Diluvia… : Lloviendo piedras (Loach 93)

 

En los 90, con Riff Raff y Lloviendo piedras, Ken Loach parece regresar al punto de su cine en el cual lo dejó con Barry Hines tras Looks and Smiles. Para él resultó complicado trabajar en Inglaterra durante los años centrales del thatcherismo. Era una voz incómoda, de las que amenazaban con ralentizar el proceso de conversión de la clase obrera y sus medios de sustento y producción en solares. Si en aquellas piezas junto a Hines observaba y testimoniaba la decadencia del laborismo y la llegada e implantación práctica del laborismo, ahora, los 90, venía a mostrar los resultados de su aplicación y el inapelable, descorazonador, éxito del modelo. La destrucción material y moral de todo un estrato de la sociedad. No hay una imagen más desoladora en toda la filmografía de Loach, un resumen más emotivo y sincero, que la imagen de Ricky Tomlinson, siempre bufonesco, rompiendo a sollozar silenciosamente, en soledad, tras haber aceptado un puñado de libras de su hija.

Riff Raff y Lloviendo piedras intentaban comprobar que había sido del orgullo de pertenencia y qué había quedado del sentido de comunidad o las redes de solidaridad entre hombres, mujeres y familias rotas, sometidas, humilladas. En la simbólica búsqueda de un traje de comunión para su hija que es la excusa argumental de Lloviendo piedras subyace algo de la ética del western, de su sentido más básico: la recuperación de la dignidad. Bob (Bruce Jones), es un ex-todo que no se resigna a ser un cuerpo vacío, un trabajador que quiere seguir trabajando. Su peripecia empieza en la picaresca, sigue en el patetismo, bordea la tragedia y acaba en la fábula.

Lloviendo piedras tiene un poco de todo ello, pero sobre todo de lo último. Es una fábula de clase obrera, de discurso ambivalente e incluso irónicamente sadiano: cuando Bob intente hacerlo bien le sale todo mal, cuando comienza a hacerlo mal…las cosas se enderezan. La misma ambivalencia sigue para el discurso religioso de la película: el empeño en la comunión es del propio Bob, católico ferviente y no de su hija y su relación con el cura del barrio tiene al final más que ver con la de un amigo fiel que con la de algún tipo de figura de autoridad. Pero, a la vez, es la actitud de este durante la confesión final de Bob la que le otorga un cierto sentido de absolución y libera, de nuevo la ironía, la película de su aspecto trágico.

La película comienza en la comedia, con cierto tono alegre, esa picaresca, que se va diluyendo  según las acciones de Bob complican su vida y la de su familia. Estas derivan un tanto intempestivamente, cierta información se nos insinúa pero mantiene en off narrativo, hacia la angustia y la violencia en una secuencia de crispación que recuerda tanto al propio Loach de los 60/70 como al inminente, tremendista, de Ladybird Ladybird. La comedia, también presente en Riff Raff sirve como articulación del drama, paro no todavía como anestesiante del mismo, como inductor emocional. Falta poco para ello en el cine de clase obrera británico, ya que en 1997 Peter Cataneo estrenará el taquillazo imprevisto Full Monty (otro relato de recuperación de la dignidad) y  esta capa del cine británico se reformulará a su imagen y semejanza.

Ken Loach regresa, decía en esta película y lo hace en compañía de otro guionista y dramaturgo indispensable en su trayectoria, Joe Allen, nombre clave de la cultura socialista británica. Lo había conocido en los tiempos de The Wednesday Play, cuando había adaptado juntos The Big Flame en el 69, aunque su trabajo más ambicioso juntos fue la serie Days of Hope, sobre el surgimiento del sindicalismo y el izquierdismo radical entre el obrerismo británico en el periodo de entreguerras, culminado en la gran huelga de 1926, un derrota para el movimiento. Producida en 1975 parecía anunciar la propia traición del laborismo y el aciago invierno del descontento de 1978. Tras intentar reunirse en 1987 para una polémica producción teatral de temática sionista, Perditio, Allen y Loach lograrían formalizar un nuevo proyecto para el cine con Agenda Oculta, thriller político sobre la guerra sucia en Irlanda del Norte y se despedirían con Tierra y libertad, uno de los mayores éxitos de Loach, con Allen inspirándose en la peripecia de George Orwell en la Guerra Civil española.

Lloviendo piedras es, en cierto modo, la más singular de sus colaboraciones. No es abiertamente discursiva, programática o histórica, sino mínima e inmediata, compasiva y tierna. Con ella y Riff Raff Loach vuelve a un modo básico de hacer, mira al neorrealismo italiano en busca del desnudo y el anti-artificio. Lloviendo piedras tiene algo de Ladrón de bicicletas, pero también un humor, entre sentimental y amargo que puede remitir a la comedia post-neorrealista, a la de Dino Risi o Mario Monicelli, también la que Azcona escribió en España o Italia pasada por el filtro de la escuela documental y televisiva británica. Loach se acerca a sus personajes, o se ha acercado, ya no parecen tanto objetos de estudio como sucedía en Poor Cow o Family Life como sus vecinos o su familia. Parezca que ya no solo hable de ellos, sino con ellos.

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