Italia hierve con Fernando Di Leo: Milán Calibre 9/La mala ordina. Estilo, furia y violencia, relecturas del noir, personalizaciones del eurocrimen

Que mejor manera para cerrar este “ciclo Aguilar” que rescatar en una sesión doble (con reseñas algo más breves) a Fernando Di Leo y esa pareja formada por dos rocas como Milán Calibre 9 y Nuestro hombre de Milán (o La mala ordina en su perfecto título italiano) que adaptan, no tanto la obra (ya se verá) como el universo criminal, vital y estético del gran escritor ruso-italiano Giorgio Scerbanenco y que están en el tuétano mismo del imaginario manejado por Aguilar para la construcción de su entretenidísima, muy original en el panorama español y más que recomendable novela, La interferencia.

Lo primero explicar el tema de la adaptación o no; ambas remiten a dos relatos cortos contenidos en la recopilación Milán calibre 9, historias brevísimas de las que Di Leo toma el título o bien le sirven de comienzo. A partir de esto todo lo demás es puramente original y a la vez puramente Scerbanenco. Como curiosidad señalar que La mala ordina parte del cuento titulado Milán calibre 9, sobre la llegada a la ciudad de dos pistoleros con no se sabe que

Apunta ahí. Di Leo dirigiendo a Mario Adorf en Nuestro hombre de Milán

encargo y que portan pistolas de ese calibre número 9, y que por su parte la así titulada adapta con asombrosa fidelidad en sus primeros minutos otro relato, en ese caso sobre un tipo al que recogen en una estación y al momento le comienzan a preguntar (y lo que no es preguntar) por el paradero de un botín que niega constantemente conocer. Di Leo además ya había trabajado sobre una novela de Scerbanenco en 1968 con la interesante y muy olvidada I ragazzi del massacro (1969) sobre el asesinato de una maestra por parte se sus alumnos. Por otra parte el director, que siempre a renegado con razón de la calificación de estos títulos como polizzioteschi, continuó en el género con desigual fortuna. Prolongándolo con acierto en la robusta Il Boss, a mayor gloria de un ultraduro Henry Silva (lo retomaría en su última película del 85 Killer contro killers) como hitman traicionado por la mafia dentro de un film particularmente salvaje y escabroso, y vulgarizándolo a continuación en unos cuantos títulos con el nefasto Luc Merenda entre los que puede salvarse La città sconvolta: caccia spietata ai rapitori (1975), más comúnmente conocida por su título anglo, Kidnap Syndicate.(Tened paciencia, haced como que no veis a Abel Ferrara pintando el ridículo y  al minuto y medio ya está Di Leo dando la clase)

Fernando Di Leo nunca volvió a acercarse (ni siquiera en esa estrafalaria joya que es La bestia uccide a sangue freddo, indescriptible merenguenado de psicopatías sexuales y crímenes sanguinolentos en un sanatorio femenino en el que Klaus Kinski ejerce de psiquiatra, hay es nada) y  a la brillantez, bestialidad en crudo y energía eléctrica que recorren estas dos obras maestras del eurocrimen, dignas de colocarse entre los títulos mayores de los 70, junto al Revolver de Sollima, el Círculo rojo de Melville o el Policia Python 357 de Alain Corneau (en breve, en breve).

Milán calibre 9 (Milano calibre 9)

Año: 1972

País: Italia

100 min.

Fotografía: Franco Villa

Música: Luis Enríquez Bacalov

Guión: Fernando Di Leo según un relato de Giorgio Scerbanenco

Reparto: Gastone Moschin, Barbara Bouchet, Mario Adorf, Frank Wolff, Luigi Pistilli, Ivo Garrani, Philippe Leroy, Lionel Stander, Mario Novelli, Giuseppe CastellanoMilán Calibre 9 cabalga sobre un brutal comienzo, de tal energía que deja aturullado y espantado, diez minutos apoteósicos, que hoy, sencillamente no podrías ser rodados, y desemboca en un tercio final en el que todo es un autentico derroche de fuerza e inteligencia, en el todo encaja y funciona con la naturalidad de lo inevitable con el invitado final de un fatalismo indisociable del género.

