(017) Mayo / 14

Hallam Foe, David Mackenzie, 2007, Escocia

Melodrama sobre un joven morbosamente obsesionado con su madre suicida que durante una fuga a Edimburgo descubre a una doble de esta. Incoherente en forma y tono, pasa del misterio paranoico y el minimalismo a una suerte de relectura de Vértigo en clave de fábula edípica, donde la peripecia del protagonista (mirón, acosador, homicida…) es rodada con la luz, las canciones y el montaje de una comedia romántica. De un simbolismo ramplón, parece una imitación obtusa de Neil Jordan y es por momentos (y con otra intención) repulsiva pese a intentar justificarse en la excentricidad.

The Immigrant, James Gray, 2013, EEUU

Melodrama del rosa del arroyo acometido por James Gray sin sustanciales cambios e incluso atemperando con su estilo grave y sobrio cualquier exceso folletinesco. La historia, por tanto, es la del sufrimiento/degradación de una joven inocente enfrentada a la sórdida realidad y, a su vez, la de la redención de un indeseable al contacto con su gracia. Todo ello bajo la luz religiosa de Gordon Willis, reproducida miméticamente, y un gusto admirable por la composición, expresiva, respetuosa, del plano.

Shoot the Sun Down, David Leeds, 1978, EEUU

Western amateur que mezcla de todos lados (de Monte Hellman a El topo pasando por el spaghetti western) mientras un grupo de personajes pintorescos busca un tesoro con desgana. Por accidente aparece alguna composición de cierta gracia, pero en conjunto no solo desconoce los rudimentos del género, si no del medio mismo. Incompetente e incongruente, el montaje es una pesadilla, no se tolera ni por la excéntrica, ensimismada, presencia de Walken.

Los hermanos McMullen (The Brothers McMullen), Edward Burns, 1995, EEUU

Mediados de los 90. Esplendor del indie americano. Idiosincrática y universal por igual cuentan las dudas sentimentales, familiares y ético-religiosas de tres hermanos de ascendencia irlandesa cuestionando la idea de masculinidad en la cual crecieron (lo idiosincrático y lo universal) y coqueteando con las afueras de la comedia romántica. Inmadura en algunos aspectos técnicos y desigual en las interpretaciones, compensa con honestidad, sentido de la observación, compasión y una intuición natural para colocar la cámara en el lugar más sencillo. Burns dijo todo cuanto tenía que decir a la primera.

The Guns of Fort Petticoat, George Marshall, 1957, EEUU

Audie Murphy es un teniente rebelde de la caballería que no solo se niega a participar en una acción de castigo, sino que huye de su detención para advertir a los habitantes de las granjas cercanas, todas mujeres porque los hombres están combatiendo para el Sur. Rocambolesco argumento, sencilla resolución que regresa a Caravana de mujeres, incluida la genial Hope Emerson, pero sustituyendo  el viaje por un cerco debido a la modestia de presupuesto. Curioso, como buena parte de los westerns para Murphy, limpio y algo blando, como los de Marshall aunque con algunos aspectos/personajes algo complicados, caso de la fanática religiosa, y mayor violencia.

Las consecuencias del amor (Le conseguenze dell’amore), Paolo Sorrentino, 2004, Italia

Apropiación lánguida no ya del imaginario, sino del sentimiento del policial que en ocasiones parece pensarse Melville, en especial el de Bob el jugador pero desde una perspectiva que iguala ironía, romanticismo distante y absurdo. En ella, un exiliado de la realidad, un prisionero fantasmagórico, se mueve en los espacios asépticos y comunes de un país aséptico y común, observando imperturbable su lento declinar, el valor de una muerte rocambolesca. Fascinado ya por el fraseo, la pausa y la gestualidad minimalista de Servillo, Sorrentino está más controlado por el formato de producción lo cual limita su incoherencia formal y su tendencia al capricho.

Bang the Drum Slowly, John Hancock, 1973, EEUU

Tragicomedia mortecina, triste como tragedia, más triste como comedia, sobre la amistad entre dos jugadores de béisbol: un pícaro triunfador y un pueblerino con pocas luces que se está muriendo. Rodada con el estilo feista y semi-improvisado típico de los 70, sin personalidad alguna, depende de la calidad de sus actores, Michael Moriarty y un inverosímil Robert De Niro como muchacho sureño. Mala pero representativa, indefinida en tono a veces acierta con algún acento melancólico bien puesto.

37 horas desesperadas (Desperate Hours), Michael Cimino, 1990, EEUU

Por igual remake de un película previa de William Wyler y exhumación del thriller B de los 50 conectada a la veta paranoico-hogareña de principios de los 90. La dirección grandiosa de Cimino se pelea contra el material en virtud de un paroxismo de la imagen y una energía demente puntuada por los cortes sobre una cámara siempre en movimiento y el uso de todo el ancho de la pantalla, pese a ser un obra esencialmente de interiores. En esa tensión hay algo, pero los últimos 45 minutos son de una estupidez tan espectacular que resulta casi imposible entender cómo volvió a dirigir en Hollywood, con momentos cumbre como la incongruente muerte lírica en mitad de un paisaje monumental de David Morse o el largo clímax, por completo ininteligible. Dolorosa en conjunto, con una trama insostenible, un montaje atroz, unas interpretaciones lamentables, con Rourke en su habitual imitación amanerada de Brando y Hopkins respondiendo con la suya de Michael Caine, y un Cimino sacando por momentos lo peor de sí mismo, en especial su misoginia.

