¿Dónde estuvo la vanguardia?: un libro sobre Tono.


Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo han sacado hace nada, o por fin, su libro sobre La Codorniz que es un poco el estuario donde han ido a parar todos sus esfuerzos por contar esa otra cultura española. Aguilar, en solitario, habló de Neville a través de tres sainetes criminales hace ya años, también de José Santugini, y Rafael Azcona. Luego y a la vez, juntos ya, se pusieron a los celuloides rancios, a los bigotes para dos y a las victimas del vicio. Hace nada, en 2018, sacaron un precioso libro sobre Conchita Montes, musa, actriz, codornicista. Atomizaciones todas de esa obra final, concluyente.

En todos, Antonio de Lara, en arte Tono, era el secundario memorable. El sidekick del héroe en esta parahistoria de la españolada, ya fuera el héroe Edgar Neville o Miguel Mihura, de quien aquí se pormenorizan no solo sus colaboraciones, sino las vivenes de su amistad, at ravés de los cuales se dibujan los particulares caracteres de ambos; su manera de mirar y estar en el mundo. La de Tono es la de amoldarse, la de fluctuar y hacer recortes a la realidad triste, para dejarla pasar de largo y sustituirla por otra propia. Humor de volutas de ingenio, que dicen. Tono disloca le mundo y las palabras que lo nombran revelando en ello el absurdo casi dadaista de la convención. Sus armas son el desplazamiento semántico, la literalidad, la paradoja y, como en otros caso de la Otra Generación del 27, la deshumanización del objeto humorístico.

Aguilar y Cabrerizo se acompañan en Tono. Un humorista de vanguardia de la estudiosa Gema Fernádez Hoya y se empeñan, en el proceso de contar la vida del humorista en contar la de un país en mitad de un siglo convulso. Tono pasa a primer plano esta vez, protagonista de la historia, particular y general de aquella vanguardia que se pensó cosmopolita y que quiso reinventar el casticismo. Se le repasa de nacimiento a muerte, formación, esplendor y decadencia caníbal; aunque caníbal lo fue siempre porque era, también, un pícaro; como un Vázquez elegante.

Tono quiso ser pintor y dio en humorista gráfico, de trazo progresivamente esencial y domicilio en París. El libro incluye una galería donde se aprecia la mutación del art deco de los años 20 a las formas redondeadas, icónicas y algo grotescas, llenas de perspectivas inclinadas de los 30 ya en Gutierrez, la proto-Codorniz, o el semanario La ametralladora, donde fue instrumental a la hora de transmutar un panfleto de exaltación del bando nacional en una mina de humorismo absurdo. A la guerra llegaron desde los años del oropel del Hollywood español, donde desembarcó junto a López-Rubio por mediación de Edgar Neville, con la misión de adaptar guiones al español y ejercer de gagman. Más que nada, Tono se pegó allí la gran vida.

La Guerra Civil disgrego a la Otra Generación en un primer momento y pese a que en la mayoría, con excepciones como Enrique Herreros, K-Hito o el jovencísimo Álvaro de La Iglesia, el compromiso político-ideológico era escaso, terminaron por reunirse en San Sebastián, que era a decir de Agustín de Foxá “Madrid al borde del mar”. Arropados por el bando fascista y trabajando en La ametralladora Neville, Mihura y Tono dan forma a lo que será La Codorniz, naciendo en semejantes y paradójicas circunstancias el mayor órgano de impugnación de la grisura del franquismo.

Tras la guerra, Tono emprende, solo o en compañía de Mihura (o de otros como Enrique Llovet en los 40) hasta que se enfadan por cuestiones de derechos y adaptaciones, el camino de la comediografía. Va postergando el dibujo y acumulando éxitos en piezas paradójicas, muchas al servicio de la mítica Isabel Garcés. Tal vez tuvo más éxito que la mayoría de sus compañeros en relación a su notable volumen de producción, pero es menos recordado que ninguno. Se debe a que Tono cultiva lo efímero. Sus obritas, funciones, como las llamaban, son más receptáculos de frases ingeniosas un tras otra que estructuras teatrales como tal. A Tono eso le da más bien lo mismo. Lo sacrifica por la fugacidad del ingenio, por el golpe de risa y por ello, muchas veces, recurre ala parodia de éxitos del momento, en especial los cinematográficos.

Fue pronto reclamado como guionista, para animar libretos macilentos más que anda, pero fue capaz de dar la medida de sí mismo, de lo que escondía y no le gustaba mostrar, esto es, un talento rotundo, en trabajos como Barrio; una impresionante adaptación del Monsieur Hire de George Simenon que Ladislao Vajda rodaría (por duplicado) en Portugal. Pero Tono prefería lo otro, El dislate, la dislocación de la realidad o, más bien, exprimirla hasta sus últimas consecuencias, hasta que se volviera una abstracción humorística. Dirigió también claro, aunque sus rodajes, según contaba Alfonso Sánchez, eran sesiones de siesta y futbolín. La más memorable fue Una habitación para tares, según su propio éxito teatral Guillermo Hotel y una de las comedias más singulares del cine español, un Hellzapoppin castizo.

Aguilar y Cabrerizo, junto a Gema Fernández-Hoya, rastrean al todo Tono, lo sacan de su propia oscuridad voluntaria, de su personaje de animador de tertulias y genio de lo inmediato arpa descubrir una de las fuerzas motoras de toda aquella vanguardia que fue entrecortada. Tono hizo de todo, dibujó, escribió y se inventó recursos abusados luego, diseñó figuritas recortables o coloreables para niños que se vendieron en todo el mundo, trabajó en la trastienda de todo lo que hizo aquella España más habitable y, como Neville, arrastró siempre una melancolía; tal vez la de aquellos que estando en el lado de los que ganan, sabían que también habían perdido.

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