Estaba lleno de estrellas: 2010: Odisea dos

 

Si 2001 era una película abstracta sobre las grandes preguntas, 2010 es una concreta sobre una angustia presente. Hay en ella una insistencia  sobre el mismo momento sociopolítico de su rodaje. Tanto que la sofisticada estilización de Kubrick respecto de los 60, la sensación de futuro, de anticipación, se pierde. 2010 materializa un futuro que es presente. Parece suceder en el año de su producción, ligada profundamente al contexto de los estertores de la Guerra Fría y los procesos de la administración Reagan.

Se habla de problemas en Honduras, que equivalen a la operación Urgent Fury sobre la isla de Granada en 1983. Se habla de tensión entre barcos de guerra y escaramuzas y de la carrera espacial repleta de secretos y disuasiones. Es el mundo de la doctrina MAD, la mutua destrucción asegurada, la tensión nuclear. De nuevo en 1983, había sucedido el incidente conocido como Able Archer, un ejercicio estratégico realista de la OTAN que a punto estuvo por ser tomado como un ataque nuclear real por el KGB. Hyams dedica un plano muy expresivo a la fractura soviético americana, cuando la cámara recoge el plano en un travelling de retroceso pasando entre las filas, alineadas frente a frente, del grupo de astronautas.

2010 ofrece una lectura esperanzada de ese presente, transportando más allá de las estrellas a ese grupo ruso-americano simbólico que debe trabajar junto para desentrañar un misterio y sobrevivirlo. Serán así recompensados con otro nacimiento, el de una nueva galaxia para todos. Es curioso como el discurso de 2010 y el del cómic de Alan Moore y Dave Gibbons Watchmen, otra parábola de la Guerra Fría y su paranoia, es equivalente pese a sus recursos opuestos: en 2010 la unidad procede de una gran alegría, de una nacimiento, mientras en Watchmen lo hace de un trauma, de la muerte. En ambos casos el origen está fuera de la Tierra; si bien en el tebeo esto se revela como una complicada trama de fantaciencia y metaficción y en 2010 es, literalmente, la obra de un dios: la creación.

Elementos meta pueden rastrearse también en 2010, en su particularidad como secuela. Lo más frontal la recuperación y rehabilitación de HAL 9000, transmutado de villano a héroe en una secuencia que, como la del original, sintetiza emotividad y suspense. Hyams escapa en gran medida al formalismo kubrickiano, replicado en ciertos recursos a la imagen giratoria, la recuperación de espacios o el continuismo de una tecnología posibilista; pero de nuevo lo que hace es descender la película hacia la normalidad. Usar actores conocidos ya es un signo de ello, como lo es mezclar diversos géneros, en lugar de ceñirse a la ciencia ficción dura. Hay aspectos de planificación y atmósfera pegados a los estándares del cine de terror, como las apariciones de un Bowman trascendido en superconciencia que llega a materializarse físicamente ante Roy Scheider en un momento que liga 2001 y Solaris a través de lo fantasmagórico. Una secuencia muy brillante, donde Hyams sintetiza su propia estética con la de Kubrick. De igual modo recupera, llevándolos hacia esa inquietud límite con el terror, aspectos de 2001 sobre la vigilancia y la observación, con esas encarnaciones (tecnológicas o físicas) de una conciencia superior que vela, como El Vigilante de los cómics Marvel.

En conjunto la formalización remite por igual a la anterior experiencia de Hyams, Atmósfera Cero, que era un western, un thriller y un relato sci-fi todo en uno, como a los trabajos de Ridley Scott. Hay algo inglés en esa imagen, ya estaba en Atmósfera Cero, pero era más sucia y granulosa, ahora recuerda, otra vez a Ridley Scott, su textura vaporosa, de haces de luz. Es la luz de Los Duelistas, de Alien y de Blade Runner. Estándares no solo para un género, sino para una época, la primera mitad de los 80 y que pueden verse en trabajos de esos años de directores que podría haber casado en 2010 como, por ejemplo, Michael Mann, James Cameron, John Badham o John McTiernan.

No cuesta asociar la imagen de los astronautas (y cosmonautas) sentados alrededor de una mesa con las de Alien. Comparten cotidianidad, naturalidad. Hay en ambas una notable impresión de lugar y de límites. Es la estética de la claustrofobia que Hyams, ya digo, había trabajado en Atmósfera Cero. Tanto que uno piensa en modismos y formalismo de películas de submarinos. Con sus consolas multicolores, sus manchas de negro y su ordenación de las figuras en el plano. Los objetos y espacios tienen presencia física, así como la relación de los personajes con los mismos. Cuando estos están en su propia nave el tratamiento de la imagen es distinto a cuando penetran en el módulo perdido de 2001. Entonces parecen cambiar de película y Hyams varía el tratamiento de la luz (él mismo ejerce como de costumbre como excelente director de foto) mimetizando los modos de Kubrick. Luz blanca, espacios muy iluminados y limpios, en contraste con los sombríos y filtrados de la tierra o la nave soviética.

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    No ha envejecido mal, francamente, por esforzada, por intentar continuar esa tradición de buen cine de CF que empezó en el 68 y murió en los 80. Y eso que el final no convence, por dar la impresión de ocurrir porque sí; y la música es de chiste, todo hay que decirlo (ñiauuu, ñiauuu, cual gato viejo).

    1. Sí, yo tenía peor recuerdo de ella. Se queda corta en la comparación, claro, pero es bien digna. Con su atmósfera particular, sin imitar.

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