Di Leo entrega así una película perfectamente escrita, ambientada e interpretada sobre un delincuente que vuelve a la circulación con un plan, un plan del que no se desviará pase lo que pase y aunque tenga que enfrentarse al nuevo amo, El americano, al que interpreta una figura tan entrañable en el cine de la época como el “blacklisted” Lionel Stander. Representación del nuevo crimen sin código, ni honor

Dirigida del modo más directo posible, logra la perfecta fusión el estilo típicamente chillón del cine popular europeo (al que se añade un toque político en la persona de un subcomisario al que interprete el recurrente Luigi Pistilli, que por su empeño en subrayar solo termina molestando) con una hábil reformulación de los arquetipos del “noir” norteamericano; desde el lacónico protagonista, un inmenso Gastone Moschin derrochando carisma glacial(a quien Di Leo reclutó desde sus papeles de comedia y que terminaría siendo el mítico Don Fanucci de El padrino II,) hasta la “femme fatal” perdularia, a cargo de la belleza francesa Barbara Bouchet, pasando por hombres pelele, amigos de fiar, un gran personaje para Philippe Leroy (uno de los presos de la magistral La evasión de Jacques Becker)  como viejo compañero y profesional de principios que representa a su vez al viejo estilo (el protagonista está entre ambos y en ninguno, es un desclasado, un individualista y un paria que no tiene ya más que su ingenio y templanza), y villanos con un extraño sentido de la admiración como ese Mario Adorf  que parece poseido como frenético y ultraviolento macarra.

Obsesiva, sádica, proteica…. Una historia de honor entre ladrones y voluntad a prueba de balas, que además reflexiona con acierto sobre el cambio de valores sociales incluso entre criminales. Repleta, además, de momentos que se graban a fuego, como ese “mantra” enloquecido con el que Adorf cierra la película. Y es que un camarerito guaperas no merece haber acaba con alguien como Ugo Piazza, el último de una especie.

Nuestro hombre de Milán (La mala ordina)

Año: 1972

País: Italia

95 min.

Fotografía: Franco Villa

Música: Armando Trovajoli

Guión: Fernando Di Leo, Augusto Finocchi e Ingo Hermes según un relato de Giorgio Scerbanenco

Reparto: Henry Silva, Mario Adorf, Sylva Koscina, Adolfo Celi, Woody Strode, Luciana Paluzzi, Franco Fabrizi, Femi Benussi, Gianni Macchia

Nuestro hombre de Milán, no es menos vigorosa, pero es mucho más estilizada. Frente al complejo dispositivo dramático de la precedente, Di Leo apuesta por una anécdota mínima elevada a la categoría de lo épico por mediación de lo absurdo.

Frente a la tormenta que abría Milán Calibre 9, el comienzo de esta es pura calma, puro “cool”. Un despacho lleno de estilo, un sencillo encargo y dos asesinos a cual más elegante y peculiar: Woody Strode y Henry Silva. ¿El encargo?, viajar a Milán, llamar la atención todo lo posible y ejecutar a Luca Canalli. Lo único malo es que Canalli ni sabe por qué, ni tiene nada que ver y aún más no está dispuesto a ponerlo fácil.

Así ese chulo de putas de tercera al que da vida un impresionante (¡impresionante es poco1) Mario Adorf pasará a convertirse en la pieza a cazar en una escalada de salvajismo que ni viéndose se cree. Todo por un pequeño toquecito que pone en movimiento un mecanismo imparable.

Di Leo usa para caracterizar a este personaje protagonista un método, a la vez físico y metafórico muy curioso: la cabeza dura. Si, literal y simbólicamente. Lo segundo porque no piensa dejarse matar de ninguna manera y lo primero porque es su arma defensiva más demoledora. La presentación del personaje será tumbando por el método del cabezazo a un tipo que molesta a una de sus chicas, así se defenderá del primer intento de asesinato (¡que incluye el destrozo de un teléfono!) y así romperá la luna de una furgoneta en la escena más apabullante de la película: una larguísima persecución que se inicia con el atropello y muerte se su esposa (pequeño papel para Sylvia Koscina) e hija y que culmina con la ejecución del asesino por parte de Adorf, entre medias una exhibición de determinación y desesperación nunca vistas, más allá del paroxismo, mas allá de todo.

Paralelamente, hay que recordar que los tres personajes no se encontrarán hasta la batalla final en el desgüace (batalla perdida de antemano porque llegados aquí Luca Canalli funciona por inercia de superviviente), los killers, a los que ciertamente Di Leo debió haber dado más cancha, se dan rápidamente cuenta de que ese tipo no pinta nada y que alguien está engañando a la Organización, pero  un contrato es un contrato y hay que llegar hasta el final

En resumen y sin destripar todavía más el film, La mala ordina apura ese argumento de base en apariencia mínimo para trazar una panorámica del submundo criminal milanés (el centro de operaciones del universo literario de Scerbanenco) a la vez sofisticadísima (hoteles de lujo, bellas guías nocturnas, asesinos profesionales importados….) y bestialmente cutre (putas caducadas, talleres que son tapaderas, matones horteras y chapuceros…), algo así como la estilización ficcional infiltrándose en la vulgaridad cotidiana. En cualquier caso cine adictivo. Cuidado

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