Podemos televisarlo todo para usted al por mayor: Permanezca en sintonía

 

57 canales y nada que ver, cantaba Bruce Springsteen en el mismo 1992 en el cual Peter Hyams estrenaba Permanezca en sintonía. Ambos eran manifiestos de una vida aburguesada, retratos de América en el sillón. Desconexiones de la realidad, incomunicación y hastío; esa idea tan americana del “boredom”. El videoclip de la canción de Springsteen concluía con un coche atravesando un muro de televisores, mientras la aventura del matrimonio Knable lo hacía con un tres arrollando una carromato llenos de explosivos, ambos en localizaciones desértica, de western. Ninguna tenía demasiado vuelo, pero en su modestia de canción de tres minutos o comedia de hora y media, funcionaban.

Un par de años antes, HBO  había estrenado la telecomedia Dream On, emitida en España como Sigue soñando. Sus creadores era Martha Kauffman y David Crane, los mismos de Friends, pero trabajando dentro de los límites más amplios en cuanto a franqueza y explicitud que permitía una cadena por cable. El protagonista, encarnado por Brian Benben cuyo físico es equiparable al de John Ritter, era ejecutivo de una editorial que se relacionaba con el mundo a partir de un compuesto de experiencias pop (televisión-música-publicidad, cine…) que, intercalados en el montaje, dialogaban con los pensamientos del héroe y determinaban sus reacciones. Era una serie que incluía su propio zapping, un continuo cortocircuito de asociaciones inesperadas. Permanezca en sintonía propone algo similar: una articulación en saltos/sketches que busca reproducir una experiencia televisiva media en un formato de amalgama aberrante.

En bastantes aspectos recuerda a cosas de Joe Dante, pienso en Amazonas en la luna, John Landis o Robert Zemeckis. Incluso Hyams varía ligeramente su habitual estilo, sobrio y seco, en beneficio de otro más enfático, anunciado el tono alocado de cartoon que irá dominando la película. Viéndola de nuevo, pienso también en el Bitelchus de Tim Burton; en parte por el uso de Jeffrey Jones, aquí diabólico villano, pero también por ese tono de dibujos animados en carne y hueso y por el modo en el cual transforma la cotidianidad suburbial mediante la inclusión desmesurada de lo fantástico. Permanezca en sintonía es a su modo caricaturesco, entre la revista Mad, los tebeos de la EC y la serie de televisión The Twilight Zone, un cautionary tale (como muchas veces lo eran aquellos tebeos o aquellos capítulos) que expone en el borde de la caricatura los peligros de comportamientos modernos dados por asumidos y cotidianos.

Había ya elementos cáusticos, o directamente paródicos en otras películas de Hyams, sus policiales sirven de ejemplo pero también Capricornio Uno, ciencia ficción paranoica con filo satírico, así como una mirada crítica a los mecanismos sociales y la manipulación corporativa-mediática (de nuevo, Capricornio uno es ejemplar). Pero nunca en gran medida por sus modestos planteamientos y lo escueto del conjunto, había quedado tan bien articulados como en Permanezca en sintonía. No solo la mecánica interna del gag, con diferentes interacciones y niveles, sino la malicia del propio reparto, escogiendo para encarnar a la pareja protagonista a dos intérpretes principalmente televisivos como Pam Dawber, asociada  a Mork & Mindy, que hacía junto a Robin Williams, y en especial a John Ritter, quien incluso se ve a sí mismo de regreso al escenario pesadillesco de Apartamento para tres. En una ironía terrible, Ritter moriría en 2003 de un ataque al corazón en el plató de la telecomedia que protagonizaba entonces, 8 Simple Rules for Dating My Teenage Daughter, como si el señor Spike hubiese ganado a la larga el juego de la audiencia.

Spike es presentado según esa lógica distorsionada de la película, en una escena reminiscente a la llegada del padre Merrin a la casa de Regan en El Exorcista pero invertida: no es un salvador, sino una presencia mefistofélica. De la fusión entre lo demoníaco y lo industrial nace el aspecto más crítico de la película, con su presentación del infierno como los interiores de una corporación (televisiva, comercial…) y el demonio como ejecutivo (despiadado, capitalista…) que, incluso él, está sometido a lo implacable de la cuenta de resultados.

 

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