“From the blame and the torture and the misery”: Garde à vue, Lino Ventura vs. Michel Serrault. Las fronteras de la verdad, las mentiras de la representación

Did you really think I was a bad man?
You always said that Bad should be my middle name
But you don’t know the half of it
You don’t know how that name fits
You don’t know my hidden shame.
Elvis Costelo para Johnny Cash

Garde à vue (Arresto preventivo)

Director: Claude Miller

Año: 1981

País: Francia

86 min.

Fotografía: Bruno Nuytten

Música: Georges Delerue

Guión: Claude Miller, Jean Herman, Michel Audiard según la novela de John Wainwright Brainwash, 1977

Reparto: Lino Ventura, Michel Serrault, Romy Schneider, Guy Marchand, Didier Agostini, Patrick Depeyrrat, Pierre Maguelon, Annie Miller

Un buen trabajo de Claude Miller, antiguo guionista que incluso fue ayudante del nunca suficientemente bien ponderado François Truffaut y que como director fue una de las grandes esperanzas y renovadores del polar, junto al soberbio Alain Corneau por ejemplo, aunque nunca con la tremenda categoría del firmante de esa obra maestra que es Policía Python 357 (queda prometido que traeré en breve este auténtico antecedente de los filmes policiales actuales de Olivier Marchal), de finales de los 70 y primeros 80, para convertirse al poco en una total decepción como director. Y es que tras La pequeña ladrona, con la que en 1988 resucitó un proyecto de su mentor con arreglo a un intento de reproducción del tono  del propio Truffaut, es mucho más recomendable haberle perdido la pista, hundido en le marasmo de lo más “francés” de la producción francesa.

En cualquier caso Miller deja un par de títulos altamente recomendables, que ya es más de lo que muchos directores de prestigio andan legando por ahí, esta Garde à vue y la extraordinaria Mortelle randonnée (1983), una ejemplar adaptación de uno de mis libros favoritos, La mirada del observador, escrito por el esquivo Marc Bhem. Un libro que fue víctima de otra traslación insultante por parte de Stephan Elliot en 1999 bajo el título Ojos que te acechan, con Ewan McGregor y Ashley Judd, un despropósito que no entendía nada y arruinaba la propia médula del texto; un complejísimo thriller itinerante de terminal romanticismo, sobre un obsesivo y solitario detective apodado “El Ojo” (un Michel Serrault estremecedor) que creé reencontrar a su hija muerta en la persona de una asesina (Isabelle Adjani magnífica cuando aún podía mover los músculos de su bellísimo rostro), hasta el punto de abandonarlo todo para limpiar su huellas y protegerla en la distancia.

Igualmente Arresto preventivo parte de otra novela anglosajona, Brainwash de John Wainwright (y que no he leído, pero al aparecer es la inauguración de una serie dedicada al inspector de policía protagonista, de nombre Lyle) que también fue adaptada por segunda vez a mayor gloria de Morgan Freeman y Gene Hackman, con dirección de Stephen Hopkins en el 2000 como Bajo sospecha (Under Suspicion), una cinta que tampoco he visto pero del que me temo lo peor, especialmente un Hackman con el carrete totalmente suelto y efectismos por doquier. Como curiosidad, señalar que ninguna de las dos usa el título original del libro, un “Lavado de cerebro” que enseña algunas cartas y deja no pocas sugerencias.

Básicamente Garde à vue se levanta sobre el duelo actoral entre Michel Serrault y Lino Ventura (que confieso son mis dos actores franceses favoritos) como acusado e investigador respectivamente, envueltos en un escabroso doble infanticidio con violación. Unos actores cuya sobriedad de estilo revela la inteligencia de la elección para dos papeles en los que era muy fácil pasarse de rosca y buscar el lucimiento.
Así lo que comienza como una interrogatorio rutinario durante la noche de fin de año irá volviéndose más y más complejo y turbio. Un juego, un desafío intelectual y una exhibición de fantasmas reales e imaginario que derivará, por un lado en todo un drama de frustraciones vitales/fracasos personales y por el otro en un oscura inmersión en los mecanismo del control, la percepción, la culpa y los límites de la verdad y su consecución.

