Friedkin 94: Ganar de cualquier manera

 

Ganar de cualquier manera apenas sobrevive fuera de su actor principal. No digo de su personaje, sino de su actor. Es Nick Nolte, su intensidad maníaca, su modo de habitar en ese atribulado entrenador de baloncesto universitario, lo que da vida al personaje y carne a la película. Nolte parece creer en ella más que ningún otro, más que el propio Friedkin seguramente. Es el cuerpo de Nolte, sus eléctricos cambios de estado, la furia y la calma melancólica sin solución de continuidad, lo que impulsa a Friedkin; o lo que le interesa. Mirar lo que hace Nolte, y cómo lo hace, se convierte en el documento dentro de la película.

El guión le pertenece a Ron Shelton, el especialista oficial del Hollywood de la época en cine deportivo. Pero su denuncia de la praxis del deporte universitario o su análisis de un universo masculino y sus relaciones resultan superficiales. En especial en comparación con la cuatro años posterior He Got Game, donde Spike Lee hablaba con su habitual claridad brutal sobre el mismo tema. Ni Shelton ni Friedkin son deshonestos o les falta sinceridad, al contrario, pero su realidad parece demasiado de película y el tono es incoherente. Toda la parte del reclutamiento de los nuevos alumnos/jugadores parece una comedia picaresca, pero no tiene el descaro satírico del Friedkin de Deal of the Century ni la capacidad de observación del Shelton de Los blancos no la saben meter, su mejor película como escritor/director. Así, el salvavidas es el cuerpo de Nolte, acercarle la cámara, escrutarle.

La escena inicial deja clara esta fascinación: una bronca monumental en tres impulsos. Nolte entra y sale del vestuario tras una derrota humillante y como si nunca pudiera vaciarse del todo, como si se pelase contra su propio mensaje. Friedkin pone la cámara y mira; directo, desnudo. Tal vez esas hubiese sido una película más interesante: la lucha de este hombre con/contra su oficio, día tras día.

Los aspectos de, digamos, intriga estás manejados sin gusto. Ni Shelton ni Friedkin han sido nunca sutiles, pero el dibujo del personaje de J.T. Walsh, conseguidor de los equipos universitario y némesis de Nolte excede la grosería. Si Nolte vive en un espartano apartamento, divorciado, solo, con una tele, un video y un montón de cintas apiladas con partidos de baloncesto grabados, Walsh lo hace en una mansión con piscina y dos rubias de adorno

Nolte es el hombre moral. “Hay dos razones para no hacer trampas: una es que te cojan, la otra es que no te cojan”. No hay peor trampa que la hecha a uno mismo. “Cogiste lo más puro que había en tu vida y lo corrompiste ¿Para qué? ¡¿Para qué!?”, le dice a uno de sus pupilos que vendió un partido para unos apostadores; pero se lo está diciendo a sí mismo.  “Las reglas no tiene mucho sentido. Pero yo creo en las reglas. Algunos las hemos roto. Yo las he roto. No puedo hacerlo más. No puedo ganar así”. El hombre moral frente al espejo. El héroe obsesivo de Friedkin que se destruye en el proceso de su misión. Una que revela la realidad a su alrededor y le pone al límite. La realidad paranoica, la gran conspiración, la falsedad del Sistema que el hombre moral creía seguro.

La idea es estremecedora: la corrupción ha sustituido al sistema. Es el Sistema. La corrupción es el modo de funcionar. En Ganar de cualquier manera Friedkin intenta hablar desde la lógica deportiva de un país, de una cultura, incapaces de negociar con la derrota, de asumirla como parte natural del juego/vida. Para ello, la trampa. Se finge que nada pasa y se corrige el Sistema para que solo quepa la victoria.

Cuando el hombre moral cae ya no queda nada. Lo único que tiene es su código, si lo rompe o lo circunvala, si se hace trampas a sí mismo, está acabado. Se vuelve un hipócrita, un santurrón y con ellos es peor que cualquier producto. Solo le queda el sacrificio, la autodestrucción pública. La confesión final de Nolte no es para los demás, no es para denunciar algo que todo el mundo sabe; es para sí mismo, para poder recomenzar. «Lavé mis manos en agua pantanosa. Lavé mis manos pero no salieron limpias», decía la canción de Stonewall Jackson. El hombre moral lo sabe bien; es peor cuando no te cogen.

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