Sueño americano: Chicas con gancho

 

Carreteras secundarias, nudos de asfalto, puentes de hierro, fábricas, paredes de ladrillo rojizo, postes de teléfono, ciudades anónimas, hamburgueserías y moteles. Los espacios de una América sin glamour. Una América de segunda división, una para los que son como las California Dolls y su manager, Harry Sears. Un espacio por el cual Aldrich se había acostumbrado a viajar, en especial a los largo de los 70 por lo cual el hecho de que su carrera terminé allí no deja de ser coherente. Lúcido, Aldrich desmenuzó el país a lo largo de la década con una política personal de tierra quemada que le costó destrozos como los remontajes de la sulfúrica Alerta:Misiles, tal vez su última obra maestra. No se domesticó, tampoco se refinó. Siguió hablado de la vulgaridad de América entre la brutalidad soez de La patrulla de los inmorales y el vitriolo entristecido de Chicas con gancho, donde en cierto modo celebra, o al menos reconoce, esa vulgaridad y el oropel que conlleva como partes sustanciales de América.

Un año antes, Clint Eastwood había estrenado Bronco Billy, otro reflejo agridulce de la cultura folk USA que está llena de aspectos en común respeto de Chicas con gancho. Ambos son relatos picarescos e itinerantes, relatos de las carreteras secundarias y la trastienda; y ambos hablan de los espacios para la fantasía que todavía quedan en esa trastienda. De lo necesarios que son. Hablan de la inocencia y la suspensión de la incredulidad (un circo del oeste, wrestling femenino…), coincidiendo con la presidencia de Jimmy Carter y su empeño en sanar a un país del cinismo post-Watergate y de las heridas post-Vietnam reclamando lo indeleble, la pureza del imaginario norteamericano. Es el país de El jinete eléctrico o de Rocky, que precede/anuncia la presidencia curativa de Carter, tanto como el de El cazador. América haciendo las paces con ella misma y volviendo a reconocerse como un lugar para los sueños: ser un cowboy, liberar un caballo, ganar el campeonato, aguantar los asaltos… Recorrer la distancia un paso cada día.

Pero Aldrich es mucho más malicioso que Pollack, Avildsen o incluso que Eastwood quien en Bronco Billy sublima el patetismo. Cuando lleva a sus personajes al barro lo hace literalmente. Sus dos heroínas, quienes como en los westerns solo buscan recuperar la dignidad, tienen que rebajarse por primera vez en la película para lograr el objetivo final cuando aceptan pelear en una feria local en una piscina de barro. Lo hacen bajo una carpa con los colores de la bandera. Una carpa como la que Bronco Billy y su troupe de desclasados, de soñadores, levantaba de pueblo en pueblo. Unos colores como los que cubren el estadio donde Rocky, que solo quiere recuperar su dignidad,  y Apollo Creed combaten. Esa es la diferencia esencial: la ambivalencia de Aldrich, su ferocidad intrínseca.

Por eso sorprende que permita que sus luchadoras venzan al final. Es como una concesión al sueño en un país que, entonces, negociaba con la aceptación de la derrota. Como el propio Rocky, que pierde el combate pero gana al vivir bajo sus propios términos. De eso se trata al final, de reconocer como esencialmente norteamericano el individualismo y la libertad de elección. Bronco Billy, el vendedor de zapatos que se soñó vaquero de serial, Rocky, el boxeador sonado de un barrio anónimo y Iris y Molly, las luchadoras de California, quieren vivir en sus propios términos. Ganar o perder es entonces secundario.

Cuando Harry Sears las obliga a lucha en el barro, Iris se enfurece: “-Se rieron de mi. Puedo soportar cualquier cosa menos que se rían de mi”, dice con un labio partido y lágrimas en los ojos. Todo, menos perder la dignidad. Todo menos ver el sueño manchado, ridiculizado. Aldrich rueda la escena de cerca, mirando directamente a los personajes, sin ningún filtro idealizador. Tal y como mira ese paisaje americano. Reconociéndose. Más adelante volverá a llorar, humillada, tras acostarse con un grasiento promotor de peleas que puede colocarlas en el gran show de la temporada en Nevada.  El personaje lo interpreta Burt Young, el cuñado grasiento de Rocky y actor especializado en la tipología. Es el punto de sordidez más bajo de la película, pero en cierto modo la humillación de la pelea en el barro es mayor en cuanto pública y no producto de una decisión personal. El lado oscuro del sueño, el pago por alcanzarlo y vivirlo, en todo caso. La sonrisa torcida de Robert Aldrich.

 

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