Los héroes de Karl May. Un sueño de la aventura

Que Karl May no viajase fuera de Alemania hasta ser ya un escritor plenamente establecido no  afectó en absoluto a un negocio como el suyo, establecido desde 1874, que ver con la imaginación y sólo con la imaginación. El Oriente de Kara Ben Nemsi o el Oeste de Winnetou tienen que ver tanto con los reales como el exaltado lector quiera. No son lo real, sino la imagen, enfebrecida, idealizada, mítica, de la idea de lo real. En ese marco legendario, más grande que la vida, desde luego más grande que la vida de los lectores e incluso que la de May, novelesca de por sí, los europeos podían vivir su propias aventuras, crear sus propios paisajes y construir su propia mitopoética europea en tierra extraña. En un país de sueños, en una topografía mental.

El propio estilo de May favorece esta identificación inmediata, este volcado de imaginaciones. Somero para las descripciones pero preciso en la geografía, de trazo simple en lo psicológico, sus héroes son ideales, prístinos, sus malvados lo son a conciencia, los secundarios recurrentes y entrañables. Rico, en cambio, en peripecias, localizaciones, violencias (muchas más que en sus rebajadas adaptaciones cinematográficas), peligros… Son historias de grandes trazos, no minuciosas reconstrucciones al detalle, más acumulativas que narrativas. Es decir, los relatos de May son una encadenado de momentos de acción, que se suceden en escenarios cambiantes, dentro de una estructura itinerante en lo externo, pero que no afecta al carácter forjado ya, monolítico, estoico, de sus héroes. El lector sabe qué esperar de Old Shatterhand en esos Estados Unidos en construcción o de Kara Ben Nemsi en los fieros contornos del Kurdistán. Quizás por ello la muerte, por sacrificio, heroica, de Winnetou al final de La carabina de plata supuso para el lector alemán una conmoción equivalente a la muerte de Sherlock Holmes. ¿Cómo podía morir Winnetou, si era lo más parecido a un dios? Un memento mori estremecedor que certificaba la pregnancia de aquel material legendario.

Cuando en 1964 la Rialto anunció que su próxima producción sería La carabina de plata, el público volvió a estremecerse. Los mitos de May estaban en una cumbre de la que pronto rodarían por sobreexplotación.

Kara Ben Nemsi, aventurero

En 1920 esto estaba lejos todavía. Tampoco sería el Oeste lo primero en ser adaptado, pese a la intención primera de la Ustad Films de incluir en su ciclo seminal un western. La idea cristalizó en tres películas a lo largo de 1920/21, hoy perdidas y centradas en el otro gran personaje de May, el aventurero alemán rápidamente integrado en las costumbres y paisajes orientales Kara Ben Nemsi. A través suyo el escritor volcaba su pasión como cronista de viajes (imaginarios). Este fervor por la libertad, por el paisaje, la comunión con la naturaleza y el respeto hacia los hombres que viven en comunidad con ella bien pudo forjarlo Karl May durante sus diferentes estancias en la cárcel por pequeños delitos de estafa o robo. A esta cuenta puede unírsele la imagen de sus héroes como defensores de los débiles contra el poder establecido, a lo que cabe añadir, como signo de regeneración moral, un notorio pacifismo (sólo recurren a la fuerza en caso extremo) y una  búsqueda del entendimiento.

La primera de ellas, Die Teufelsanbeter, que adapta un capítulo del libro Durch die Wüste (A través del desierto), guarda la peculiaridad de haber sido dirigida por una mujer, la pionera Marie Luise Droop, una admiradora y amiga del novelista que fue productora y co-guionista en estas versiones. Le seguirían Auf den Trümmern des Paradieses y Die Todeskarawanen, dirigidas por Josef Stein. En todas ellas Carl de Vogt encarnaba a Kar Ben Nemsi y en todas ellas Bela Lugosi cumplía un rol secundario.

