F x W = ?

Cada cineasta es un mentiroso. Un mentiroso que engaña de la peor manera posible: con la verdad. Orson Welles, además de cineasta era actor y mago; un mentiroso triple. Un embaucador verdadero, valga la paradoja. Welles es como los gemelos Twedledum y Twedledee de “Alicia en el País de las Maravillas”, que uno mentía lunes, martes y miércoles y decía la verdad el resto de días y el otro mentía jueves, viernes y sábado y decía la verdad el resto; costumbres de leones y unicornios, ya se sabe.

Elmyr de Hory y Clifford Irving son también un unicornio y un león, pero no sabemos quién es cual. Uno es el mayor falsificador de arte del Siglo XX, un húngaro cosmopolita y trotamundos que terminó en Ibiza. El otro, que también terminó en Ibiza, es su biógrafo: un escritor norteamericano que contó a Elmyr en su libro “Fraude” mientras a su vez preparaba uno de los timos del siglo, vendiendo una falsa autobiografía oficial de Howard Hughes.

Hughes probablemente siempre decía la verdad y por eso se volvió loco. Welles, cuenta, lo conoció en sus comienzos en Hollywood y empezó un guion que transmutó en el proceso a la historia de un gran mentiroso: William Randolph Hearts. Pero Welles es otro farsante y no sabemos si esto lo dijo un martes o un sábado.

Orson Welles conoció a Elmyr en Ibiza. Conoció también a François Reichenbach, un documentalista, productor y antiguo marchante de arte que, en tiempos, había comprado unos cuantos impresionistas de Elmyr y que había rodado un documental sobre la relación de este y Clifford Irving. Welles, entonces coloniza la película. Habita el material, lo canibaliza y moldea a su semejanza. Su “partner in crime” es Oja Kodar. Amante, colaboradora, farsante. El fraude se pone en marcha.

Una vez Welles ha poseído el material de Reichenbach el concepto de documental queda obsoleto. Elmyr e Irving se transforman en secundarios de su propia historia, piezas de choque para apelar con ideología y conceptos subversivos contra las nociones de “experto” y contra la mercantilización del arte, el mercado del arte, en resumen y la propia noción de autoría. La película tampoco es un ensayo, aunque tal vez si sea una experiencia con el montaje, que diría Josef Von Sternberg.

El montaje es el lenguaje privado del cine, es, de hecho, lo único propio que tiene el cine. Todo lo demás se lo ha robado a otras artes. Ese es el cine: un ladrón, un fraude. Y el montaje es su timo perfecto, la gran manipulación de la realidad, que se deforma y se convierte en lo que queremos que sea. A toda velocidad, sincopada y entrecortada, como una canción pop, “Fraude”, experiencia de montaje y verdad, es un collage que circula por la historia. Esta, como en los libros de Greil Marcus no es un continuo, sino una serie de interconexiones y asociaciones que violentan el espacio-tiempo. Las imágenes establecen diálogos impremeditados las unas con las otras, comunican, comentan, contradicen conforman, junto a la ironía y las reflexiones, un metatexto, una metapelícula que se comenta a sí misma. Y las imágenes son cierta verdad, pero el mentiroso puede hacer, a veces, que estas digan lo que él quiere.

Fraude” se parece más a un truco de magia que gravita entorno a un Orson Welles planetario. Welles, que entra y sale, objeto y sujeto, dice mira a un lado mientras trastea en el otro. Nos interpela directamente, nos desvela la mecánica del truco…pero solo hasta cierto punto, solo para distraernos y hacernos mirar hacia otro lado. El escenario se disuelve, el fraude se disuelve, los protagonistas se disuelven. Entonces, una catedral: las meditaciones. Al menos eso es real, al menos eso existe; lo hemos dejado atrás y es verdad, y si es verdad, tal vez sea arte. Y entonces, una historia. Picasso en la Costa Azul y una joven, Oja, y unas pinturas eróticas y un pacto; luego París, la exposición y Picasso furioso: no son sus pinturas, son falsas. Las pintó el mayor artista desconocido del Siglo: el abuelo de Oja.

