Van Damme/Hyams Ltd.

No había visto hasta ahora las tres películas que Peter Hyams rodó para Jean Claude Van Damme. Timecop en 1994 y esta Muerte súbita en 1995, cuando el actor tenía una posición en el entramado del cine de géneros de Hollywood y ya en 2013, Cerco al enemigo, bajó bandera canadiense seguramente por razones fiscales. En ella, Van Damme ya ocupa la posición del villano carismático frente a un héroe que no está a su altura porque está encarnado por el anodino Tom Everett Scott, quien necesita dobles en sus peleas, en lugar de por Scott Adkins, su principal heredero. Años antes, el propio Van Damme hubiese sido ese héroe fallido, obligado a retomar sus armas y la violencia tras un trauma del pasado.

La mayoría de sus personajes eran ese, lo eran en la dos de Hyams y en muchas con otros. El tipo solitario ante una misión final que lo redima. Son también muchas veces los personajes de Jason Statham o del propio Adkins. Lo son por la tradición de la cual provienen, que es el western. Sus películas de acción (marcial) de serie b mutante (o adaptada a cada época por pura supervivencia) son los equivalentes a los western mínimos de Audie Murphy o Jock Mahoney en los 50 y primeros 60. Equivalentes industriales y adaptaciones de los códigos genéricos.

No es extraño, la mayoría del cine americano de raíz violenta (física o moral), puede ser interpretado como un western porque lo deduce todo a la esencia misma de este: la recuperación de la dignidad. Y en ella, la búsqueda de una justificación vital. En Timecop y Muerte súbita, Van Damme es un héroe marcado por el fracaso, no poder salvar a su mujer en la primera, la muerte de una niña durante un rescate en la segunda. En Timecop, Van Damme se deja absorber por su trabajo, esa suerte de juez Dredd de una policía del tiempo en una América futurista de precisa capacidad premonitoria. En Muerte súbita su presente es más patético y entristecido: ha perdido su oficio, a su familia y su orgullo. Antiguo bombero, se conforma ahora con trabajar en la seguridad de un estadio. El ataque terrorista dentro del mismo le dará la ocasión de mostrar su medida real y, de golpe, recuperar ese orgullo que trae todo de vuelta.

 

Aquí no hay caballo, ni un pueblo, ni colts de seis tiros, sino explosiones, tumulto, violencia cuerpo a cuerpo y el paroxismo de la acción del cine de los 90. Muerte súbita es, también, un remake de La jungla de cristal; o un exploit. Menos cara, más exagerada. Como en aquella un espacio cerrado, un héroe solitario trabajando entre los recovecos de ese mismo espacio y una operación coordinada dirigida por un villano carismático y distinguido, aquí Powers Boothe. Pero si en la de McTiernan, Alan Rickman caía a cuerpo desde lo alto del Nakatomi Plaza, aquí Boothe lo hace metido dentro de un helicóptero.

Cambian también las prestaciones del protagonista, porque el actor lo determina. Bruce Willis procedía de la comedia, y su despliegue de violencia contra todo pronóstico eran tan sorprendentes tanto para los asaltantes del edificio como para el espectador. Las de Van Damme, en cambio, son  exactamente las que el espectador espera. Hyams maneja esta falta de suspense creando a su vez una sensación de anticipación dentro de los bastante feroces encuentros cuerpo a cuerpo, donde los objetos del entorno son usados como improvisadas armas. Así, la acción no se interrumpe y con una economía propia, precisamente, de la serie B Hyams establece la anticipación a través del detalle. Una mano, un hueso, una pistola de agua… cualquier objeto o detalle fotografiado en primer plano es una pieza de información, algo a usar (inmediatamente o más adelante en la trama) , así nada se desperdicia y la narrativa (dentro de la acción y a lo largo del metraje) es cristalina. Eso permite vadear las inconsistencias y atemperar los excesos de la deriva del cine de acción de los 90 ejecutado por un cineasta procedente de otra estructura industrial anterior.

