Friedkin 95: Jade

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Jade comienza como un sueño y termina como otro, en un clímax que rima con la apertura pero usando colores contrarios, sustituyendo los dorados por un azul gélido. Son el principio y el final de la noche, aunque en la ficción suceda en dos noches separadas y la pesadilla esté en el epílogo, de una amargura insólita, por abrupto y derrotista. La primera imagen es una espesa niebla que se disipa para dejar ver una mansión. La banda sonora la domina una espectral voz femenina, la cámara serpentea entre los objetos de la casa, entre pasillos y escaleras. Es un plano subjetivo de nadie. Es para nosotros, que somos el voyeur. La banda sonora de James Horner se hace más penetrante, más amenazadora. Indica que algo sucede antes de que suceda. Mezclados, unos gritos, voces violentas desde el fuera de campo. La secuencia acaba en un reguero de sangre y una transición imperceptible hacia la mitad de un maniquí que cuelga vestido de smoking en un elegante salón de baile. La cámara sobrevuela el espacio como en una película de Alfred Hitchcock, relacionando a los tres protagonistas con el crimen que acaba de cometerse en otro lugar de la ciudad.

Caruso, recién salido de la serie de Steven Bochco Policías de Nueva York e incrustado en la revisión del noir (aquí y El sabor de la muerte, remake de El beso de la muerte de Hathaway realizada por Barbet Schroeder) es un héroe típico de Friedkin, embarcado en una misión obsesiva que le lleva al cuestionamiento personal. La lealtad hacia su misión es paroxística, pero esta amenaza con destruir al personaje en el proceso. Termina dividido. Aquí, David Corelli (Caruso) descubre en el mismo escenario del crimen la identidad del asesino debido a un gemelo con forma de ancla. De nuevo la imagen lo adelanta. El montaje se vuelve agresivo y las angulaciones de la cámara, el plano aberrante, introduce una inestabilidad, una advertencia. Es ese mismo héroe obsesivo el que revela a Lang en Friedkin. Un hombre atrapado por fuerzas conspiratorias externas, por un Sistema maligno que antes no había percibido pese a estar dentro del mismo. La máscara de la realidad cayendo.  La interpretación paranoica de esa realidad. El círculo íntimo de David se desintegra, parte de esa conspiración, de esas fuerzas malignas, y revela su oscuridad; al tiempo que refleja la de David.

Friedkin nunca estuvo más cerca de Fritz Lang que en Jade; tampoco más lejos. Es una película donde se lee “problemas” en cada escena. Se notan las capas de reescrituras, de remontajes. Se notan, también, las personalidades contrapuestas que tiran de ella hacia lados distintos. William Friedkin está realizando una aclimatación del noir de los 40/50 a un contexto diferente, sustituyendo a Joan Bennett, a Raymond Burr (o Dan Duryea si el personaje hubiese ido a parar al previsto Kenneth Brannagh) o a Dana Andrews por Linda Fiorentino, Chazz Palminteri y David Caruso. Los actores son otros, muy otros, pero los arquetipos permanecen. Es más escabroso, más gráfico pero en lo profundo se mantiene esencialmente noir. Del otro lado tira Joe Eszterhas, el guionista de moda de la primera mitad de los 90. Eszterhas prefiere el pulp, le gusta la solución barata, la llamativa, la vulgar. Friedkin sublima a través del noir las tendencias grotescas de Eszterhas al guión de modo opuesto a como Paul Verhoeven  las exacerbaba en Instinto básico primero y en Showgirls después. Esta última y la propia Jade precipitaron la caída en desgracia del escritor. Ambas en 1995, como si el cine hollywoodiense hubiese llegado de algún modo al límite de la vulgaridad.

Jade participa de algunos elementos de A la caza, pero pese a la publicidad de la época y algunas imágenes perversas fugaces, su voltaje y su tortuosidad son mucho menores. La neurosis sexual aparece en diferentes aspectos en el terceto protagonista, tratado con la inconsistencia típica de Eszterhas que hace que los personajes se comporten sin coherencia alguna de un momento al otro, dejando a la vista los costurones de las reescrituras del propio Friedkin. DE modo agresivo Friedkin emplea su habitual intersección de imágenes subliminales para minar la película y al protagonista, sugiriendo (una pista falsa) abismos sexuales y violentos en él. No es más que un truco.   Apenas se profundiza más en la de Linda Fiorentino: psiquiatra y esposa de clase alta, prostituta de lujo especializada en sexo duro; frustrada, libre, culpable por ello, culpable sin serlo en otro aspecto típicamente eszterhasiano. Trina es una curiosa falsa femme fatale, más fatale por el carácter de la actriz y el recuerdo de su fulgurante estrellato en La última seducción, otra rescritura noir de mediados de los 90 por parte del especialista John Dahl, que por cómo está escrita.

Es de nuevo la puesta en escena de Friedkin la que la acerca a su arquetipo noir y la que explora siquiera mínimamente la ambigüedad del personaje. Friedkin la recorta entre sombras, algunas arrojadas literalmente por su marido Gavin (Palminteri). Es en estos esfuerzos por crear atmósfera por llevar ese texto de fórmula hacia la ensoñación del género negro, donde se encuentra lo más interesante de Jade, pobre en la mecánica del misterio, endeble en el dibujo de personajes y burdo en la identificación sexo/poder.

El clímax, decía, ejerce como espejo del inicio. El movimiento y los espacios son similares, la violencia, la urgencia de la acción está introducida en un cambio formal. Como en A la caza, de nuevo, el estilo remite al giallo y a horror pero el resultado es confuso en algunos momentos como sí, otra vez, hubiese sido editado sucesivas veces.

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