El escenario es solo una bruma, Welles y Oja interpretan los papeles, el relato domina. Todo es fraude, no hay Picasso ni hay abuelo, no hay banda, como en el Club Silencio de Mullholland Drive. Pero ha pasado, delante nuestro ha pasado y es mentira, así que tal vez sea arte. No es un ensayo, decía, tal vez, mejor, sea un reflexión o una meditación. Welles habla de su tema favorito: Welles.

El demiurgo y el farsante. Falstaff interpretando a un Rey, pero Falstaff al final del día. ¿Pero es este Orson Welles…Orson Welles? La imagen, otra vez, la proyección desde la pantalla al imaginario popular: Welles gargantuesco, juguetón, ordenando un bistec sobre los restos mortales de una descomunal langosta; el filósofo que mira un culo al pasar, el cineasta melancólico, el Shakespeare del Medio Oeste, el mago creador de simulacros.

-Es hermoso…pero ¿es Arte?”, se pregunta irónico el artista. ¿Y cómo se mide? ¿Y quién? Tal vez el crimen sea el verdadero arte. Por eso los surrealistas veneraban a Fantomas, artista total. El criminal expone todo en su acto, no puede fallarlo ni ser descubierto. En eso se parece al mago, pero el de este es un crimen de mentira, un fraude de crimen, la idea del mismo. Welles, que fue capaz de embaucar a una nación con el fin del mundo conocido fue un mago que se soñó criminal… o tal vez fue al revés. El mejor de los farsantes, en todo caso: todo lo que salía de su ojo era verdad, en especial aquello que era mentira.

Epílogo:

En 1976, con objeto de su estreno en cines de los Estados Unidos, Orson Welles regresó al lugar del crimen: las imágenes de Fraude. Acompañado de Oda Kojar y Gary Graver (a veces Robert McCallum), director de fotografía y cineasta menos que B, quien ya se había encargado de la fotografía norteamericana de la película original. El exordio, que nunca llegó a verse en cines, consistía en un cortometraje de cerca de nueve minutos sintetizando/parodiando Fraude con modos de escandalosa publicidad de cine barato. No era un tráiler, era la estafa de uno.

Welles, en voz over, intercambiaba rápidas réplicas con Graver que interpretaba a una suerte de presentador de televisión, si bien rebelaba en confidencia al espectador lo artificioso de todo aquello. El tráiler es una elaborada broma, un engaño para hablar del engaño que sustancia así el tema central de Fraude: la danza entre lo falso y lo auténtico. En él, en sus imágenes fragmentarias y chillonas, Orson Welles habla de un objeto real en términos engañosos. Manipula, falsea, intercala imágenes casi subliminales, usa en su beneficio términos y nombres escandalosos asociado mediante interesados paralelismos… Howard Hughes, Picasso, dinero, UFOs, un tigre, desnudos a mansalva. Medias verdades y medias mentiras, engaños completos que son, paradoja, auténticos. Otra vez el truco, la distracción del mago.

Pero, lo cierto es que el tráiler mentiroso era igual de fraudulento que la película que, se suponía, promocionaba. En consecuencia, era plenamente honesto… igual también que la película: te voy a engañar, decía; y lo hacía, cumplía. Replicaba, además, la dinámica celebrativa del largometraje, con su rítmico montaje, su frenesí de imágenes de origen disparatado homologadas por la mano del artista. Los apenas nueva minutos del tráiler encapsulan en vitalismo y la melancolía de Fraude, su sentido lúdico de la existencia y sus preocupaciones no por contar la verdad, sino por ser real, por ser honesto con el arte y con el espectador del mismo; ese que quiere ser engañado con estilo, recibiendo algo nuevo y excitante, algo inesperado.

Epílogo al epílogo:

El tráiler original fabricado por Orson Welles nunca llegó a ser proyectado y la impresión original se perdió. Pero existía una serie de copias en blanco y negro que el estudioso Joseph McBride había encargado tras proyectar el original en su seminario en los 70. Una de ellas, pasó de las manos de McBride a las de Graver y de esta a las de Oja Kodar, que la llevó al Munich Film Museum. El museo se encargó de reconstruir el original a partir de esta copia y diversos trozos de tomas descartadas en color. El resultado final es una réplica del original, una falsificación digna de Elmyr de Hory. Fraude completa el círculo, el punch line del chiste, el prestigio del truco.

Texto publicado originalmente en el libro El Universo de Orson Welles ( Notorious)

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