De campo y de ciudad: The Gamekeeper/Looks and Smiles (Loach 80-81)

 

A la altura de 1980 la asociación entre el novelista Barry Hines y el director Ken Loach no solo funcionaba con precisión de quien conoce al otro como a uno mismo, sino que se había convertido en la crónica en directo de la caída del laborismo y al auge de un nuevo conservadurismo, implacable, despiadado, en la forma humanoide de Margaret Thatcher. La traición laborista, el desastroso gobierno de James Callaghan y el célebre Invierno del descontento, donde Gran Bretaña estaba paralizada de punta a punta por todo tipo de huelgas precipitó el definitivo triunfo conservador. La primera acción de Thatcher fue definitiva: el aplastamiento de los Sindicatos y con ellos de la clase trabajadora. No era una derrota política, era un cambio de paradigma, el fin de una clase.

Entre 1969 con Kess y 1981 con Looks and Smiles, Hines y Loach no dejaron de narrar en sus novelas y películas todo el proceso. Antes de The Gamekeeper, ambos habían realizado en 1977 la serie The Price of Coal, ambientada en un pueblo minero de Yorkshire entre los preparativos de una visita real y un accidente fatal en uno de sus pozos. Yorkshire, con sus contrastes rurales y urbanos, sus granjas y grandes cottages y sus pozos mineros es el escenario de la obra de Hines y Loach se pliega ellos, usando el dialecto local, los rostros, los espacios. Yorkshire se convierte en símbolo británico, en pequeño lugar representativo de la realidad declínate del todo.

En relación a Kes, The Gamekeeper es una adaptación gélida, de un objetivismo radical. Tal vez se deba al hecho de haberse rodado en origen para televisión, aunque se comercializase en cines, pero su estilo es frontalmente documentalista. La cámara desaparece, es un ojo vigilante que observa distante. Loach somete  a la novela de Hines a un drenaje dramático. Solo un momento de emoción es permitido cuando el terrier del protagonista se pierde en los túneles de un terraplén y este hace guardia toda la noche junto a ellos, hasta que el perro se acerca lo suficiente para rescatarlo. El resto es un mirar como los profesionales ejercen su profesión, como los hombres se relacionan con otros y como las divisiones de clases interactúan en el microcosmos varado en el tiempo del gran latifundio que son las praderías, bosques y edificaciones, de la pequeña casa de los guardeses a las zonas de trabajo o la enorme mansión principal, solo vista desde fuera.

Hay en esa mirada un profundo sentido de la dignidad, hasta una admiración por la gente que desempeña un trabajo y lo hace bien. Un sentido del cine muy primordial; pero también un análisis sobre los límites de la cultura británica de clases y la aceptación religiosa de los mismos. El guardabosques esta en algún limbo, es una clase de servicio, un recordatorio vigente y al tiempo en permanente trance de desaparición de otro modo de vida. Y su trabajo es extraño, porque no le pertenece. Se pelea con los furtivos por una caza que no es suya y espanta a los niños, y uno de ellos bien podría ser el Billy Casper de Kes, de  unos bosques que cuida para quien los tiene de adorno. Pertenece sin pertenecer, está si estar y es paradójicamente imprescindible en el mantenimiento de un Sistema que no le incluye, que no le tiene en cuenta.

Este ceñirse al guardabosques deja elementos que el parecer están más desarrollados en la novela, y así lo explica Simone Turnbull en su excelente trabajo The portrayal of the working-class and working-classculture in Barry Hines’s novels, como la posición y deberes de sus esposa, que según esta rígida estructura se encuentra todavía más apartada, más abajo. Acotada en unos códigos de ama de casa rural que no han cambiado durante siglos. En cierto modo esta es la sensación con la que uno sale de The Gamekeeper: la película está ambientada en 1980, pero podría estarlo en 1930…o en 1880…y así.

Lo único que parece devolver, y en cierto modo, la película al presente, es otro elemento inducido pero no desarrollado: el sometimiento de la vieja aristocracia, los que poseen la tierra, a la nueva aristocracia, los que mueven el dinero. La montería final lo pone en escena con sutileza, con el lord de turno (de nuevo la novela se extiende en ello y el personaje, un Duque, adquiere cierta relevancia, determinando con su presencia o no los ritmos del trabajo) organizando el día para agasajar a unos advenedizos. Y en ese contexto, con el guardabosques azuzando a la mano de obra contratada para que estos levanten las piezas, el orden social al cual pertenece y su misma alienación quedan definidas con crudeza.

