Dios en el paisaje: Ropa Negra

En un momento de Ropa negra, el joven Daniel le pregunta al padre Laforgue por qué sigue empeñándose en evangelizar a los indios. “Ellos creen que los muertos se levantan por las noches en el bosque y cazan los espíritus de los animales”, le dice Daniel. “Eso es infantil”, replica Laforgue. “No más que creer en la felicidad eterna mirando el rostro de Dios”, concluye Daniel. El padre Laforgue no tiene respuesta. Mueve la cabeza y dirige su mirada hacia el horizonte. Bruce Beresford rompe con la planificación anterior y enmarca a Laforgue en un plano general estático donde el personaje mira y es mirado; y al tiempo acogido por la inmensidad de la naturaleza: el gran río, el bosque, las montañas…Todas estaban allí antes y seguirán mucho después de Laforgue y de las tribus del Canadá. Beresford parece responder en esas imágenes a la angustia de lo espiritual. Dios está en el paisaje. Es un tipo de planificación que Beresford repetirá, en especial cuando introduzca el relato del pasado del cura en Francia. Una gran plano de la partida cruzando el río se fundirá con un amplio plano del interior de una catedral. Los espacios se homologan, así como su cualidad religiosa, mística.

El bosque mismo es identificado con una iglesia, con Laforgue encontrando en ambos a un amigo o un guía. En Francia, más joven, ve el ejemplo de un misionero que en el Canadá fue torturado. Su oreja quemada, sus dedos amputados. Su deseo es volver, recolectar las almas de los salvajes. Ropa Negra, a través de la experiencia ejemplar de Laforgue iguala la iluminación religiosa y el masoquismo. Es un aspecto todavía más explorado en la excelente novela de Brian Moore que adapta él mismo al guion y que Beresford conserva de modo riguroso, fidedigno. Laforgue y los curas franceses son arrogantes, narcisistas, de una seguridad en sí mismos ofensiva. Cuando uno de los indios de la partida que lleva a Laforgue le pregunta sí en su paraíso hay tabaco y mujeres este responde que no, que con estar en la presencia de Dios ya serán felices. Los indios rezongan.

Beresford extiende esto a las dos culturas en conflicto, comparando sus costumbres y rituales. La conclusión no las hace muy distintas. El encuentro entre Chomina, el líder del grupo algonquino, y Champlain, el comandante del asentamiento francés, sintetiza esta técnica: ambos se visten con sus mejores galas, les acompaña la música y los bailes, mezclado todo a través del montaje, situado en un plano de igualdad. Las dos culturas se rigen por protocolos, costumbres que no logran reconocerse pese a sus similitudes. Los dos creen que los otros son los salvajes. Beresford trabaja de continuo en esta oposición, en esta dicotomía, y observa, sin intervenir. En la época de Bailando con lobos y El último mohicano, su ojo es etológico, antiromántico. La violencia es despojada, seca, brutal. Pese a rebajar elementos –el peso de la sexualidad o la violencia ritual, incluyendo canibalismo- la película trabaja sobre la misma esencia escatológica que la novela de Moore; es decir, su estudio de la cosas finales, de las realidades últimas.

El sueño es más real que la muerte”, dice uno de los algonquinos. Por eso no pueden permitirse olvidarlo o cambiarlo por una religión que no significa nada para ellos. Laforgue, por su parte, está obsesionado con una muerte de santo, con el martirio. Cuando son capturados por una tribu de iroqueses, la idea de ser torturado le complace; en ella encontrará una realización, una ascensión. Es una fantasía en la cual encuentra placer, un egoísmo casi infantil. Cuando finalmente llega a la misión de los hurones donde está destinado encuentra un pueblo devastado por la enfermedad y un solo cura, viejo y moribundo. Las dudas que por entonces tiene Laforgue no quedan tan bien expresadas como en la novela. Beresford no termina por lograr un modo tan preciso como en de Moore para expresarlas, pero al menos nunca traiciona las limitaciones formales que se ha dado a sí mismo. La película siempre es concisa, lacónica, austera. Su efectividad, como en otras de sus mejores películas descansa en la eficiencia del montaje, en lo abrupto y en la despreocupación por parecer pulido, prefiriendo mostrarse tosca y real. Esto se extiendo desde los movimientos de cámara, notorios cuando suceden, a la controlada gestualidad de los actores.

Laforgue termina solo su viaje, en el lugar donde quería estar, pero para darse cuenta de que no se parece nada a aquello que pensaba sería. La propia imagen contrarromántica de la película sintetiza esta decepción. El viejo padre apremia a Laforgue para que bautice a los hurones mientras estos crean que el ritual les curara. Laforgue cuestiona si no hay que convencerlos antes. El viejo le mira igual de perplejo que él mismo había mirado a Daniel. Cuando el jefe de los hurones le pregunta si el bautismo va a curar la fiebre, Laforgue contesta que no. Los hurones decidirán bautizarse, incluso sabiendo que este es su final porque van a renunciar al sueño. Laforgue lo sabe también y cumple su cometido entre lágrimas.

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