Sumario sangriento de la pequeña Estefanía: el infierno son los otros. El giallo de Tonino Valerii

Tonino Valerii arrimándose por primera y última vez a los linderos del “giallo” desde una óptica, tanto estética como temática, personal y voluntariamente diferenciada de la avalancha “argentoniana”. De igual modo a como lo había hecho en el “spaghetti western” con respecto a su mentor Sergio Leone en esos dos estupendos trabajos que son, la magistral “El día de la ira” y “La muerte de un presidente”, muy original propuesta que reinventa el asesinato de Kennedy el ambiente del oeste italiano.

De tal modo el film, que  más que “giallo” es “gialloesque”, se acerca decididamente a la revisitación del “whodunit” clasicote, con ese final a su manera inolvidable y anacrónico tan a lo Poirot, con el comisario dando la lección a todos los sospechosos reunidos (sorprendente apagón y todo) y dirigiéndose directamente al culpable como “mio caro assassino”, lo que da título original a la película, y utilizando un pequeño espejo encontrado en el lugar donde se produjo el despiadado cautiverio y muerte de la pequeña Estefanía, arma infalible que revela a cada cual su alma verdadera. Valerii trata de marcar la diferencia dentro del género por la vía de realizar una relectura italianizada del “krimi” (similar operación realizó también un año antes Massimo Dallamano en la destacable “¿Qué habéis hecho con Solange?”, cruda intriga sobre abusos y locura que pronto airearé por aquí y que se inspiraba libremente en un libro del mismo Edgar Wallace) que a la vez explicite la virulencia latente en la escuela alemana y aporte una sofisticación diferente y cierta sutileza al “giallo”, sin que ello suponga renuncia a la contundencia sanguinolenta (el asombroso inicio con una decapitación por pala excavadora) y al absurdo de regusto “hitchcockiano” como ese estupendo asesinato a plena luz del día y en la consigna de una abarrotada estación, una de esas escenas de puro imposible que parecen funcionar por arte de magia al estar perfectamente integradas en la propia lógica interna del género.

Toda la película se sustenta en esa tensa dialéctica interna entre la terrible sordidez de la historia (el secuestro y asesinato por inanición de una niña reabierto a raíz del hallazgo del cadáver decapitado por una excavadora del detective que continuaba con la investigación) llena de secretos familiares y vergüenzas inconfesables, y la elegancia de una puesta en escena de agradecido clasicismo (casi) por completo ajena a las modas estéticas de la época. El enguantado asesino sigue las pesquisas del protagonista limpiando sus propias huellas y ultimando explícitamente a todos los personajes que sirven de pista en emocionantes secuencias en plano subjetivo, ese recurso fascinante y perverso que nos convierte en matarifes, entre horrorizados y complacidos (especial mención para la barrabasada radial en mano que termina con la estupenda Patty Shepard) y el director mantiene a raya en lo posible el espíritu tramposo del género (el espectador avisado no tendrá mayor problema en descubrir al culpable y no se busca marear gratuitamente más de lo estrictamente necesario) y aguza la metáfora en la constante vuelta al pantano. Lugar clave de la tragedia, agua estancada símbolo de esa familia pútrida, calmada agua de reflejo distorsionado y clarividente, de tal manera que no es gratuito que ese referido espejo sea el arma de la resolución y la verdad.

Valerii logra además buenas prestaciones incluso de un actor tan insulso como el uruguayo George Hilton, además de contar con una envidiable escuadra de secundarios que alinea al veterano Salvo Randone, al entrañable suplente de Kinski, Helmut Berger o a notables aportaciones españolas como Manolo Zarzo, Lola Gaos (que dará la clave de la resolución por cierto), Monica Randall, la alemana afincada aquí Helga Liné o sobre todo, a un excepcional Alfredo Mayo audazmente reconvertido en torturado pintor de oscura pulsión pedófila.

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