Londres queda muy lejos para los protagonistas de Looks and Smiles. Solo consiguen ir hasta Bristol. Algunos acaban en Belfast y creyendo que están mejor están en realidad mucho peor. Los “troubles”, como los definía el gobierno británico, estaban en plena ebullición y alistarse en el ejército no era una salida tan agradable como los oficiales de reclutamiento hacían parecer; y aún así, al menos, era una salida. Una a medida, cortadas el resto, callejones con una pared de ladrillo al final. Parte del programa thatcherista de sistemática aniquilación de la clase obrera. Las Malvinas, a un año vista.

Looks and Smiles es la última colaboración entre Barry Hines y Ken Loach y la última de otras cosas. Loach reformará su estilo formal después de ella. Lo teleobjetivos, la cámara  a larga distancia de la acción, testigo impasible, se irá acercando, compasiva, cercana, a los personajes cuando retome la narrativa de clase a principios de los 90 con Riff-Raff. Loach está entonces en primera fila, al lado, uno más entre los trabajadores y no solo un observador distante. La autenticidad de ambientes y tipos resulta impresionante, incluso sin planearlo aparece un curioso testimonio del cambio del paradigma entre la música disco y el punk en los clubes nocturnos. Nada parece escenificado o dramatizado debido a esa distancia de foco de la cámara que se mantiene impasible tanto en las escenas de crispación (la pelea de la chica con su madre) y las de ternura (el encuentro frustrante con su padre en Bristol).

Es también su último trabajo en blanco y negro (obra del excelente director de fotografía Chris Menges habitual de su filmografía así como de la de Stephen Frears o Neil Jordan), que da a la imagen de la película un tono inmediato. En ello y en la historia juvenil (un romance, un fracaso, unas esperanzas, un viaje…) recuerda al Bronco Bullfrog, película de culto realizada por Barney Platts-Mills en 1969. Aunque aquella tenía un entusiasmo y un formalismo que si bien era puramente británico en su afán documental se había contaminado del empuje de la nueva ola francesa, a la que llegaba a homenajear  pensando en Godard oTruffaut.

A Loach y Hines, en cambio, parece que ya no les quedaba sitio para el entusiasmo. El final, con el muchacho protagonista de vuelta a la cola del paro en Sheffield, es tan abrupto como solía en el Loach del periodo y todavía más desolador. Tal vez sea la blancura de la imagen. Es como si ya no hubiese nada. La sensación de vacío resulta vertiginosa, como el rosto de Mick, con unos ojos que no miran a ninguna parte. Es eso, el aislamiento de la clase obrera, acorralada en el callejón sin salida. Esa mirada transmite a la perfección el tono de Loach y Hines en los primeros 80. No hay intenciones de caracterización psicológica o de melodrama, solo mirar y retratar esos rostros y esos espacios y dejar que hablen por si mismos a través de una peripecia mínima.

Hines la escribió primero como pieza para televisión en el 78 y luego la reformuló en novela. Durante el proceso la historia social, política y económica del Reino Unido cambió para siempre. En 1981, dos años ya en la entraña del gobierno Thatcher, las energía para pelear se había agotado. “Fue uno de los dos largo que Loach logró completar en los 80. Por comparación con sus trabajos para TV, algunos de los cuales fueron suprimidos debido a su furia y posiciones anti-gubernamentales, Looks and Smiles es amable, enfatizando la desesperación silenciosa sobre la polémica furibunda”, escribe Alex Davidson en sus notas sobre la película para el BFI.

Resulta, por ello, la película menos programática (que no política) del Loach durante el periodo. Sus protagonistas están demasiado lejos de cualquier ideologización, aunque el padre del protagonista le recomiendo no alistarse porque el ejército es el enemigo de la clase obrera. Pero eso es la generación anterior, que todavía tenía algo por lo que luchar, algo que habían logrado y pensaban mantener…aunque no pudieron. Lo hijos heredan los fracasos de los padres y en ellos se diluye la conciencia de clase. Mick no tiene ni para unas entradas de cine para él y su novia. Si en los últimos 50 y los 60 ser joven en Gran Bretaña era un privilegio eso se había acabado; los jóvenes eran los últimos en la cola y lo primeros en el callejón.

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