Nuevo Laborismo: La cuadrilla / Buscando a Eric (Loach 2001-09)

 

La cuadrilla fue la primera declaración de Ken Loach de los 2000. Su relación con el guionista Paul Laverty, quien marca su carrera invariablemente desde La canción de Carla en el 96, ya se ha asentado y definido en su irregularidad y buenas intenciones. Han entregado una de sus perores películas de la época, Pan y rosas, y también una de la mejores, Mi nombre es Joe.

La cuadrilla carece del punto de vista enfocado y único de esta, de su carismático protagonista-actor y, también, de su determinación y sencillez. Es, como sucede a menudo con Laverty, una pieza de tesis, didáctica y expositiva, donde el drama se somete al discurso; lo contrario de lo que sucedía en Mi nombre es Joe. Sigue siendo, y esto recuerda a sus trabajos de los primeros 90, una obra compasiva y cercana respecto a la clase obrera y el estilo formal parece continuista, con la cámara cerca de los personajes, entre ellos. Pero de algún modo la despersonalización del protagonismo, su carácter coral y poco desarrollado más allá de algunas viñetas domésticas y la escenificación de momentos de conflicto laboral, de discusiones prácticas, remiten a cosas como Price of Coal pero sin el sentido testimonial, inmediato de las mismas.

No hay deshonestidad en anda de ello, sino un exceso de discurso. Loach y Laverty toman un ejemplo del capitalismo Siglo XXI, esta fase de desarrollo voraz que hoy ha penetrado hasta la vida privada, en los trabajadores del sistema de ferrocarriles británico y lo explora de modo ejemplarizante. A través de ello estudia el cambio que ese capitalismo induce en los restos de una clase social, la trabajadora, definitivamente atomizada. El Sistema es incansable y labor de disolución es metódica y diaria para no dar lugar al regreso a un estado anterior. La inseguridad y la inestabilidad se inducen mediante la transformación del mercado laboral en un ente líquido, inaprensible, que deriva en incertidumbre (personal, laboral, psicológica, económica…) y alienación.

La cuadrilla del título, trabajadores estatales, pasa a depender de manos privadas y de ahí a subcontratas y trabajos temporales mientras esas mismas empresas les venden ideas de excelencia, competitividad y reciclaje. El trabajo se deconstruye, la idea misma. Debe de ser ganado día a día, destruida  así la noción de oficio. No tener trabajo, sino ir detrás del trabajo; así, la realidad del trabajador se reduce a un presente continuo.

 

El pasado no significa nada y el futuro ha sido abolido. El operario solo puede concentrarse en su tarea momentánea y mientras la ejecuta pesa la angustia de no saber si habrá una próxima, lo cual le lleva  aceptar circunstancias de explotación. De igual modo no se actúa sobre precedentes o acuerdos, sino que las reglas se reescriben desde arriba, a cada ocasión.

La cuadrilla remacha en un discurso, lúcido, sobre el cual Loach venía trabajando desde los albores de thatcherismo y la muerte del laborismo británico a finales de los 70 con la minuciosa destrucción del sindicalismo y con ello de la noción de unidad. La fuerza del obrero no es individual, sino colectiva, y la descolectivización es, por ello, objetivo número uno del capitalismo. Se lamina, se hace tabula rasa de todo contexto anterior a costa de llevar por delante a los hombres honrados que queden entre medias. El Sistema prima el servilismo, el espíritu lacayo, al tiempo que incentiva el egoísmo y la inmediatez. El trabajador, para cada cual.

Toda esta presión, de nuevo metódica, sistemática, lleva en el drama que se desarrolla en La cuadrilla a una situación desesperada (o mejor dicho: de aplicación práctica del estado de desesperación creado) donde el grupo de compañeros tendrá que tomar una decisión inmoral, a vida o muerte. La seca cámara de Loach no melodramatiza, muestra siempre, aunque sea el guión de Laverty el que programáticamente delimite la películay el que introduzca tanto esta nota trágica final como otros aspectos de humor, observación e incluso absurdo.

Lo más interesante, a parte de esa limpieza en el diagnóstico es el modo en el cual Loach  permanece fiel a un discurso sobre como las alteraciones del tejido socioeconómico, la política aplicada, afecta a la vida, a cómo se vive. Como las relaciones domésticas, sexuales, de amistad…se ven determinadas por esos cambios de contexto, dirigidas hacia la indignidad, empequeñecidas.

