El orden restaurado: The Tattooed Stranger

 

Horizonte urbano

«Entre 1947 y 1948 la Universal llevó sus cámaras a las calles de Nueva York para rodar La ciudad desnuda (The Naked City, Jules Dassin, 1948), un policial semi-documental sobre la caza del asesino de una mujer joven. En el año 1949, con lo que parece un puñado de dólares, la RKO cogió a un reparto de desconocidos, los puso en los exteriores e interiores de Nueva York y produjo la ganga El extraño del tatuaje. Al igual que en su predecesora la verdadera estrella la película es la ciudad de Nueva York, con todos sus defectos. En su emparejamiento entre un joven detective inexperto junto con un profesional veterano y astuto, El extraño del tatuaje nos adentra en un Nueva York de comisarías, sótanos del hospital, solares vacíos, apartamentos de alquiler, un salón de tatuajes Bowery y un restaurantucho grasiento (hígado y cebollas por 60 centavos). Muchos de esos lugares fueron pronto barridos por el urbanismo promovido por Robert Moses y su transformación a mediados del siglo del paisaje urbano que terminó con muchos de los barrios más antiguos» (1)

Así, películas tan pequeñas como esta, ocultas durante mucho tiempo porque su propia naturaleza indicaba que no eran más que excedentes de producción, restos de serie desechables, ofrecen, además de un despreocupado entretenimiento de una hora, un inesperado vistazo al pasado, una serie de fotografías en movimiento que reproducen, estilizada por la capa de ficción, la realidad como fue; una realidad quizás superficial, puramente testimonial, estética, de lugares y apariencias, pero a la vez singular, exacta, literal.

El extraño de tatuaje con su necesidad convertida en virtud, retrata un Nueva York vívido, de afilado naturalismo, muy por encima de su mínima historia de policías abnegados, capturado casi siempre a plena luz del día y en localizaciones ajenas a lo decorativo pero de gran impacto paisajístico. Es como una ciudad oculta, un Nueva York que no es de película que de alguna manera impremeditada se ha colado en una película y que con su mixtura de belleza cruda y fealdad orgullosa la coloca, vista hoy, muy por encima de su posibilidades reales. A excepción de una secuencia de interiores, que tiene lugar en los intestinos de una morgue, fotografiada y filmada en estilo noir, es decir mediante claroscuro expresionista, todo el metraje es luminoso y directo, aunque nunca ramplón ni pedestre.

La ciudad está capturada, no sé si por Edward Montague, su director y responsable un año más tarde de un curioso noir paranoico, The Man whith My Face, o por el veterano operador William Steiner, quien llevaba desde el silente trabajando con la luz en blanco y negro, con un asombros ojo de fotógrafo. Como si ambos fuesen conscientes de que el increíble fondo era mucho más poderoso que el drama que se desarrollaba sobre él privilegian los espacios, el horizonte urbano, mediante el tipo de encuadre y la luz natural que resalta los edificios y la profundidad casi como si fuesen portadas de alguna edición imaginaria de Life.

Hay un belleza genuinamente norteamericana en esta película tan pequeña que la hace especial, digna de ser desenterrada de entre todo el escombro cinematográfico que todavía se apila producto de una época de fabricación industrial y masiva, también entusiasta. Un tipo de material que nadie puede decir que sean imprescindible ni memorables, quizás la mayoría ni tan siquiera sean buenas, pero tiene algo; son como esas canciones de grupos perdidos que primero Elektra y luego Rhino se dedica en recopilar bajo el sello Nuggets (pepitas de algún metal precioso), trallazos de música sixties por completo oscuros, solo pequeñas canciones que ya no importan a nadie excepto a los adoradores de la cultura popular de los márgenes, como estos títulos B y menos que B son solo pequeñas películas solo importan a esos mismos tipos devotos de los mínimo, de que quedó tirado por el camino y ahora es un tesoro, maltrecho quizás, medio abollado, pero reluciente en alguna de su partes: como una pepita de oro sucia.