El poco éxito de la empresa, pese a que la primera incluía experimentos con el coloreado, desaconsejó continuar la producción y May quedó aparcado hasta los años 50, con una aparición sonora en 1936 con la película Durch die Wüste. Dirigida por Johann Alexander Hübler-Kahla, rodada entre Egipto y Berlín y  producida por Lothar Stark, quien tuvo que salir del país poco después con el ascenso del nazismo, el film fue restaurado recientemente y ofrece una buena traducción del universo de May. Al igual que las novelas es tosca y primitiva, con momentos propios de un film mudo, pero a la vez  poseída por una gran energía, cambios frecuentes de escenario y acción sin solución de continuidad. Además el film tiene menos comedia que las futuras adaptaciones y el personaje de Hadschi Halef Omar, fiel compañero del héroe germano, resulta menos cargante.

El incansable aventurero regresaría a finales de los cincuenta en un díptico hispanoalemán, países bien avenidos (industrialmente hablando) a cuenta del incipiente eurowestern: Caravana de esclavos (1958), que utilizaba elementos de una novela homónima mezclándolos con otros de A través del desierto; y En las ruinas de Babilonia (1959), con localizaciones en Aranjuez o Alicante y realización compartida, sí-pero-no, entre Ramón Torrado, quien se encargaba de la dirección práctica, y Georg Marischka y Johannes Kai respectivamente, incluyendo material extra para las más largas versiones germanas. El resultado son entretenimientos coloristas, bolsilibros de cartón piedra que desbordan ingenuidad, humor naif y cierto sentido primigenio de la aventura dentro de un ambiente de exotismo oriental algo alejado de los originales de May, más rocosos, aunque, a su modo, igual de románticos.

En la primera un algo veterano Viktor Staal era Kar Ben Nemsi, sustituido en la segunda por un más juvenil y atlético Helmuth Schneider, mientras el insufrible parlanchín Georg Thomalla reincidía en su ridícula caracterización de Hadschi Halef Omar como dibujo animado de bigotes gatunos.

Llega Winnetou

A la altura de 1962 el productor Horst Wentland, quizás animado por el éxito que la Rialto estaba experimentando con los krimi que adaptaban a Edgar Wallace, quizás tomando como ejemplo el eurowestern que Joaquín Romero Marchent había levantado en España en base a la novelas de José Mallorquí y su Coyote, decide que merece la pena el riesgo de acometer el más celebrado ciclo de Karl May; el de Winnetou. Descrito por Tim Bergfelder como “(…) un paisaje alegórico donde se desarrolla una lucha espiritual entre el bien y el mal con el fondeo del Göttedämmerung de la raza India(1). Aquella América y aquella amistad entre un aventurero alemán, Old Shatterhand (el viejo mano de hierro) y el jefe de los apaches Winnetou, se desarrollaba en una Arcadia incontaminada todavía, pero constantemente amenazada por el progreso capitalista, May escribe sus obras en plena revolución industrial, que es también una revolución en la industria cultural que le permite a él mismo establecerse como escritor profesional. Sus héroes, cuya relación de soterrado homoerotismo, asexual por otra parte, los acerca incluso más a figuras homéricas, son columnas de moral natural frente a la corrupción del progreso. Manifestada en prospectores mineros, constructores de trenes, barones del petróleo… figuras todas que atentan al tiempo contra la naturaleza y contra aquellos que viven en comunión con la misma. De algún modo también este antimodernismo pudiera conectarlo con el universo ideológico y con el prontuario del autor texano Robert E. Howard.

En algún momento Harald Reinl, director responsable de los mejores títulos de la saga, llegó a decir que Old Shatterhand era tan noble que ni se le entendía. De tal modo los filmes rebajarán esta sustancia alegórica a favor de la otra característica primordial de los textos; la aventura. Más que western los libros son pura aventura, con elementos de folletín decimonónico y el ejemplo reconocido de Fenimore Cooper. Como todo gran relato aventurero es  itinerante, como los de Kara Ben Nemsi, llenos de encuentros que se suceden historia a historia, pero el desplazamiento vuelve a ser geográfico, no vital; como si los personajes vagasen por un tiempo detenido, esotérico de alguna forma, como el de los westerns existencialistas de Budd Boetticher con Randolph Scott. El tiempo de las leyendas en realidad, porque si Old Shatterhand y Winnetou son columnas ¿cómo van a moverse? Tienen que perdurar petrificados en el ideal.

