Saturnalia 1930: Madam Satan

“¿Le gustan calientes? Muy bien ¡pues le daré un volcán”

El argumento de Madam Satan, de puro simple, contrasta con mayor fuerza con la alucinada mixtura genérica que lo circunda. Lo uno presenta una comedia de costumbres eróticas (vertiente matrimonio en crisis) típica de los 30, con marido calavera  y esposa burlada que decide darle una lección a este en forma de sofisticada venganza. Pero lo otro no se queda estancado en el enredo más o menos romántico, sino que avanza, a volatines, entre el melodrama, el musical y el cine de catástrofes que incluso derivará al absurdo cuando los millonarios lluevan sobre Nueva York.  Todo ello, por otra parte, coherente con la feliz indefinición genérica  del periodo.

La película se desliza demasiado lentamente en su primera mitad. Parece estática, con los actores en un registro repelente y el humor y la trama interrumpida por melifluos arrebatos canoros. Estos no parecen tener mayor objeto que usar el nuevo invento del sonoro, que aun no había descubierto el silencio y sentía la necesidad de pionero por rellenar cada espacio posible. Lo que ocurre es que ya nada de esto importa cuando se abre el segundo acto. Es lo que los anglos llaman el “payoff”: la recompensa. Madam Satan, sin duda, le da al paciente que ha vadeado una hora de intrascendencia otra de delirio en estado purísimo, donde se fusiona la irrefrenable querencia por el exceso de Cecil B. DeMille y el gusto y el talento del modisto Adrian, diseñador de vestuario que en gran medida creo la imagen mítica, inalcanzable y estelar de la MGM.

La teatralidad de la referida primera parte no es negada, sino que transmuta en exaltación del artificio con el teatro más loco del mundo sirviendo de escenario: un zeppelín. El epítome y corolario de la modernidad más extravagante se fusiona con una bacanal plagada de referencias paganas. Los (falsos) exteriores y la imaginería futurista, equiparable al musical de ciencia ficción especulativa Just Imagine (David Butler, 1930) producido por la Fox en el mismo año, parecen extraídos de una portada de algún magazin pulp fantacientífico donde la electricidad, que aparece corporeizada en una número de baile, es la más nueva de las deidades.

El vestuario de Adrian, la excusa es un baile de disfraces, hace parecer todo una colorista reunión de superhéroes avant la lettre que combinado con las tomas largas de Cecil B. DeMille destinadas a capturar la grandiosidad del espacio y el movimiento de sus ocupantes, convierte la pantalla en un carnaval imposible que es una fuga completa de la realidad. Una celebración de la elegancia, la extravagancia y el hedonismo que el cineasta llena de sus habituales elementos erotómanos, fetichistas y kitsch.

Y sobre todo ello reina Madam Satan, el alter ego oscuro, el reverso sexual de la protagonista, encarnada para mayor ironía por la etérea Kay Johnson, imagen de la perfecta esposa, en un traje de vamp definitiva que parece le hayan cosido encima. Fugada (de nuevo) de la portada de un pulp o de alguna biblia de Tijuana, subvierte la previa (y clásica) dicotomía entre la morena tentadora (Lillian Roth) y la rubia virtuosa (Kay Johnson): la amante y la esposa, la tentación y la seguridad. 

Madam Satan es la tentación absoluta, el colmo de la sofisticación y la depravación…como si el exterior de la buena esposa hubiese sido colonizado por su más secreto interior. Y como si toda esa tensión erótica fuese algo en verdad insoportable, que se traslada de la situación a los personajes y de estos a una escenografía, el zeppelín, que ya no puede soportarla y se rompe. Pero el delirio, incluso en 1930 tiene un límite y DeMille, perverso como era, también era conservador y la película se pliega sobre sí misma. Tras todo el barullo y la travesura, tras asomarse a la fantasía y el peligro, la pareja regresa al statu quo inicial, a la cómoda felicidad matrimonial…si bien sabiendo que Madam Satan late bajo la superficie.

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