Friedkin 68: The Birthday Party

The Birthday Party fue una fuga para Friedkin. Una fuga para encontrarse, para conocerse y decidir que cineasta quería ser. Se marchó a Inglaterra  rodarla desentendiéndose del montaje de The Night They Raided Minsky’s, una farsa carísima sobre el teatro de vodevil que había rodado en Nueva York para el productor Ralph Rosenblum. Le daba igual. Aquella película era una trampa un paso hacia un lugar a la cual no tenía intención ni deseos de ir. La producción le había sobrepasado y el tema general le era ajeno. Necesitaba saber lo que quería y cómo quería hacerlo. Y sabía que Harold Pinter podía decírselo.

Friedkin estaba obsesionado con The Birthday Party desde que la había visto representada en América en los primeros 60. Había sido la obra con la que Pinter había irrumpido en el teatro británico de la década anterior, la que llevó a acuñar la idea de la “comedia de la amenaza” y la que definió su estilo. Usando esto, el estilo de Pinter, buscaba definir el suyo propio. Friedkin se somete voluntariamente a Pinter, no es tanto un médium como un alumno que busca iniciarse en algo secreto. La cámara violenta replica la palabra violenta. La economía, la austeridad, la retórica de Pinter encuentran equivalencias en los encuadres, los movimientos y el montaje de Friedkin. De modo más profundo que Losey, el principal cómplice-traductor de Pinter, el encuentro impregnará a Friedkin que surgirá de la experiencia transformado, definido. Feísmo y brutalidad, ascetismo y estilización, gusto por lo grotesco, sentido de lo absurdo y la expresión a través de la violencia (crueldad, sadismo, manipulación…). Friedkin aprendió en la escuela de Pinter.

Para rodarla se marcha a Inglaterra sin pensarlo. Hollywood se descompone y allí, de momento, no hay nada para él. A Inglaterra se están marchando viejos maestros de un cine que le es familiar para dirigir en libertad. Hay menos tiempo de rodaje, los presupuestos son más apretados y los técnicos británicos dan a las películas una pátina diferente, pero Hitchcock, Preminger, Lumet, Aldrich o Fleischer hacen un cine sin otros compromisos. The Birthday Party está producida por Edgar Scherick a través de una compañía independiente americana, pero en Inglaterra fue manejada sobre el terreno por  Max Rosenberg y Milton Subotsky, de la Amicus. Algo del cine de horror británico de los últimos 60/primeros 70 se deja notar en la textura junto a la textura distintiva de la TV inglesa o la influencia del free cinema que trae el director de fotografía Denys Coop. Friedkin encuentra en el formato, en el grano su propia textura, familiar respecto a la documental. Es una realidad aumentada, una hiperrealidad. Es desagradable de mirar, perturbadora, fea y fascinante en igual medida.

En un principio el movimiento de la cámara no se hace notar, la presencia de la misma. Se trabaja el encuadre/reencuadre si recurrir al corte. Luego es ojo que observa va haciéndose presente en encuadres aberrantes, cenitales que reducen el espacio, planos subjetivos. El montaje invisible, se vuelve agresivo, abrupto. Los recursos formales se adaptan y evolucionan con el texto, con el drama. El plano, primero funcional, atrapa a los personajes, los encierra, los observa reducidos a máscaras grotescas de confusión, miedo y violencia. El naturalismo equívoco se diluye en el absurdo y lleva el drama hacia la abstracción. La película va cargándose de una sensación inefable, de algo siniestro, maligno. Un malentendido, una identidad confundida, una amenaza inarticulada. The Birthday Party convoca tortuosas imágenes políticas, como si la realidad se condensase en una sola habitación sórdida; como el cuarto de interrogatorios de algún Sistema totalitario innominado. No-lugar, no-identidad, no-lenguaje, no-verdad. Es la abolición de la certeza y su substitución por la paranoia.

Del mismo modo en que Pinter descompone el lenguaje, el fraseo, Friedkin trata de hacerlo con la imagen. Las palabras pierden su significado y adquieren otro en el modo de declamarlas. Se convierten en repeticiones de sonidos, en una cacofonía violenta. La forma entrecortada y tensa del cineasta se forja aquí, alimentada por su propia experiencia como documentalista, y se refina en Los chicos de la banda, otra adaptación teatral rodada a continuación. La atención al detalle, al objeto, al gesto compulsivo, al acto y la frase repetida están en la desfragmentación del espacio de The Bithday Party. La decadencia, la degradación, el desorden, el fracaso…los espacios y los objetos de la casa de huéspedes y los personajes que viven en ella lo ejemplifican. Como en Los chicos de la banda o en Killer Joe los que viene de fuera, estilizados, pulidos, proceden a la sistemática destrucción del lugar que los acoge, a la sustitución del orden allí establecido por un nuevo, a medida de sí mismos. En el camino, amenaza, conflicto, angustia, violencia, catarsis y renovación del orden, cambio.

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