Friedkin 2006: Bug

La paranoia manifestándose en el cuerpo. Las llagas del derrumbe mental. Bug es un regreso para Friedkin. Un regreso paroxístico y minimalista por igual. Como le sucedió con The Birthday Party, un texto teatral le enganchó. Harol Pinter en los 60, Tracy Letts a finales de los 90. Un drama de amenaza a puerta cerrada, absurdo y grotesco. Un regreso al horror también, pero desde las intersecciones de los géneros, que es desde donde Friedkin parece operar mejor. Una abolición sistemática de la realidad.

Bug llega al final de la línea del discurso de Friedkin y allí se encuentra con una de sus obras capitales, esperando: la ruptura con la realidad proviene del interior del propio cuerpo. Dentro, anida la gran conspiración, el gran mal. Como en El exorcista, se trata de casar algo de dentro del propio cuerpo. Algo que destruye, modifica, altera. Las heridas y llagas de Peter (Michael Shannon), su boca sangrante, sus convulsiones… riman con las de Regan. Bichos inoculados por una agencia del gobierno o el demonio Pazuzu (otra rima: portador de plagas), da lo mismo: todo es preferir la alambicada fantasía en lugar de la estricta, cruda, realidad. Creer en un orden paranoico-conspirativo perfecto, superior, incontrolable,  libera de toda responsabilidad personal respecto al mal o al fracaso: “No soy yo, son ellos”. Es la alter-realidad, la realidad del “ellos”.

Hasta la imagen se asemeja progresivamente. Cada vez más alucinada, aberrante y desnuda. En El exorcista al final todo se deduce a una habitación gélida y una cama. En Bug a una estancia recubierta de papel de aluminio. La luz se vuelve de un azul antinatural, al igual que sucedía en El exorcista, cuando las apariciones del demonio proyectaban una luz imposible. En ambas la liberación final proviene de la autodestrucción, es una eliminación literal de los demonios/bichos interiores.

Hasta la cámara termina por asumir esa realidad paranoica y en el proceso inocula la incertidumbre al propio espectador. En The Birthday Party ya estaba esta técnica. Ya estaba Bug y ya estaba El exorcista. Como en ella, en Bug la imagen va mutando. Al principio tiene algo de televisivo. La luz parece más plana, la textura de la imagen es corriente. El aviso está en el amenazador plano de apertura, una toma aérea que se repetirá más adelante y que no sirve tanto para dar contexto, un lugar, como para introducir una presencia perturbadora, un fuera de campo inefable. El rostro de Michael Shannon, ese rostro singular donde Friedkin se proyecta introduce la siguiente variación: difuminado al fondo/sombreado a medias/encuadrado de perfil. Es un estilema del noir que Friedkin ha usado ya antes en su propio cine y que sirve tanto para sugerir la dualidad del personaje como para estilizar su estética naturalista.

La fractura más violente sucederá ya avanzado el metraje. Una violenta vibración, una ataque desde el exterior precedido por la primera conversación sobre los bichos que ha seguido, a su vez, a la intimidad sexual de los protagonistas. De nuevo Friedkin, su imagen, lo ha advertido mediante el uso de contrapicados y agresivos insertos casi subliminales. Como en Carretera perdida, al regresar ya estamos en la otra realidad, miramos desde el otro lado del espejo, participamos de la interpretación paranoica. De aquí, en espiral descendente, hasta el final.

La América del la White Trash, de los moteles y los parkings de caravanas que será también paisaje de Killer Joe, se disuelve en Bug en el espacio único de esta cabeza/habitación. “-Puede que nos estén atacando los extraterrestres y no nos enteraríamos”, se queja Harry Connick Jr., el violento marido de Agnes (Ashley Judd) mientras se lamenta por no tener televisión. “Puede”, replica Peter.  Puede. Han roto con el mundo de afuera y en el que viven ahora bien podrían llegar los extraterrestres. O llevar aquí mucho tiempo.  Desde aquí apenas salimos ya del apartamento. Se prescinde del plano aéreo y del exterior. Ya no vemos de fuera a adentro, sino al revés: miramos el mundo desde la guarida atestada de bichos y lo que entra hay que exterminarlo.

 

 

 

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