L’Uomo in più, Paolo Sorrentino, Italia, 2001

Vidas paralelas de dos hombres que se llama igual, Antonio Pisapia, y que se han caído al tiempo desde lo alto de su éxito: un baladista cocainómano y faldero y un futbolista con la rodilla rota que solo quiere ser entrenador. Biografía travestidas, la de Franco Califano, la del capitán de la Roma Agostino Di Bartolomei, Sorrentino trabaja así sobre la mitología italiana, acentuando por igual el patetismo y lo espectacular, la melancolía y lo grotesco. Inmadura por primera, marcada por la digestión de Scorsese (de quien fusila figuras), los ecos fellinianos y por la luz/planicie televisiva del cine italiano de principio de siglo. Contiene ya su cine en potencia y con Servillo, estableciendo tanto su discurso formal como su sentido absurdo, azaroso y nostálgico de la vida como farsa.

Il boom, Vittorio De Sica, 1963, Italia

Comedia inesperadamente brutal de De Sica donde a través de la peripecia de un trepa que literalmente debe empeñar un ojo cuestiona el estatuto moral de la Italia del milagro económico. Sin mayor historia, consiste en una sucesión de viñetas donde convergen lo patético, lo grotesco y lo despiadado en torno a la figura genial de Alberto Sordi. Su insistencia en todo ello puede saturar.

Personal Shopper, Olivier Assayas, 2016, Francia

Algo así como una puesta al día del discurso de Val Lewton, donde una sensible joven descubre/se descubre al penetrar la zona de sombra. Cuento de fantasmas, thriller urbano, observación mundana…película de miedo de autor, es decir, avergonzada de sí misma, que por tanto desvaría, interrumpe, deshilacha el relato. Presencia constante, metafórica (discursiva, subtextual en tu cara) de dispositivos sociales, de comunicación fantasmal, no presencial. Pendiente de la singular personalidad/estilo de su protagonista, a quien Assayas desnuda a conveniencia, carece de atmósfera o de sentido de creación de la misma (tal vez adrede pero su sustitutivo, la vulgaridad de lo real y el contacto con lo fantástico, no equivale), necesita explicarse cada dos por tres (primero porque su argumento es enrevesadísimo, segundo porque su director es visualmente inexpresivo)   con el recurso de la cámara que sigue y el susto igual susto que el susto de cualquier película de sustos.

Sola contra la violencia (La moglie piú bella), Damiano Damiani, 1970, Italia

Regreso de Damiani al que será tema capital de su obra, el parasistema mafioso, centrado esta vez en la ordalía de una quinceañera secuestrada y violada por un matón local que la corteja. Sucia y sórdida, expone con total honestidad y similar crudeza un modo de vida basado en el abuso, el atraso, el machismo, el miedo y la violencia estructural. Estremecedora Ornella Muti, aquí debutante con los mismos quince años de su personaje, estilo cortante, de enorme precisión en el montaje y el encuadre y discurso amargo, terrible con el fondo del negocio de la reconstrucción.

L’amico di famiglia, Paolo Sorrentino, 2006, Italia

Eclosión de Sorrentino, todavía en formato controlable, lejos de la seducción y la nostalgia de la Italia del bunga-bunga que relata. La historia, sin importancia, retrata a un usurero de barrio, mezquino y avariento, interpretado de modo genial por Giacomo Rizzo como si fuese un Totó aberrante. Todo ya está aquí: en el movimiento ondulante, el corte sobre el movimiento, el diálogo antinaturalista, la lectura onírico/irónica de la realidad en imágenes por igual fantasiosas y sórdidas que contraponen/homologan la fealdad más grotesca y la belleza más absoluta en composiciones tan obvias como espectaculares. Personal y manierista por igual, convoca a Fellini, Pasolini, Ferreri y la comedia napolitana popular en una fantasmagoría romana que busca la ternura en el monstruo, el gesto patético, la vida como farsa.

The Walking Hills, John Sturges, 1949, EEUU

Aventuras, noir y western sintetizados en la (ausencia de) retórica de la Serie B. Abstracta por obligación, economiza en planos cortes de montaje y movimientos de cámara tensando el plano hasta que este no da más de sí. Perjudicada por unos flashbacks que dispersan el relato, este avanza a toda velocidad desde una partida de cartas donde se reúnen un grupo de (no tan) extraños hasta la búsqueda de un fantomático tesoro en el desierto. En este espacio, por igual sin límites y claustrofóbico, se yuxtaponen las amenazas: dentro del individuo (la propia codicia), dentro del grupo (la certeza de que hay entre ellos un policía y un asesino), externa al grupo (la violenta tormenta de arena). Aprovechada al máximo, con un reparto formidable en insólita banda sonora blues de Josh White.

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