CSI Nueva York 1950

El extraño del tatuaje no es noir, aunque quizás se pueda decir que contiene un noir. La historia de la víctima y su asesino, una historia de chantajes, personalidades múltiples y venganza si posee el fatalismo de lo noir, pero no es, en realidad, la protagonista del film, solamente una advertencia de que el mundo ahí fuera es negro y peligroso, lleno de peligros y que el mal no lo lleva escrito en el rostro, ni siquiera tatuado en el dorso de una mano. Una de las decisiones más audaces de esta película es la de dejar los rostros de víctima y asesino, ambos criminales, fuera de plana, en off. Son al tiempo entes físicos, concretos, y abstractos, estilizados pero terriblemente familiares. Cuando al final del metraje el villano haya sido abatido un joven policía de uniforme exclamará que aquel hombre se parece a alguien que conoce; «-Siempre lo parecen», responderá otro policía, ya veterano.

La película de Montague se centra en los hombres que contienen lo noir, los que combaten el fatalismo, la inestabilidad y la intranquilidad; las perturbaciones de la realidad producidas por la presencia de la debilidad humana o de los abismos morales del mal. El extraño del tatuaje es un policial procedimental que despliega todo un muestrario de habilidades y tecnologías puestas al servicio del statuo quo. Un policial pre-Ed McBain y sus novelas del Distrito 87 nacidas a mediados del década, en 1956 con Cop Hater –adaptada un par de años después por William Berke en una microproducción independiente neoyorquina de notable aspereza-, con lo cual sus agentes son de una sola pieza, definidos por su oficio, sin dudas, sin amarguras, sin pesos sobre la conciencia, ni tortuosas tentaciones, lejos de lo humano, por lo tanto, de lo débil, de lo noir, y cerca de lo ideal, de lo tranquilizador. La psicología (posible) de sus personajes protagonistas se elide porque no se necesita, no es parte de la ecuación. Los guardianes no deben tener dudas, son minuciosos y abnegados y su único objetivo es completar el caso. Eso no significa que no estén descritos con humanidad. No son robóticos, pero son unidimensionales: su profesionalidad y sus acciones son lo que los definen.

El extraño del tatuaje es una de esas películas que mandan un mensaje, simple y claro a los espectadores, más allá de entretenerlos durante una hora: el crimen paga. Los hombres de la ley con sus sofisticados medios y su total dedicación guardan nuestras ciudades, protegen nuestras vidas y nuestras posesiones, garantizan nuestra tranquilidad y mantienen lo noir fuera de nuestra vista, para que no nos toque con su petróleo moral. Para el espectador el noir introduce la inquietud, agrieta la tranquilidad, lo confronta con un mundo y un aspecto de si mismo que es mejor negar; el policial, en cambio, restituye el orden, le da sentido al caos, otorga paz (o su espejismo) y permite dormir tranquilo.

Escribía Jorge Alonso en el Número 0 de la Revista Neville, editada por el Centro de Interpretación del Cine de Asturias (CICA) que «ver, o leer, cómo se detiene al asesino puede y suele provocar una sensación placentera, una suave marea de satisfacción. Saber cuáles son los pasos que se han dado hasta llegar a ese momento provoca algo más, plenitud, tranquilidad, sabiduría. No ha sido casualidad, no ha sido pura suerte, ha sido método. Ha sido ciencia, no opinión». Por eso cincuenta años después el procedimental continua funcionando y por eso la franquicia CSI y sus mil imitaciones y derivados nos atrapan durante, más o menos, el mismo tiempo que estos precedentes de la narración comprimida de la televisión que representan minipelículas como El extraño del tatuaje. Su envoltorio actual es, claro, más sofisticado y lo noir, de algún modo, más amenazador. La representación del crimen y sus consecuencias es igual de minuciosa y espectacular que el modo y técnicas para resolverla; porque se resuelve y todo vuelve a cómo debe de ser, y, durante una hora, el mundo tiene sentido y todo está en orden.

(1) Film Noir Of The Week (http://www.noiroftheweek.com/)

Este texto apareció acompañando a la edición de la película en DVD

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. bishop2 dice:

    Hace unos años comenté con bastante acritud una crítica tuya sobre una película francesa del los setenta. Pasada mi rabieta, dediqué algún tiempo a pasear por tu página, y hoy, al volver a ella, la añado a la linkoteca de mi pequeño blog, por una razón muy simple: tu blog está lleno de pasión, pasión por la belleza del cine. Un saludo 🙂

    1. Pues muchas gracias por volver!

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