Lex Barker, norteamericano, con su nobleza de serie y su hieratismo, y el bello Pierre Brice, francés, con su estoicismo y aire lejanamente melancólico, eran encarnaciones de aquellos hombres-ejemplo de Karl May. Apolíneos contra un futuro dionisíaco. No necesitaban ser buenos actores, ni siquiera necesitaban ser actores, al igual que Steve Reeves como Hércules, tenían una cualidad trascendente, una presencia majestuosa que se explicaba sola.

El tesoro del lago de la plata, elegida por ser la novela más popular del autor, fue el film de mayor presupuesto de su temporada. También fue un éxito descomunal que superaba la escasa querencia del público alemán por el western cinematográfico, que no literario, de gran penetración en el país gracias a autores locales como Charles Sealsfield (pseudónimo de pintor y periodista austriaco-norteamericano  Karl Postl) o Friederich Ardmand Strubberg, en base a ofrecer una variación vernácula, incontaminada de influencias norteamericanas, que se sostenía en unos mitos genuinos, cercanos, en los cuales identificarse y aspirar a parecerse. El ciclo Winnetou es épico en su sentido primero: el de relato ejemplar.

Pierre Brice (l) als Apachen-H‰uptling Winnetou und Lex Barker (r) als sein Blutsbruder Old Shatterhand in einer Szene des Karl-May-Films “Im Tal des Todes”.

El equipo técnico y artístico es tomado de la serie Edgar Wallace, pero deben trabajar con el añadido del color y los exteriores rodados en la entonces Yugoslavia, en los impresionante lagos Plitvice, en Croacia. El marco, romántico, exuberante y plácido a la vez, era lo que redondeaba el encanto de un entretenimiento familiar, que laminaba la novela de May. Reducía peripecias, fusionaba personajes y otorgaba el protagonismo total a Old Shatterhand y Winnetou, escudados Ralf Wolter como el trampero escalpado Sam Hawkens, contrapunto cómico a la estolidez de los héroes. Götz George y la recurrente, y bellísima, Karin Dor eran los jóvenes enamorados y por su parte el gran Herbert Lom acaparaba el interés componiendo uno de sus habituales villanos magnéticos. Una seña, la de la calidad de los actores con roles malvados, que se extenderá a los primeros capítulos de la saga. El triunfo se redondeó con un factor esencial: la música del compositor Martin Böttchner. La acariciante Melodía de Old Shatterhand se convertiría en superventas y el sonido de Böttchner en un elemento distintivo de la serie, al punto de que su ausencia marca la inmediata decadencia.

Con el respaldo de una inversión multiplicada la Rialto acomete Furia apache, adaptación de Winnetou 1, cronológicamente la primera aventura del noble apache mescalero, aquí más joven e impulsivo pero ya perfilando su estoico carácter más cercano a un caballero angélico que al buen salvaje distinguido de los libros, y el heroico cristiano (algo que las películas no refieren, no así las notables realizadas para televisión por Philipp Stölzl en 2016 ) alemán intentando mantener la paz entre indios y blancos. Un molde prácticamente unívoco. Narra la llegada al Oeste de Mano de hierro, encargado del trazado de las vías de un tren, pero que pronto se da cuenta de que el mismo solo es la excusa para que un pérfido Mario Adorf robe el oro indio. Nace aquí la inseparable amistad viril de los protagonistas, primero enfrentados por culpa de los tejemanejes de los blancos y luego hermanos de sangre. Vuelven a aparecer los habituales secundarios pintorescos de la saga, presentados como si fuese la primera vez y todo el film despliega encanto, emoción y diversión además de un acertado aire de tebeo. Reinl saca mejor partido de los fabulosos parajes yugoslavos, esas lomas verdes y esas rocas blanquecinas que serán, junto los cielos claros casi imposibles, la marca estética de unas película luminosas que en sus mejores momentos acertaban a integrar expresivamente personajes y paisaje: “Observo el paisaje y trato de incluirlo de manera que al gente se sienta estimulada por la amplitud y grandiosidad del mismo, y es allí donde coloco la acción, que en cierto modo resulta tensa pero al mismo tiempo conserva su ingenuidad, como en un cuento” (2)

