El hombre desvanecido: Act of Violence

 

La guerra en casa

 Act of Violence pertenece a un ciclo de obras de y sobre la posguerra que Fred Zinnemann emprendió en los 40. En ella,  Frank Enley, un veterano de guerra, ha reconstruido su vida en una pequeña localidad a las afueras de Los Ángeles.  Allí trabaja como contratista y vive con su esposa y su hijo, pero la aparición de un elemento de su pasado, Joe Parkson un antiguo compañero de armas, perturbará esta imagen de felicidad. La primera de ese ciclo al que me refiero, realizada en coproducción con Suiza y en régimen de cierta independencia, fue Los ángeles perdidos (The Search, 1948), que seguía la peripecia de un joven soldado norteamericano, Montgomery Clift, que ayudaba a un niño checo en la búsqueda de su madre en un Berlín caótico y semidestruido.  Roselliniana, anuncia y precede, al sentar ya las bases,  una serie de conflictos de orden moral y social que Zinnemann explorará en las siguientes películas.

La más célebre de ellas es, claro, Hombres (The Men, 1950) que protagonizaba Marlon Brando como una excombatiente postrado en una silla de ruedas que debe ajustarse a una doble realidad, física y psicológica, al volver a casa. Con guión de Carl Foreman ejemplifica el tipo de temas fuertes del gusto del cineasta y, al tiempo, muestra como el Sistema estaba siempre atento a seguir tirando de éxitos precedentes, en este caso la estremecedora Los mejores años de nuestras vidas (The Best Years of Our Lives, William Wyler, 1946), una obra pionera en el tratamiento de la alienación de los soldados retornados y sus esfuerzos, en muchos casos condenados a la marginación, por reintegrarse en una sociedad no tan acogedora como podría esperarse.

Las dos piezas más oscuras de este ciclo son la presente Act of Violence y Teresa (id, 1951) un  melodrama al servicio de Pier Angeli en el cual la joven actriz encarnaba a una “novia de guerra” italiana. De nuevo otra película con herencia de Rosellini. Tanto Teresa como Hombres tomaban la forma del drama, con incrustaciones en el melo e incluso el bélico y tono realista. Act of Violence, en cambio, aparece definido estilísticamente como un noir e incluso ofrece momentos con una planificación que parece escapada de algún film de terror. Es también una obra introspectiva, de progresiva abstracción, encerrada en sí misma, o lo que es lo mismo en la psique tortuosa de su protagonista, al que interpreta Van Heflin:  admirado héroe de guerra, superviviente de un campo de prisioneros nazi que, en realidad, oculta a la sociedad una cara mucho menos ideal de sí mismo.

Frank Enley ofrece la imagen externa del excombatiente, integrado y próspero, admirado y feliz; Joe Parkson es la proyección, física, concreta y al tiempo metafórica, de su abismo interior: obsesivo, tullido, torturado, aterrador, convulso… todo lo que hay que ocultar en lugar de sanar. Son espejo, uno y el mismo, partes del todo.

Hombres frente a frente

 Pese a su denominación, el color del noir no es el negro: es el gris. Un gris moral, un gris de duda, de incertidumbre; un gris terrible y angustioso. Zinnemann plantea su película en una oposición entre la luz -el personaje de Van Heflin y su entorno- y la oscuridad –el vengador cojo y crispado que encarna Robert Ryan-, para proceder a destruir esta dicotomía maniquea. Cuando Ryan aparece en escena, en un estilizado prólogo puramente noir, solo sabemos que es un hombre armado y enloquecido, definido por la violencia que emana y por su físico contrahecho. De Heflin sabemos poco más, y todo positivo: es un pilar de su comunidad, un hombre afable y cariñoso… no podemos imaginar que relaciona a ambos.

Cuando Heflin sepa que Ryan lo ha localizado todo en su mundo luminoso se oscurecerá, la casa pasará de espacio confortable a claustrofóbico, cortado por las sombras. Pero estas sombras no las proyecta el extraño que se cierne sobre ella, sino que emana de dentro de la misma: desde Frank Enley, héroe de guerra con una mancha que no se puede borrar. De golpe, se convierte en un extraño, alguien a quien en realidad ni su esposa conoce de nada. La puesta en escena se desequilibra, aparecen escorzos, perspectivas torcidas, ángulos, objetos que dividen el encuadre, enrejándolo… La estética del noir se abre paso en lo que era imagen cotidiana. Enley mismo abandona esa imagen, asumiendo para sí una degeneración hacía lo noir: bares, huidas, armas, violencia y persecución en calles por igual estilizadas y sórdidas. 

A su vez Joe Parkson irá redefiniéndose, humanizándose en paralelo al descenso a los infiernos de su ahora rival y antes compañero. En una muestra de lo que podría haber sido una vida de culpa y autocompasión Enley se destruye, o más bien destruye la fachada que fabricó de sí mismo para eclosionar de esta ordalía listo para pagar por sus pecados. Como en la canción de Johnny Cash, “tarde o temprano Dios dará contigo”; y Dios es el pasado, la conciencia, la carga moral. Parkson recorre el camino inverso, sale de la oscuridad para aceptar su propia redención, dándose cuenta de que su ansia de venganza le ha impedido tener la normalidad de la cual, al menos por unos momentos, Enley disfrutó. La culpa y el odio destruyen por igual y exigen tipos distintos de sacrificio.

Escribe Noël Simsolo en El cine negro que «Act of Violence no es un mero thriller psicológico. Se inscribe en el ámbito del cine negro por su forma de mostrar que los dos hombres son víctimas de sí mismos. La ambigüedad avanza a medida que esta pesadilla se dirige hacia la locura y la muerte. La desazón está construida sobre una culpabilidad precisa (para obtener comida, un hombre ha enviado a sus amigos a la muerte) y una histeria vengadora (un hombre quiera matar a este miserable, para acabar convirtiéndose él mismo en un miserable): En esta fábula ya no importan el bien y el mal. La depredación borra las nociones morales. (…) Remordimientos, moral y justicia no cuentan mucho ante la evidencia de este universo tramposo. Porque todo lo pero que el hombre tiene de forma natural en su interior, la ideología del rechazo, la violencia ciega y la ignominia, pueden gangrenar una nación entera.»

 

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