Timecop me recuerda a los tebeos británicos de ciencia ficción satírica de las 2000AD. En una versión algo más mansa, algo menos virulenta. Me recuerda también a Demolition Man, que es solo un par de años anteriores. Era otro trasunto de la 2000AD, una variante camp tal vez. Ambas miran al mismo sitio, pienso, a los cómics del Juez Dredd, parodia bruta del criptofascismo americano. Dredd, creado a finales de los 70 por el guionista John Wagner y el dibujante español Carlos Ezquerra era policía, juez, jurado y ejecutor en un futuro distópico. Un producto punk, agresivo y contracultural que coqueteaba con aquello que denunciaba o caricaturizaba. Más ligazones, Stallone lo interpretó en una mala, por errada, por todo, adaptación de la misma mitad de los 90 después de que el personaje estuviese rondando un tiempo ligado a su rival, Arnold Schwarzenegger, tras el éxito de la equiparable Desafío Total. Y Paul Verhoeven, sin duda, hubiese sido el traductor ideal de Dredd al cine. Así, es como si Jean Claude Van Damme, el tercero de los músculos de los 90, siempre un escalón industrial por debajo, buscase su propio proyecto de thriller futurista de ciencia ficción satírica. Con su modestia y limitaciones, Timecop cumple dentro del paisaje del blockbuster de los 90.

Se basa también en un comic, aunque solo toma la idea y el nombre del protagonista. Timecop, con el subtítulo de A Man Out of Time, era una historia publicada por Dark Horse dentro de un número antológico. Lo escribían Mike Richardson y Mark Verheiden y lo dibujaba  Ron Randall y contaba el enfrentamiento entre un policía del tiempo, un criminal el futuro operando en la Sudáfrica de los 30 y el robot de este. La película conserva solo la idea de la policía de la corriente temporal y, en cambio, articula un discurso, crítico, satírico, de la política y el corporativismo americano. “Será como los 80 otra vez”, dice en un momento el senador corrupto interpretado con entusiasmo por Joel Silver, curiosamente una de las voces republicanas de Hollywood por entonces. Su intención es financiar una campaña presidencial a base de expoliar el pasado desde un futuro donde solo la popularidad y el tiempo en antena, la presencia mediática, cuentan.

 

Apuntes sin desarrollar, pero concurrentes de modo irónico con nuestro inmediato presente (y más con el presente de las campañas presidenciales USA) y en coherencia con los planteamiento de Permanezca en sintonía, respecto a la cual Time Cop guarda cierta relación en el sentido del tránsito genérico, del zapping incorporado. Hyams transita el thriller conspirativo, la acción marcial, el western, la parodia, las buddy movies, la ciencia ficción y hasta el slasher en el asalto final a la casa del Van Damme joven (incluyendo ese elemento del Van Damme duplicado recurrente en la filmografía del actor) durante una noche lluviosa, planificada como si fuese una de terror. Encapsulado aquí, en cierto modo, está ese Hyams director para todos los géneros, dando muestras de todos aquellos en los que se ha movido de modo literal o espiritual, caso del western. Y siempre resolviendo con eficacia y sentido económico, ese que ha conservado hasta el fin de su carrera, esa que, curiosamente, agotó junto a Van Damme en Enemies Closer, un pieza de acción con elementos western que habla de la realidad de 2013 de ambos igual que esta lo hacía de la de mediados de los 90.

La Dark Horse estaba por entonces especializada en las licencias cinematográficas, explotando los derechos de Terminator, Aliens o Predator, y tanto Timecop como la coetánea La Máscara, fueron oportunidades de presupuesto mediano para recorrer el camino contrario. Y tanto Richardson como editor como y Verheiden ejerciendo de guionista fueron figuras centrales. Con ambas funcionó la cosa solo suficientemente bien como para secuelizarlas bien directamente, bien en formato de serie de tv de acción real o animación. Para Van Damme era un salto de presupuesto y alcanzar un escalón que mantendría por poco tiempo y con la ayuda precisamente de Peter Hyams, él mismo reciclado en director sobre seguro, al contrario de los Marco Brambilla o Danny Cannon de Demolition Man o Juez Dredd para Stallone, en Muerte Súbita.

Van Damme había ido poco a poco haciéndose un hueco en el paisaje americano a través de coproducciones y películas independientes en los márgenes de la serie b o en el direct to video. Al contrario que sus competidores era expresivo, joven y guapo y las películas y él mismo, a veces coproductor, otras co-guionista, explotaban esas vertiente sexual. Aquí mismo hay una breve secuencia de cama donde la mirada fetichista no recae en el cuerpo de Mia Sara, sino en el de Van Damme. En los primeros 90 se enrola en los trabajos de dos importaciones ascendentes, el alemán Roland Emmerich en Soldado Universal y el hongkonés John Woo, quien rebajando ambición y estilo, debuta en el mercado americano con una variación urbana sobre El malvado Zaroff, Blanco humano. Pero tal vez será en otras películas intermedias como Lionheart, Libertada para morir o Si escape, donde Van Damme moldee el personaje de héroe de western con artes marciales que también está en sus trabajos del periodo años 90 con Hyams. Un tipo con pasado, traumático, que busca una segunda oportunidad de redención. Timecop, con su idea del trasiego temporal, de la alteración de futuro, trabaja sobre eso. Van Damme lo ha perdido todo en el futuro y obstinada y moralmente se ha resistido a cambiar su pasado hasta el punto de convertirse en el agente puntero de esa policía del tiempo. Lo que ocurre es que otra noción básica entra en conflicto: la segunda oportunidad.

