El entusiasmo: The Commitments

Roddy Doyle publicó Los Commitments en 1987 y al mundillo del cine le faltó tiempo para lanzarse a comprar los derechos. Tardó algo más, unos tres años, y cuando la película finalmente se estrenó Doyle había concluido la que, De inmediato, se conocería como Trilogía de Barrytown. El mocoso y La caravana completaban el tríptico, centrado por igual en la familia Rabbitte como en el barrio del norte de Dublín que congrega sus desventuras. Cada una se centraba en un miembro, el hijo en la primera, la hija en la segunda, el padre en la tercera, pero con la sensación de tapiz, de relato coral presente siempre. Los títulos condensaban el argumento y las novelas eran encadenados de diálogos insolentes que dibujan personajes y situaciones a través de ellos más que de unas espartanas descripciones. Stephen Frears, poco después, tomaría el relevo y las adaptaría como (en España) Café Irlandés y La furgoneta. En ambas conserva a Colm Meaney como patriarca de una familia que cambia el Rabbitte por el Curley por cuestiones de derechos. Al igual que sucede con Alan Parker, Frears logra unas de sus mejores películas sobre el material de Doyle, en especial Café irlandés.

The Commitments es más elaborada visualmente, de hecho Café Irlandés fue realizada en origen para televisión, pero aún así mucho más modesta y controlada de lo usual en Parker, como si bajara conscientemente el tono, el volumen, para adecuarse tanto a lugar como a personaje y escala de producción. Viéndola de nuevo pensé en Fama, en como de algún modo se relacionaba con aquel superéxito del año 80. Así que volví también sobre Fama y allí estaban las calles de Nueva York, sucias y vívidas, el montaje preciso o la aleación de estilo semidocumental (que pienso Parker tomó de Milos Forman) y la fantasía cinematográfica definitiva: el musical. También el trabajo con actores inexpertos, o directamente no profesionales, y la historia de sueños a través del arte, la diversión, la mezcla, la lucha diaria, el orgullo, la clase social, la pasión… Pero todo era mayor en 1980, la escala de Fama, su ambición incluso, es monumental. Hay algo de declaración en ella, de demostración de muchas cosas, que en The Commitments no hacen ya falta. “Es honesta y va directa al corazón”, dice Joey “Lips” Fagan de la música soul y Parker hace eso con su película que incluso va sucediendo más y más solo sobre el escenario, pasando la música al primer plano.

La música alrededor comenta todo, acompasa. Las canciones no están allí solo por ellas mismas; completan tanto un sentimiento como una idiosincrasia. De manera sutil, Parker trabaja sobre el musical. En cierto modo esa parece una especialidad consistente de Parker a lo largo de su carrera, desde el excéntrico Bugsy Malone al teatral Evita. A la altura de 1991, había rodado ya tres musicales, todos muy distintos, con aproximaciones divergentes a un género que representaba el Hollywood romántico y había sido desde los 70 desnudado y deconstruido. En todas, como en el resto de su filmografía, le acompañaba el montador Gerry Hambling, que a los de Parker sumaba otro musical oblicuo, el Absolute Beginners de Julian Temple, quien construía una fantasía pop anacrónica a partir de una novela paradójicamente de época y lugar, de precisión, como era la homónima de Colin MacInnes.

El sentimiento de lugar y de gente es más vívido, es como si Parker hubiese llegado con su cámara, la hubiese puesto allí y simplemente mirado a la gente de su alrededor que se expresa con insolencia, espontaneidad y carácter. Doyle se encargó el mismo del guión en un primer momento, pero para ayudarle fueron finalmente contratados un par de veteranos guionistas ingleses Dick Clement y Ian La Frenais, entre otras cosas creadores de la legendaria comedia de clase obrera Porridge, ambientada en una prisión. Ellos pulen el guión de Doyle, le dan una cierta estructura, sin adulterar ni su libertad ni, sobre todo, su particular oído para el diálogo. La historia, en fin, no es tan importante como sus personajes, que al final a esos son a los que está narrando y todavía más al sentimiento, que es lo que cuenta. La búsqueda de la belleza en un lugar feo, la necesidad de la misma, y como un grupo de chavales y un viejales iluminado, están determinados a ponerla en mitad de todo y hacer algo de lo que sentirse orgullosos; aunque al final todo se vaya al carajo. “Así es poético”, dice también Joey.

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