Western extravaganza: El bueno, el malo y el raro. Encuentros con entidades asiáticas para Ultramundo

Incursión “ultramundera” destinada a dar cuenta de El bueno, el malo y el raro, un trabajo tan estrafalario como incongruente, reimaginación aventurera del spaghetti-western (o así), que si bien habla claramente del poderío industrial del cine surcoreano también expone algunos de sus peores defectos, como pueden ser su falta de una personalidad verdaderamente específica. En cualquier caso sirve para acercarse a una parte de la filmografía de un director tan inquieto como Kim Ji-woon y comprobar su eclecticismo, capaz lo mismo de fuegos artificiales como los de esta película o de vigorosos acercamientos a thriller absorbente y visceral como el que realiza en su última película estrenada, la feroz I saw the devil: El bueno, el malo y el raro

“(…)Es esa misma capacidad para la caricatura y el estupor la que emplea en El bueno, el feo y el raro; su variante sobre el justamente legendario Tuco de Eli Wallach roba sin problemas la película, incluso sin la necesidad de ese background siniestro que el director se empeña en colocarlo  que no revelaré pero que resulta por completo extemporáneo e innecesario, ya que si bien tiene la intención de relacionar a los tres personajes principales en el pasado no se da cuenta de que la creación de arquetipos, de iconos, funciona mejor cuanto más desnudos son estos, cuando se codifican a partir de elementos exteriores y no desde conflictos dramáticos. Precisamente esta es la razón del brillante funcionamiento del primer tercio del film (eso y su mágica puesta en escena, de una agilidad pasmosa y que ya muestra una de las grandes bazas de Kim Ji-woon como realizador: su dominio de los espacios), no conocemos nada de los personajes más que su manera de vestir, moverse y matar, están decantados a la esencia, estilizados al máximo y es de sus presencias físicas de las que emana cualquier otra dimensión de la película y de esta manera si se logra una cierta reminiscencia a las claves del spaghetti-western en particular y de la ficción pulp en general. Volviendo por un momento atrás en el tiempo otra vez, esta estilización genérica ya la encontramos aplicada sobre el thriller en la cinta anterior del coreano, la interesante A bittersweet life (2005), una mixtura -la bastardía parece ser una de las marcas personales del cine del país durante esta década, lo cual si establece un válido vínculo mediterráneo al igual que la tendencia oriental al exploit y la imitación de formulas de éxito con modos de filón (…)” (continuar)

(…)“Desgraciadamente esta coda, alargadísima encima, se revela como la peor parte de todo el invento llegando a unos niveles de desfachatez y de “tomar el nombre de Leone en vano” auténticamente intolerables. Ya que si bien es cierto que toda la trama está espolvoreada con citas más o menos veladas a la filmografía del maestro italiano y que aparecen casi sistemáticamente momentos puntuales que remedan pasajes concretos de El bueno, el feo y el malo a su manera, la mayoría está revestidos de cierto gracejo (Song Kang-ho cubriéndose con un buzo de plomo durante un tiroteo parodiando la armadura que Eastwood utilizaba en el clímax de Por un puñado de dólares) que los convierte en guiños cariñosos que suman ese referente del western all’italiana al gran decoupage que es la película en si.

Un artificio tan excesivo como inofensivo, un bolsilibro pasado de rosca y presupuesto, liviano y verbenero, menos divertido y trepidante de lo que pretende y definitivamente agotador. La cita no se detiene en el spaghetti-western, del cual por cierto toma bien pocos elementos al final, ni del de Leone ni del de sus epígonos o paralelos, aunque no falten referencias más o menos veladas a Yo soy la revolución (Damiano Damiani, 1968) o El halcón y la presa (Sergio Sollima)-1967- por ejemplo, a través de escenarios -el tren, magníficamente empleado como escenografía durante el primer tercio, prodigio de empleo creativo del espacio y de puesta en escena que encadena travellings adelante y atrás por los pasillos, panorámicas exteriores, y movimientos horizontales para dar una constante sensación de estrechez, velocidad y linealidad, solo rota durante la huída de “el raro” momento en el que la cámara rompe el eje para seguirlo alejándose del espacio principal, y que además permiten a su realizador alardes tales como que un frenazo provoque una caída que a su vez provoca un tiroteo filmado subjetivamente, es decir, con la cámara acompañando la posición de un tirador cuyas balas recorren un vagón del suelo al techo acribillando oponentes- y caracterizaciones/relaciones entre los personajes -“el bueno” y “el raro” son tan dependientes de Eastwood y Wallach como del cazador de recompensas Corbett encarnado por Van Cleef y el memorable “Cuchillo” Sánchez creación del cubano Tomás Milian-. Pero carece del peculiar tempo interno, su propia interpretación del japonés, del genio romano, una sintaxis nueva que es el logro mayúsculo de su cine, en la que el valor del plano y su duración no dependen nunca de la lógica anterior, sino de una nueva que convierte lo accesorio en material eterno (la secuencia prólogo de Hasta que llego su hora es el ejemplo absoluto) y lo sustancial en fogonazo.” (continuar)

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