Pastoral americana: El hombre de Kentucky

Suenan vientos. Vientos que son como una invitación. Vientos que son la idea de América. “Vamos a Texas, vamos hacia la verdad”, dice al final de la película Eli Wakefield. La música del prólogo establece esa verdad. Está en el ir más allá, en el viaje, en el espíritu de la frontera y el espacio abierto. La historia es la de un trampero viudo y su hijo que buscan  su lugar en una América que todavía era nueva. La música sintetiza la idea y su sentimiento. Texas es la idea quimérica de la última frontera, el último lugar para los auténticos americanos y El hombre de Kentucky un idiosincrático relato libertario que opone a las dos Américas: la de los hombres libres y la de los hombres corruptos, la de lo que viven en ella y la de los que viven de ella.

Uno no se extrañaría de ver a Eli Wakefield cogen su petate y sus perro y marcharse a las montañas como Jeremiah Johnson, dándole la espalda a una civilización que ni le representa ni comprende. En esa tensión radica la trama, en el intento de civilizar a el americano puro. John McIntire, que interpreta al hermano de Eli, está integrado y pretende asentar a Eli a su lado; ponerlo a trabajar en su fábrica de trabajo, escolarizar a su hijo. La maestra de escuela (Diana Lynn) representa la misma estabilidad. El pequeño Eli, en cambio, quien nunca duda de su modo de vida, prefiere a Hannah (Dianne Foster), la chica cuya libertad él y su padre compraron empeñando en ello todos los ahorros para su viaje a Texas. La libertad individual significa más que el dinero, más que todo; es todo. En Hannah, como en Texas, está la verdad.

 

Hay un momento particularmente expresivo: encerrados bajo techo (la tabacalera, la escuela), los dos Eli miran por la ventana, hacia el espacio abierto desde el cerrado, desde donde están a donde quieren estar. Entonces suena la sirena del barco de vapor que se dirige a Texas y los dos salen disparados. El río como gran camino. El hombre de Kentucky se basa en una novela de A.B. Guthrie Jr. titulada “Gabriel’s Horn”. Guthrie, además de guionista de Raíces profundas es autor de otra novela monumental sobre América como espacio abierto y lugar para los aventureros que lo abracen, “Bajo cielos inmensos”, que Howard Hawks adaptó en la hermosa Río de sangre. La novela es más áspera, más descarnada y menos romántica que su contrapartida, paro ambas comparte un similar entusiasmo. El hombre de Kentucky sufre de la interrupción del viaje tal y como sufren sus protagonistas. Queda indefinida, con su conflicto central demostrado en exceso, expresando con clara sencillez, pero también de modo machacón la dualidad/tensión americana entre los salvaje y lo civilizado. Tal vez lo más interesante sea la personalidad de Eli, el hombre-moral absoluto. Tan recto y directo, tan ingenuo y carente de doblez que sus estándares resultan inalcanzables y lo hacen intransigente y temperamental. Que Lancaster lo encarne dulcifica esto en algún modo, pero en ciertos momentos llega a resultar desagradable y obliga a forzar la injusticia y la mezquindad del mundo civilizado que le rodea y pretende asimilarlo.

 

Lancaster, que produce, dirige e interpreta es lo bastante inteligente como para permitir que, en su inexperiencia (solo se había probado encargándose de completar el rodaje de otra obra de exaltación personal y protagonista ambiguo: Su majestad de los mares del Sur), sean otros los que establezcan el tono de El hombre de Kentucky. Así, la música sinfónica, por igual exaltada y melancólica de Bernard Herrmann, llena de promesas, peligros y naturaleza y la fotografía táctil en verdes y tierras de  Ernest Laszlo establecen y definen la película.

Con Laszlo, habitual en los años 50 de Robert Aldrich, había trabajado Lancaster en Apache y en Veracruz, amabas producidas por la compañía del actor,  Hecht-Lancaster Productions. No es difícil imaginar que en El hombre de Kentucky su colaboración fue más estrecha incluso de lo habitual entre director y fotógrafo o que verse respaldado por la experiencia de Laszlo ayudó a Lancaster durante el rodaje y facilitó la enérgica, limpia y expresiva puesta en escena de la misma.

Esta gira sobre la noción de la masculinidad que Lancaster transmitía en el periodo: franca y sonriente, fiable y audaz. Hay algo de ejercicio narcisista, como cuando en un plano fijo, de hermosa composición, el actor atraviese un río corriendo para derribar a sus enemigos en el tiempo en que estos recargan sus rifles de un solo tiro. También en la angustiosa pelea contra Walter Matthau (quien comenzó aquí su especialización en villano durante los 50) donde este usa un látigo contra las manos desnudas de Lancaster mientras la cámara mantiene siempre a ambos en plano, eludiendo los dobles y trucos de montaje.

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Una pequeña puntualización: John McIntire, no John Ireland.

    1. Coño, cierto. Confundo sus nombres…

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