Un hechizo que se rompe

A partir de 1964 todo empieza a complicarse. El experto corsario Artur Brauner, el hombre tras la CCC Films y la resurrección del Dr. Mabuse fuera de Fritz Lang, se lanza sobre las historias cortas restantes del ciclo Winnetou y  sobre las novelas que no fuesen del Oeste, cuyos derechos Wendlant no había adquirido, y se escudó en que, en realidad, los nombres de los personajes estaban libres de estos mismos derechos, los cuales ya habían caducado. A toda velocidad, sin base literaria conocida y con buen presupuesto levanta La última batalla de los Apaches (Old Shatterhand), un exploit de los productos Rialto del mismo modo que antes había hecho como Edgar Wallace. El argentino Hugo Fregonese, a sueldo de Brauner por entonces  se encarga de la dirección, y la operación se redondea con el fichaje de los mismísimos Barker y Brice, llamados ya “la pareja de ensueño”.

Con exteriores igualmente yugoslavos pero buscando mimetizar los estilemas del western USA con vistas a un mercado internacional el film resulta más átono, también más áspero y rudo, con momentos incluso de crueldad o erotismo, sin ese tono de ensoñación gentil de los filmes de Reinl. A lo cual colabora el diferente score de Riz Ortolani. Sea como fuere el film triunfó. El público quería ver a sus héroes y no discriminaba.

En paralelo a esta discutible argucia Brauner impulsa la resurrección del ciclo Kara Ben Nemsi con una adaptación de En el imperio del mal dirigida por, nada menos, Robert Siodmak. Este había vuelto a Alemania a finales de los 50 para desarrollar una última etapa de escasa dignidad, a excepción de la excelente El diablo ataca de noche (1957). Desganado y sin imaginación realizará con estilo anónimo y pedestre una serie de cometidos para la CCC sobre diversos materiales de May que contrastan duramente con otro regreso en busca de la aventura, el pulp y el serial como fue el de Fritz Lang.

En este primero Barker se encarga del héroe, sin alterar un ápice sus maneras de Old Shatterhand (tampoco tenía otras) mientras defiende a las tribus de las montañas del Kurdistán del acoso de las fuerzas Otomanas y de todo tipo de bandidos e impostores según la novela Der Schut, parte de una saga mayor titulada A la sombra del Sultán. Larguísima, sin ritmo de ningún tipo, cuenta con al recurrente Marie Versini, tan pronto princesa en apuros como india y con Ralf Wolter encargándose del adlátere del héroe Hadschi Halef Omar, un verdadero sideckick sin mayor contrapeso que el humorístico. Afortunadamente tanto su caracterización como el personaje en general es mucho menos invasivo que al versión de los 50 a cargo Thomalla. El rico sustrato de las aventuras, por más naif que sean, de Winnetou está ausente. También el encanto casi mágico de aquellos primeros títulos, sustituido por una seca austeridad de ambientes y peripecias, más violentas que las de los westerns.

