Milán a toda velocidad: ¡Qué sinvergüenzas son los hombres!

Se alza el telón. Pero este no pertenece a un teatro, sino que es la espartana verja de una tienda. Milán, la ciudad industrial art decó del Norte burgués, es el escenario que vemos a través de la composición que la puerta del comercio forma en el encuadre. La calle y la realidad sublimadas por el protoneorrealismo y la energía moderna (todavía) de las sinfonías urbanas.

Aguilar y Cabrerizo recogen en su cinegrafía sobre Vittorio De Sica  lo que escribía Filippo Scacchi en Il Corriere della Sera: «Es la primera vez que vemos Milán en la pantalla ¿Quién iba a pensar que era tan fotogénica? Camerini ha sabido recoger con fineza extrema algunos momentos inconfundibles  de la fisonomía y el movimiento de Milán y ha logrado, sin aparente esfuerzo, captar todo el color lombardo, su laboriosidad vital». No es una ciudad monumental, sino inmediata. Una ciudad de anuncios (de Coca-Cola señalando ya la penetración USA) y novedades de tiendas y agitación, donde los héroes románticos son jóvenes proletarios.

Giovanni Guareschi escribe en Vida en Familia que «Milán es una ciudad extraordinaria y la única auténticamente viva de las ciudades italianas, porque en ella el elemento dominante es el hombre, el hombre en singular (…) En Milán no hay nada que oprima con su arrogante belleza, con su historia. Ni siquiera en Duomo» La ciudad, en la confluencia de tres talentos capitales, Mario Camerini, Mario Soldati y Vittorio De Sica, es un personaje y un paisaje, un horizonte y un presente. ¡Qué sinvergüenzas son los hombres! podría ser la respuesta italiana al naturalismo vitalista de Gente en domingo, la película realizada en cooperativa por  Robert Siodmak, Edgar G. Ulmer, Curt Siodmak y Fred Zinnemann con Billy Wilder participando en el guión con el fin de trascender mediante el humor, la ternura y la individualidad el molde de la sinfonía urbana.

Es, también y en cierto modo, una proyección mundana  del futurismo de Marinetti que fascinó al fascismo. Bruno, De Sica que se mueve con la gracia de un bailarín, persigue a Mariucia, Lia Franca, en bicicleta a través de la ciudad hasta cruzar la mirada con ella en un tranvía. El “Dinamismo de un ciclista” llevado a la comedia romántico-mundana. Durante toda la secuencia, y en otras tantas en especial aquellas rodas en la bulliciosa Feria de Muestras, la banda sonora fusiona y ritma el fraseo sincopado del jazz con el ruido de la actividad callejera hasta hacer el diálogo ininteligible.

La peripecia de los jóvenes enamorados, llena de capacidad de observación en el detalle, se extiende durante el metraje con los altibajos de rigor. Es una comedia rápida y tierna, moderna en sí misma para una capturar una Italia moderna, urbanita. Camerini sintetiza la fuerza de la máquina –coches, inventos de todo tipo…- y la velocidad, que convierte el presente en un borrón con la belleza de la cotidianidad –los actos repetitivos, los lugares y gestos familiares, el día a día sin afectación- de una clase trabajadora con aspiraciones/frustraciones burguesas.

El comentario social es agridulce, la puesta en escena dinámica y precisa, el montaje vertoviano la interpretación sin artificios, el conjunto pionero, intuitivo y feliz, representa, volviendo a Aguilar y Cabrerizo, la energía de los primeros tiempos del sonoro; los de la invención del lenguaje para un medio que siendo parecido, era muy distinto.

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