El hombre con la cara rota: un perfil de Lawrence Tierney

Un tipo duro

“- Hay dos maneras de hacer la cosas: la mía o la puta calle”. Escrita por Quentin Tarantino para Reservoir Dogs en 1992, esa línea de diálogo parecía condensar la persona de Lawrence Tierney, su versión dentro de la pantalla… y también la de fuera. Tuvieron que esperar casi cincuenta años para pronunciar esta y algunas otras de sus más memorable frases. Tarantino, el cineasta-fan definitivo, el enciclopedista del cine popular, quería tener a Tierney en su primera película, quería homenajearlo y descubrirlo para el espectador contemporáneo. No sabía lo que le esperaba.

Tierney era una tormenta humana, un tipo proteico y legendario que en los años 50  había tenido una trifulca de bar con otro de los miembros del reparto, el excriminal, exconvicto y formidable escrito noir, Edward Bunker. Afortunadamente Tierney no se acordaba, aunque Bunker se cuidó de guardar las distancias. Buena parte del resto de los actores, y el propio director, no tuvieron tanta suerte y fueron víctimas de aquella personalidad fuera de tiempo, babilónica.

En Reservoir Dogs, Lawrence Tierney  encarnaba a un viejo criminal con un plan, una presencia del pasado. Con su cabeza afeitada, sus pequeños ojos maliciosos y su físico macizo, era todavía capaz de tensar toda una sala llena de brillantes actores. Tierney, por su parte, no era un gran actor, casi no era ni siquiera un bueno, pero tenía la presencia. Y eso era lo que los estudios buscaban cuando lo promocionaron a estrella de la serie B criminal en los últimos 40, y eso era, también, lo que Tarantino quería.

En Reservoir Dogs, el intérprete no es solo su forma presente, esa imagen compacta y envejecida, sino una memoria, un eco. Lawrence Tierney, por sí mismo, aporta a la película de Tarantino una ligazón con la serie B del periodo clásico, con el cine pulp del pasado retomado desde el presente de inicios de los 90 de modo análogo a como actúa la otra presencia totémica, Edward Bunker como Mr. Blue. Quentin Tarantino mezcla, así, las referencias al cine hongkonés, en especial City on Fire (Ringo  Lam, 1987) y al polar sobre las cuales había trabajado como base estilística con los elementos puramente norteamericanos que aportaba el reparto. Tierney y Bunker ofrecían, entonces, una autenticidad insólita, casi un aspecto documental dentro de una película enormemente estilizada, incluso cerebral; pero al tiempo eran el cine de serie B y la narrativa pulp genuina.

Pero si en el caso del novelista su concurso era casi anecdótico, en el de Lawrence Tierney suponía rendirle uno de sus mejores personajes. Joe Cabot, era una especulación cinéfila: como si uno de los matones, psicópatas y gangsters vocacionales que había interpretado en su buena época hubiese sobrevivido y buscase un último gran golpe para resarcirse. A través suyo se establecía un diálogo entre las edades del noir de bajo presupuesto.

La película que fascinaba a Quentin Tarantino era Amenaza diabólica. En ella, Tierney era un criminal que para pasar desapercibido tras un asalto decidía huir haciendo autostop. Era el miedo casi abstracto, un cautionary tale encarnado en tipo trajeado, guapo y canallesco. En sus mejores papeles, como Dillinger, enemigo público nº 1 (Dillinger, Max Nosseck, 1945), la propia Amenaza diabólica, Nacido para matar o The Hoodlum (Max Nosseck, 1951), Lawrence Tierney era un villano integral, irredimible, perverso con delectación, malvado sin excusas. Y como le dice Claire Trevor, su partner in crime en  Nacido para matar, hay algo en él que incita a los demás al mal, que desnivela la balanza interior.

Hollywoodland

Lawrence Tierney entró en el cine en 1943, directo desde el mundo universitario, donde había sido una estrella deportiva y se había aficionado al teatro, de Brooklyn a la RKO. Lo hizo poco antes que su hermano, Scott Brady, presencia familiar del western y el thriller de serie B e inolvidable Dancer en Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954). También un tercer hermano, el menor, Edward Tierney lo intentaría también en Hollywood compartiendo cartel con Lawrence en The Hoodlum.

Después de un puñado de trabajos de meritoriaje, como figurante básicamente, el estudio le dio su primer papel real en Youth Runs Wild (Mark Robson, 1944), una extraña producción de la unidad de Val Lewton alejada del fantastique y centrada en el universo juvenil en plena América de la 2ª Guerra Mundial. Su gran oportunidad llegaría solo un año después, en el 45, y paradójicamente fuera de la RKO. Dillinger, enemigo público nº 1 fue un descomunal taquillazo producido por la independiente King Brothers y distribuida por la “minor” Monogram. La dirigía el prusiano Max Nosseck, fugado de Alemania debido a su herencia judía y cineasta con quien, se diría, mejor se entendió Tierney ya que ambos coincidirían tres veces más: en Kill or Be Killed (1950) y en The Hoodlum y más tarde en Singing in the Dark (1956), en un papel secundario, que ya era lo poco que le ofrecían.

