismo, hay magia: la transubstanciación mediante el ritual de una mujer ordinaria, Elizabeth Windsor, en un monstruo, Isabel II.

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Fingersmith (1-2 BBC), Peter Ransley/ Aisling Walsh, 2005, GB

Adaptación de la misma novela de Sarah Waters en la que se basa The Handmaiden; ambas, al parecer, muy fieles. Tocando elementos como la identidad, la sexualidad, el fingimiento o la clase, un gaslight mystery mezclado con diversos elementos de melodrama folletinesco revisado: historia llena de giros y alambicada al máximo, síntesis de romanticismo, cinismo, sordidez y crítica. Rodada con sencillez, posee sentido de la observación y una intrigante tensión entre lo que sabemos de los personajes y su impenetrable construcción superficial. El primer capítulo es excelente, el segundo, debido a la necesidad estructural de repetir parte de la historia desde otro punto de vista se hace algo redundante en su primer cuarto y algo atropellado (y hasta confuso) en el desvelamiento de los diversos giros yuxtapuesto. El final es bellísimo, la interpretación uniformemente excelente, aunque incluso en tal escenario Imelda Staunton sobresale.

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Children of the Stones (1-7 HTV), Jeremy Burnham & Trevor Ray/Peter Graham Scott, 1977, GB

Un científico y su hijo adolescente se hospedan en un pequeño pueblo situado dentro de un círculo de piedras, Milbury en la ficción, Avebury en la realidad. Desde su llegada perciben las transformaciones de los lugareños, el apego a los cultos y la imposibilidad de abandonar el pueblo.  Folk horror televisivo, donde en un tono cercano a la novela juvenil y con conceptos de psicogeografía y tiempo circular se condensa paganismo y ciencia ficción, magia y ciencia, The Wicker Man y La invasión de los ultracuerpos. Limitada por sus propios medios y afectada por el paso del tiempo, mantiene el efecto siniestro con una incidencia en las maneras civilizadas y la felicidad como algo espeluznante, así como la propia capacidad de perturbación del lugar y sus megalitos. De carácter genuinamente británico, su estructura (típica de la época, en capítulos de poco más de veinte minutos divididos en dos partes) corresponde, de modo llamativo, con el modelo de los tebeos nacionales.

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