Leyenda de otro indomable: Rompehuesos

Explica Jaime Iglesias Gamboa en su monografía para Cátedra sobre Robert Aldrich algo así como que cualquier cosa puede ser explicada a los norteamericanos en términos de enfrentamiento deportivo. Que la realidad puede ser filtrada por esa lógica del enfrentamiento y la competición. En Rompehuesos Aldrich usa un partido de fútbol americano para tratar un tema nacional tan profundamente insertado en su narrativa como el de la recuperación de la dignidad.

Lo hace, además, hablando de todo eso de las segundas oportunidades y el desprecio a la autoridad. Nada enerva más a un americano que le digan lo que tiene que hacer. Estaba escrito en una de sus banderas cuando ganaron la Independencia “Don’t tread on me”. Los héroes, o anti-héroes del Aldrich de los 70 parecen regirse por esa idea. “Suficiente en suficiente”. Son individualistas cansados, pero llegan a un punto donde deben exponerse y tomar una decisión. Viven una realidad a la que ya no pertenecen,  han visto tiempos mejores y su ajuste a los nuevos suele ser brutal.

La manera en la cual Paul Crewe convence a los presos para sumarse al equipo que el alcaide le obliga a formar no descansa en discursos o en pactos morales. Esa dignidad no se formula así, sino en una versión franca y áspera: si lo hacen podrán pegar a los guardianes libremente, podrán devolver su castigo multiplicado. En un contexto donde el abuso, la violencia y la demostración de poder son la forma de conducta y el modo de relacionarse entre ambas facciones de tal sociedad este acto es por completo subversivo; tanto que uno piensa en Rompehuesos como una versión cazurra, cejijunta y mellada de Alguien voló sobre el nido del cuco, donde una realidad asfixiante es sacudida por la llegada de un agente externo incontrolable.

Aldrich no subraya que esos tipos hayan perdido su dignidad, ese es el trayecto de Crewe. “Podrías ser un ladrón, un asesino o un violador y a nosotros nos daría igual. Pero lo tuviste todo y lo tiraste”. Por eso lo desprecian, por eso debe ganarse su respeto lo primero, su derecho a estar entre ellos y por eso Aldrich nunca es condescendiente con los prisioneros. Es franco y su cámara también: de frente, sin elogio, sin juzgar.

El Aldrich de los 70 es un cineasta feroz que ha dejado de preocuparse por todo menos por la verdad. Su cine muta hacia lo concreto a través de la fealdad, a veces lo desmañado y despreocupado. En Rompehuesos, por ello, sorprende para mal la inclusión puntual d de la pantalla partida al principio del partido que enfrenta a presos y guardianes. Es un recurso extemporáneo, tal vez por ello desechado pronto, en beneficio de la continuidad previa del metraje: teleobjetivo puntual, cortes secos de montaje, planos generales o medios y alguna composición de irónica brutalidad como esa del equipo perdedor, los guardianes, mirando perplejos mientras ostensiblemente una bandera americana ondea en el cielo azul a sus espaldas.

Rompehuesos es una película cruda como lo es gran parte del cine de Aldrich en los 70, donde exacerba su característica ausencia de sutileza. Aldrich es un cineasta de puñetazos, y el contexto del cine americano de la década le permite no contenerse. Es zafio, es burdo y es grosero. Mira su país y a sus compatriotas de frente y unos son el espejo del otro. De nuevo tiene la malicia de usar a Eddie Albert como villano, explotando su rostro afable para crear otro personaje patético, otra figura ridícula de poder que piensa que lo tiene todo bajo control y no es más que un sádico, un cobarde y un incompetente. Aldrich incluso redime a los guardianes, quienes a su modo respetan la honestidad violenta del partido y aceptan su derrota cuerpo a cuerpo.

De modo similar se sirve de la estrella ascendente de Burt Reynolds, de su imagen macho en construcción tras Shamus (Buzz Kulik, 1973) o en especial por Los traficantes (White Lightning, Joseph Sargent, 1973) de donde retoma el escenario sureño y pantanoso, y dedicarse a contradecirla –es presentado con su look de marca ejerciendo como puto de una millonaria- y al tiempo ennoblecerla –tras tantear de nuevo el fracaso moral se alza sobre sus propias miserias- al punto de lograr con la película un gran éxito personal y los cimientos de su carrera hillbilly en Los caraduras (Smokey and the Bandit, Hal Needham, 1977). En cierto modo, Aldrich logra aquí aquello que decía F. Scott Fitzgerald sobre la capacidad de mantener dos ideas contradictorias en la cabeza al mismo tiempo.

 

 

 

 

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Y a mí que esta película se me antojaba una versión carcelaria de _El castañazo_, aunque menos loca…

    1. Hombre, será al revés, en todo caso. Que El castañazo ya es del 77.

      1. John Space dice:

        Prefiguración, pues. Y, supongo, una de las películas más potables de Reynolds, junto con Boogie Nights y Navajo Joe.

  2. Ni que Reynolds no hubiese salido en Deliverance, Destino fatal, La última locura, 100 rifles…

    1. John Space dice:

      ¿Lo ve? Es lo de siempre, el tipo hizo tanta chorrada cinematrográfica que al final la gente se olvida de sus éxitos pasados. Como la Marvel, vamos.

  3. Bueno, la Marvel lleva haciendo chorradas desde el minuto uno.

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