 

Una de las preocupaciones recurrentes de la cinematografía de Ken Loach es la crisis de la masculinidad. Esta aparece por lo común interrelacionada con otro clase de derivas socioeconómicas y políticas, partes indivisibles de una realidad que se degrada progresivamente afectando por sistema a un estrato determinado de la sociedad. En Buscando Eric, título con doble sentido, lo único estable del protagonista es su trabajo. Cartero en un suburbio de la ciudad de Manchester, esa rutina es su última constante, el resto de su vida se cae a pedazos.

Eric está en el vértice de una depresión personal, al borde del precipicio definitivo y sus compañeros, un ejemplo recurrente de la retórica solidaria de Loach, son lo único que lo sostiene. Tiene un hijo y un hijastro de so relaciones diferentes que aunque viven en su misma casa cada vez parecen más distante,  más extraños. También una hija mayor y una pequeña nieta que lo sostiene con su ternura, pero en el fondo de su propia crisis está la madre de esta, el verdadero amor de Eric a quien abandonó estando embarazada, atenazado por la angustia.

A Eric ya no le queda ni el Manchester United. Dejó de viajar y seguir los partidos, cada vez más desencantado, cuando se retiró su héroe: Eric Cantona, King Eric. Arrogante y genial, contradictorio y autodestructivo, Cantona llegó a Manchester tras una corta estancia en el Leeds para reescribir el trazado del fútbol Inglés y dejar, a cada partido algo especial. “Un momento en el campo, para siempre en la memoria”, como dice Eric. Su relación con ese gran amor, Lily, se sustancia igual: el recuerdo perfecto de una velada de baile muchos años atrás.

Y, de repente, Eric Cantona se le aparece a Eric para enseñarle a recomponerse, para trabajar su autoestima y ayudarle a la misión final: recuperar la dignidad. Es otro aspecto que siempre vuelve al cine de Loach, como una western de clase obrera. Esta vez la forma es sorprendente, como neorrealismo mágico. Milagro en la ciudad de Manchester. Cantona sirve para vertebrar el discurso de afirmación de la individualidad unida al colectivo, a los amigos y compañeros, a la gente que le quiere a uno. Mientras hace su reparto, Eric le pregunta a Cantona por su mejor instante mientras le recuerda un gol antológico tras otro. Cantona no los recuerda o los desdeña. Su mejor momento fue un pase, una parábola dulcísima con el exterior de la bota para Denis Irwin, aquel excelente lateral izquierdo irlandés.

“¿No tenía miedo de que fallase?”, le pregunta Eric

“Hay que confiar en los compañeros, sino estás perdido”, contesta Cantona

Antes han hablado del miedo y de la emoción, de su necesidad y de cómo ir más allá para hacer algo especial, aunque se hierre en el intento. Entonces, simplemente, se intenta otra cosa.

Buscando a Eric intenta demasiadas cosas. Esa pequeña trama, esa ruptura mágica de la realidad con Cantona como un gurú por igual imponente y adusto, arrogante y contradictoriamente modesto es suficiente. La emotiva relación con los amigos, el objetivo no ya de reconciliarse, sino de ganar el perdón de su antigua mujer, lo disparatado y al tiempo naturalista de algunos momentos, la reflexión sobre la desnaturalización del fútbol, como se le ha quitado a los aficionados y volviendo un espectáculo económicamente inaccesible y el modo en que esto rima con la realidad de los personajes, la cercanía y sencillez de premisa y ejecución, son suficientes. Hay un cierto gusto a la Ealing en ello, pero llevado hacia la textura áspera, granulosa del cine de Loach.

Es Laverty desde el guión el que complica todo, lo vuelve artificioso y forzado, añade de más. La estructura en flashbacks es artificial –aunque deja una bella imagen fugaz: el Eric presente bailando con la joven Lily- y la subtrama criminal que involucra a uno de los hijos de Eric con un violento matón local empuja el drama demasiado lejos, incluyendo cierta crueldad innecesaria para con los personajes. Es un elemento necesario al final, porque en ello desemboca la recuperación de Eric a través de su comunidad de amigos y también la reconstrucción de su precaria familia, pero está mal trabajado. Altera el tono, pasa de la placidez humorística a la crispación violenta y parece un remake a destiempo de cosas que ya había tratado mejor en Lloviendo piedras, donde ese drama era una evolución natural del conjunto.

Al final, Buscando a Eric se dispersa y una echa de menos a Cantona cuando no aparece en pantalla. Una película descentrada, cuyo tono contradictorio nunca mezcla pese a reivindicarse en dos o tres momentos felices, como ese Cantona final con una máscara de sí mismo alzando el puño y desapareciendo de la vida de Eric, quien ya no le necesita.

 

 

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