Dillinger, enemigo público nº 1, que estaba escrita por Phillip Yordan, era rápida, violenta y visceral. Tierney irradiaba brutalidad y su carisma sustituía las habilidades interpretativas. John Dillinger había sido abatido a tiros solo diez años antes, delante del cine Biograph de Lincoln Park, en Illinois. Iba a ver el melodrama gangsteril El enemigo público número uno (Manhattan Melodrama, W.S. Van Dyke, 1934) y al igual que las estrellas que salían en la pantalla, era una figura pop. La RKO  recuperó a Tierney rápidamente, colocándolo en cometidos secundarios en un par de títulos de cierta importancia, la comedia de Lewis Allen Those Endearing Young Charms (1945) y La patrulla del coronel Jackson (Back to Bataan, Edward Dmytryk, 1945), hazañas bélicas al servicio de John Wayne. Su siguiente oportunidad llegaría en el western para Randolph Scott, Badman´s Territory (Tim Whelan, 1946), un título de poco fuste, pero en el cual Tierney interpretaba al legendario forajido Jesse James. Unos años después, ya en 1951, recuperaría el rol para El mejor de los malvados (Best of the Badmen, William D. Russell), secundando a Robert Ryan y a Claire Trevor, quien había sido su complemento perfecto en la perversa Nacido para matar.

Fulminante decadencia

 Desde principios de la década de los 50, Lawrence Tierney era más célebre por su vida salvaje fuera de la pantalla que por los villanos y antihéroes que interpretaba en ella. A la altura de 1955, Tierney había sido arrestado dieciséis veces, incluida una condena de tres meses en 1948 por partirle la mandíbula a un hombre durante un trifulca. Autodestructivo y arrogante, con su persona y su personaje confundidos (o tal vez es que, en realidad, nunca interpretó), se fue convirtiendo en material tóxico y ni su atractivo podía cambiar el curso de su carrera decadente.

The Hoodlum, donde era un psicótico criminal que hundía a su propia familia, fue su último protagonista hasta despedirse del cine en Female Jungle, un demencial subproducto dirigido por el excéntrico Bruno VeSota, con el decadente John Carradine dentro y a mayor gloria de Jayne Mansfield, en 1956. Antes un papel con cierto peso en el western para John Ireland, The Bushwackers (Rod Amateau, 1951) y una ocasión desperdiciada como parte del gran reparto del epic de Cecil B. DeMille, El mayor espectáculo del mundo (The Greatest Show on Earth, 1952). Después, el cementerio de elefantes de la televisión, los bares, las peleas y el olvido. John Casavettes, otro incendiario, se acodó de él un par de veces y le dio trabajo en Ángeles sin paraíso (A Child Is Waiting, 1963) y Gloria (1980). También John Huston lo hizo en El honor de los Prizzi (Prizzi´s Honor, 1985), quizás en nombre del viejo Hollywood Babylonia, así como Norman Mailer, que lo convirtió en padre de Ryan O’Neil en Los hombres duros no bailan (Tough Guys Don’t Dance, 1987).

En los 80 ya no quedaba ni rastro externo del hombre que había sido. El guapo duro, incandescente y gélido a la vez, se había transformado en una masa humana, cubierta de cicatrices, de nariz rota y gesto hosco, capaz de pasar de la carcajada a la agresión en un parpadeo. Aquella calavera esculpida a golpes, broncas y garitos, contaba las historias más demenciales por sí misma. Eso lo vio Tarantino de inmediato y, por una película, Lawrence Tierney dejó de adornar con aquel físico que se había construido un puñado de títulos baratos, efímeros, y se ganó un puesto en el imaginario popular.

El epílogo que casi fue

Pero en la segunda mitad de los 40, por un momento en el tiempo, todo pudo haber sido diferente. Allí estaban también Robert Mitchum y Robert Ryan, incluso Charles McGraw. Tierney se ganó un hueco, fue capaz de subir de escalafón…y entonces decidió pegarle fuego al asunto; quizás vivir a lo grande era más atractivo, quizás la violencia que llevaba dentro, la fama del “hombre más malvado del mundo”, que decía Quentin Tarantino, se acercaba peligrosamente a la verdad.

Emparedadas entre las ya mentadas Dillinger, enemigo público nº 1 y The Hoodlum, ambas rodadas fuera de RKO, la presencias más definitorias de Tierney en pantalla se concentran entre 1946 y 1948, donde rueda sin solución de continuidad Paso a paso, San Quintín, Amenaza diabólica, Nacido para matar y Bodyguard. A excepción de la cuarta de ellas, que fue en verdad su gran ocasión de convertirse en una estrella, todas son producción de estricta serie B, condensados de sesenta minutos de acción frenética donde el actor era o bien héroe con algo que probar o, caso de Amenaza diabólica, villano sin dobleces. En ellas se codifica su imagen en pantalla, una evocación del pulp y del tebeo, hasta el punto de que Tierney casi parece dibujado: un tipo escapado de una portada  de Black Mask o salido del lápiz de Will Eisner o Chester Gould.

 

Publicado dentro del cuadernillo de la caja Lawrence Tierney Noir.

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