Ignorante de ser el canto del cisne de una manera de concebir el mismo cine, Reinl prepara en la Rialto La carabina de plata según Winnetou 2, una continuación de la entrega anterior que ampliaba la mitología del dúo e incorporaba un escenario de pura maravilla: las cuevas de Adelsberg en Postonija, que se convertirían en lugar turístico para la bonanza alemana. Si Almería con su sol implacable y su desierto fue la representación perfecta del crispado estilo italiano la suavidad yugoslava lo fue del Oeste imaginado de los alemanes. Dos concepciones radicalmente opuestas de un género común, esa mitología nueva que la grecolatina ha terminado por ser universal, y por tanto manipulable por cualquier cultura que la absorba y somatice. En un plano menos poético y más mundano también la industria del western germano dejó cadáveres en Yugoslavia, como señaló Goran Paskaljevic a través del personaje de un antigua especialista dedicado a pasear un patético espectáculo del Oeste en Pas koji je voleo vozove (1977).

La carabina de plata, título debido al simbólico arma de Winnetou, legado de su padre, desborda el encanto ingenuo típico del cine popular europeo y cuenta en su reparto con un joven  Terence Hill, un villano retorcido marca del  genial Klaus Kinski robando planos, con el balcánico Gojko Mitic, quien sería estrella de todos los westerns producidos en la RDA,  y de nuevo con Karin Dor, esta vez india que enamorará a Winnetou, tal y como Marie Versini había tratado de hacer con Old Shatterhand en Furia Apache.

Old… Surehand

Después de este film la Rialto se topa con un contratiempo terrible; Barker está tan ocupado con los productos paralelos de la CCC que no puede ser Old Shatterhand. En el mismo momento en el cual se plantea Los buitres se encuentra rodando consecutivamente Cumbres de violencia y Die pyramide de Sonnengotes, sendo subproductos ambientado en la revolución juarista contra Maximiliano que buscaban introducir un nuevo personaje del imaginario de May, el doctor Sternau. Dirigidas ambas por Siodmak como quien pasa por allí resultan infames, con material aprovechado la una de la otra, exceso de personajes y diálogo, indiferencia general y Cataluña prestando geografía travestida.

En tal coyuntura Wendland resuelve por las bravas con el fichaje estelar de Stewart Granger quien será Old Surehand. El británico reinterpreta al arquetipo transformándolo en otra cosa. Irónico y autoconsciente propone un tratamiento distanciado, abiertamente paródico que se aleja demasiado del tono anterior y con su naturalidad chirría frente a un Pierre Brice inmutable. Alfred Vohrer, el nuevo director, tampoco tiene la pureza sencilla de Reinl. El film no tiene espíritu, aunque resulta entretenido por su falta de pretensiones, aciertos puntuales o el villano torvo a cargo del interesante Sieghardt Rupp. La taquilla se resiente, pero con el actor bajo contrato aún quedan dos intervenciones más de Old Surehand con Granger creyéndoselo cada vez menos.

En 1965 El asalto de los apaches marca el punto más bajo hasta el momento. El tono escora decididamente hacia el western “internacional”, cada vez más tosco, el presupuesto se racanea y aparecen los planos reciclados. Harald Phillip tampoco hace nada por disimular y rueda por rodar pese a raptos de intensidad como el asalto con flechas ardiendo o detalles cercanos a la estilización del spaghetti-western como lanzador de cuchillos mudo. Terence Hill vuelve  a parecer y a estas alturas incluso los malvados carismáticos se han evaporado. Todo es genérico.

Entre medias Brauner sigue tirando de restos de serie y produce la ignota El último rey de los Incas, donde el habitual guionista Georg Marischka se pone tras la cámara para, pongamos que dirigir, Guy Madison como el héroe Jaguar, a Rik Battaglia y a nuestros Fernando Rey y Paco Rabal. Medio aventurera, medio western mexicano Aranjuez vuelve a prestar exteriores mientras España se asoma a la coproducción.