Todo ello entremezclándose constantemente a través de los espléndidos diálogos, casi una versión/antecedente a la francesa de David Mamet (milimetrados, rítmicos, siempre significativos pero a la vez ligeros, sin rastro de pedantería y revestidos de ironía), servidos por un terceto de escritores sobresalientes que une nada menos que a Jean Herman (firmante en 1968 de esa obra mayor que es Adiós, amigo) y al dialoguista Michel Audiard (padre del excelente director Jaques Audiard y presencia recurrente del género) con el propio Claude Miller.

El film y esa estupenda dinámica interna que establece, entre la relajación/tensión, el humor negro y el paso de la cotidianeidad a la paranoia, se sostiene en una poderosa sensación de ambigüedad, no solo sobre la resolución de los crímenes sino sobre la asunción de la culpa o de que clase de culpa.(Contra mi costumbre aviso: voy a destripar la película, el que no se quiera enterar que se tape los ojos).De esta manera el personaje de Serrault, que no ha matado a las niñas, aunque todas las pistas están en su contra y su actitud se vaya torciendo poco a poco hasta quebrarse definitivamente (o aparentemente, al menos) con la entrada en escena de su mujer (aunque él antes, ha esquinado el interrogatorio hacia su vida personal y circustancias, giuando al policía hacia una maraña de motivaciones particularmente oscuras), una decadente Romy Schneider que narra a Ventura una resbaladiza historia navideña que involucra a su pequeña sobrina y su marido (visualizada por Miller “subjetivizando” el punto de vista, es decir narrándolo y visualizándolo según la percepción interesada del personaje), Serrault deduce que lo ha contado y confiesa en falso. De esta manera logra físicamente lo que ha estado buscado psicológicamente, un castigo, la purga de un pecado posible, de una vergüenza. Introduciendo una nueva variante sobre quién ha manipulado a quién, sobre si el comisario ha conseguido el culpable que se le exigía y que el previamente había ya asignado o si el abogado se ha sometido a una sesión de exorcismo moral voluntario, si ha obligado a que le saquen una confesión y una condena que no era capaz de administrase a si mismo.

Estilísticamente Miller sortea mejor que bien tanto los peligros de la teatralidad (hay una buen idea respecto a esto y es que el espectador asiste a una doble o incluso triple representación: la película en si y la que los policías realizan para el personaje de Michel Serrault y viceversa), como los de la caída en lo televisivo o lo formulario y no se limita a facturar un “dramático” en base al buen texto que tiene entre manos sino que se esfuerza en conferir dinamismo a la narración. Bien mediante el uso del espacio, bien mediante fugas que airean la trama con un tono naturalista que en ningún modo invalida la abstracción, más bien la potencia. Para lograrlo utilizar una puesta en escena muy inteligente y elaborada, pero también acertadamente “invisible”, es decir, esquivando el barroquismo y encuadrando con sencillez. Con el recurso de relacionar siempre a los actores a través de la planificación, utilizando desplazamientos suaves que introducen personajes en el plano, componiendo de “a tres” o incluso echando mano de espejos para unir dos espacios diferentes en uno solo fílmico. Luego incorpora con cierto criterio flashbacks (con el ingenioso recurso de mostrarlos sin sonido, para potenciar su tono imaginado o recordado), por lo general bien traídos y más descriptivos que narrativos que ayudan a la agilidad del desarrollo y a regatear la posibilidad de fatigar al espectador.

Desde luego no siempre convence, aunque logra mantener esa mencionada y capital ambigüedad durante el apretado metraje y ciertamente su resolución oscila entre lo demoledoramente irónico y lo excesivamente rocambolesco (el asesino se conocerá in extremis y será un personaje que ya ha aparecido fugazmente) que deja un tanto balanceantes algunos de los planteamientos de la trama…pero en cualquier caso, lo dicho, una buena película. Que no es poco.

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