 

El espacio para el artesano y para su tipo de cine comercial de mediano presupuesto se ha ido achicando en el contexto norteamericano hasta su práctica desaparición. El tipo de cine en el cual Peter Hyams desarrolló su carrera hasta principios de los 2000 ha desaparecido. Los estudios ya no lo facturan más, subcontratan productoras independientes, en todo caso o se deriva hacia plataformas multipantalla, como un direct to video de semilujo. Todo el sistema se ha volcado en las franquicias que se retroalimentan como un solo supragénenero que condiciona el modelo industrial y el lenguaje formal. Ante esta dejación de funciones la artesanía se ha convertido en un camino estrecho, mientras la supervivencia se ha vuelto ancha y profunda. Pero allí existe un paisaje propio, llenos de especialistas (directores, estrella, productoras…) que ejercen su oficio con precisión dentro de unos férreos límites logísticos, presupuestarios y formales.

Existe toda una industria del cine de acción, que ha venido a revisitar géneros de acción primordiales (western, bélico, policial, carcelario…) con un lenguaje conciso, seco. Hay en ellas una honestidad primordial y un gusto por la simplicidad del fraseo de planos y acciones. Una economía de la imagen (visual, narrativa) expresada en, eso, la acción. La historia en acción. Hyams intentó refugiarse en eso en Enemies Closer junto a Jean Claude Van Damme, quien permanece activo y estelar en ese contexto, trabajando entre otros con John Hyams, el hijo de Peter. Lo que ocurre es que John es nativo de ese ecosistema, su padre es un forastero ahí. Su estilo ha solido ser siempre sencillo, pero concurrente con el Hollywood de cada periodo en el cual ha trabajado. En cierto modo en Enemies Closer debe desaprender, quitar todo lo accesorio y en la comparación con los verdaderos especialistas, gente del tipo Isaac Florentine o James Nunn, Hyams pierde.

 

Lo que en unos es una técnica natural, depurada por el uso, en Hyams aparece como algo forzado, impuesto por ese contexto de supervivencia. Así y todo se las arregla para mantener la dignidad al menos hasta el último tramo. La historia es, como decía en el texto sobre Muerte súbita, un western. Uno de eso que no nos extrañaría haber visto protagonizados por Audie Murphy o Clint Walker, donde un hombre vive refugiado en la soledad para escapar de su violencia, pero esta regresa a él. Hace unos años Van Damme la protagonizaría como héroe, y en cierto modo lo hizo en The Shepherd, donde era un patrullero fronterizo enfrentado a un grupo de Navy Seals renegados que se dedicaban al narcotráfico. En aquella lo dirigía precisamente Isaac Florentine y su rival físico era el entonces ascendente Scott Adkins. Si este hubiese protagonizado Enemies Closer la calidad e interés de la película hubiesen subido por sí mismos. El protagonista, el rival de Van Damme, en cambio es Tom Everett Scott, uno de los blandos olvidados del Hollywood de finales de los 90.

Con él, Hyams choca contra un imposible que todos esos directores de este paisaje industrial ya han superado ampliamente: no sabe pelear. El recurso de este cine de acción económico, su atractivo, reside en la fisicidad y el realismo. Lo que se ve en pantalla es lo que hay. No hay necesidad de cortar la acción o trucarla, porque los actores la ejecutan ellos mismos. Es lo que diferencia el producto: dar un tipo de recreación simple y primordial de la violencia que el cine de acción americano fue extinguiendo desde fines de los 80 en una escalada hacia lo inverosímil y lo paroxístico, cuando no lo fantástico. Así, mientras las pelas de Van Damme, con el asalto de su grupo de mercenarios disfrazados de policía montada a un puesto americano, tienen esa contundencia que permite el actor, aquellas en las cuales Tom Everett Scott está involucrado necesitan disimularse mediante el montaje, la iluminación o los dobles. Algo que es en sí mismo una traición tanto al género, como al modelo industrial de resistencia al cual se adscribe y que la textura de la foto digital, su espartano realismo, delata con crudeza.

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Chuschao dice:

    Lástima que se busque a veces recuperar una dignidad inexistente. O no. O sí. Bueno, quién lo sabe.

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