Esto será ya una realidad en la bilogía El salvaje Kurdistán/El ataque de los kurdos. Retorno de Kara Ben Nemsi con dinero de los Balcazar de por medio y José Antonio de la Loma involucrado en el guión. Franz Josef Gottlieb dirige ambas, con Barke y Wolter en sus roles conocidos y la guapa francesa Marie Versini como elemento femenino al cual el asexual héroe no hace ni caso. La gran novedad es la introducción de un pastor alemán que hace las veces de fiel compañero. Por lo demás la narración es puramente folletinesca, continuada de un film al otro, se rastrean aspectos formales de western y toques de exotismo oriental que recuerdan  a las coproducciones de los 50, presencia del ubicuo Fernando Sancho incluida. La música es espantosa, se incrementa la violencia y decae el presupuesto.

Emparedado entre ellas Wendlantd trata de resucitar su franquicia reuniendo al equipo original para Winnetou -3 teil., postergado punto álgido de la trilogía, cuyo valor de reencuentro lo expresa incluso una cartelería donde Winnetou y Old Shatterhand se dan la mano frente a frente. Es una obra ya fatigada, pero con una rara cualidad crepuscular sintetizada en su tercio final, el mejor de toda la saga: la muerte de Winnetou. Bellamente rodada por Reinl aprovechado el paisaje, la luz y el encuadre, todo está dominada por un penetrante pathos de verdadero romanticismo que cristaliza en el tramo más fiel a May de entre todas sus adaptaciones de los 60.

Pero claro, la muerte es un impedimento menor para las leyendas. Y mucho menos aún para la industria. Contrato obliga, el jefe mescalero reaparecerá en El justiciero de Kansas, la película faltante de Granger, dirigido otra vez por Vohrer. Planteada como una posible nueva trilogía sobre el personaje pero pronto. En ella Brice no hace acto de presencia hasta pasados más de 40 minutos.

Exprimido, agonizante el mito y el escritor, Wendlantd y Brauner se reparten los despojos: El día más largo de Kansas City (Harald Phillip, 1966) es un triste remedo, la sombra de una idea que un día fue hermosa en su simplicidad. Sin nadie a quien recurrir, al no poder contar ni con Barker ni con Granger, la Rialto recurre a otro personaje de May, que aparecía en El tesoro del lago de la plata literario, Old Firehand. Encarnado por el hosco Rod Cameron. En Winnetou und sein Freund Old Firehand (Alfred Vohrer, 1966), el rostro abotargado del actor define lo poco acogedor del resultado, ya por completo fuera de tiempo y más patético al pretender endurecer su propuesta al gusto de la época. A modo de broma cruel, será Brauner quien reúna a Reinl, Barker y Brice por última vez en 1968 para El valle de los héroes (o Winnetou en el valle de la muerte), un triste cabo de año por lo que fue y ya no podía ser. Leone y sus fieros seguidores había extirpado del western europeo la ingenuidad, el romanticismo y el sueño mismo. Al final, lo dinosíaco vencía a lo apolíneo.

(1) International adventures: German popular cinema and European co-productions in the 1960’s, Tim Bergfelder,Berghahn Books, 2005

(2) Harald Reinl en un entrevista con Joachim von Mengershausen, Süddeutsche Zeitung 21/22-9-1968 Chistiane Habich, La marca de Winnetou, Nosferatu nº41-42 octubre 2002, Donostia Kultura

 

 

Texto original aparecido en el libro Bolsilibro y Cinema Bis.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Chuschao dice:

    Lástima porque hay cositas rescatables en estos filmes, pero la ideología lastra el resultado final, en el proceder de desmitificar el western, o sea, el cine.

    1. No sé qué tendrán las pelis de Winnetou de ideológico… y mitificación, toda. Son un agasajo constante al western como espacio de aventura, juego y devoción.

  2. chuschao dice:

    Bueno, sí, pero se idealiza al indio. Un poco. ¿No?

    1. Se idealiza todo. Se romantiza. De eso va.

  3. chuschao dice:

    Sí, evidentemente. Pero a veces se incurre en ciertos simplismos. Por ideología. O no.

    1. Creo que es más por la propia naturaleza del invento. Vamos, que son pelis simples. Para bien las de Reinl, para bastante pobre las otras.

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